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Hidalgo y Costilla, Miguel

Por: WikiMéxico

Miguel Hidalgo y Costilla, (1753 – 1811) Miguel Hidalgo y Costilla, (1753 – 1811)

(Hacienda de Corralejo, Gto., 1753 – Chihuahua, Chih., 1811)

La imagen que nos ha llegado del cura Hidalgo es muy diferente a como verdaderamente fue. Nacido en 1753, en la hacienda de Corralero, Hidalgo fue intelectualmente superior a todos los hombres de su generación. Desde muy joven desarrolló una clara vocación y amor por el conocimiento. Estudió en el colegio de San Nicolás, en Valladolid (Morelia). Se recibió de bachiller en letras, en artes y en teología. Fue ordenado sacerdote en 1778. Hablaba con fluidez el francés, el italiano, el tarasco, el otomí y el náhuatl. Era además, un hombre que enfrentaba la vida con un sentido eminentemente práctico. Dedicó su tiempo a las faenas agrícolas e industriales; instaló talleres para desarrollar diversos oficios, dedicó parte de su tiempo a la apicultura, la cría del gusano de seda y el cultivo de la vid. Además también se aficionó a la lectura de libros de ciencia y arte. Tenía conocimientos de economía política y su erudición asombraba a propios y extraños. Carismático y agradable al trato, pronto se ganó el cariño de los vecinos, sobre todo en Dolores. 

Era un cura apreciado, pero más que por sus homilías o por su consejo religioso, por una virtud manifiesta en él: tenía el don de gentes. Sin empacho organizaba tertulias y veladas literarias en su casa. Al calor de alguna bebida espirituosa por las noches su hogar se convertía en el foro para discutir sobre filosofía, teología, artes y política. Escucharlo disertar era un verdadero deleite, defendía con pasión sus argumentaciones, y la palabra lo poseía. En el más amplio sentido del término, Hidalgo era un seductor de almas. Testigo de la injusticia y pobreza que padecía el pueblo novohispano y convencido de que estaba justificado tomar las armas para derrocar al tirano, Hidalgo y otros criollos, entre los que se encontraba el capitán Allende, Aldama, la corregidora doña Josefa Ortiz de Domínguez, entre otros, comenzaron a conspirar contra la autoridad. Descubierta la conspiración, Hidalgo convocó a la rebelión la madrugada del 16 de septiembre de 1810 y comenzó la independencia. La primera parte de la guerra (1810-1811) estuvo marcada por la improvisación. Hidalgo llegó a reunir cerca de 100 mil personas entre hombres, mujeres, niños y ancianos a los que permitió el saqueo, la rapiña y el asesinato como sucedió en la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato. Las primeras batallas ganadas por el ejército insurgente fueron producto de su numeroso contingente y del factor sorpresa que acompañó a los rebeldes en los primeros momentos de la insurrección, pero una vez que el ejército virreinal hizo frente al movimiento, llegaron las derrotas. El desorden se convirtió en caos y el caos terminó por devorar a los primeros caudillos de la independencia. Hombre apasionado, Hidalgo tuvo momentos luminosos como decretar la abolición de la esclavitud y la restitución de tierras durante su estancia en Guadalajara en diciembre de 1810. 

En los primeros meses de 1811, los insurgentes fueron derrotados en Puente de Calderón y comenzó la debacle. En Aguascalientes fue destituido del mando. Con la intención de reorganizar el movimiento, los insurgentes marcharon hacia el norte pero fuero traicionados y aprehendidos en las Norias de Acatita de Baján en Coahuila y conducidos a Chihuahua donde encontraron la muerte frente al paredón de fusilamiento. Hidalgo murió arrepentido de haber llevado la guerra de independencia por los derroteros de la violencia que por momentos pusieron en riesgo el futuro del movimiento insurgente. Reconoció ante sus enemigos haberse “dejado poseer por el frenesí” causando incalculables males, pero indudablemente había herido de muerte al virreinato. Recibió la muerte el 30 de julio.

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