Periodos de la Historia /

La era liberal / Vida Cotidiana

El terremoto de 1858

Por: Alejandro Rosas

Ciudad de México, segunda mitad del S.XIX. Ciudad de México, segunda mitad del S.XIX.

El 19 de junio de 1858 un fortísimo temblor sacudió la ciudad de México. No era el temblor social que en esos momentos dividía a la Nación mexicana en la guerra de Reforma ni el temblor político que daba cuenta de la propiedad de la Iglesia a través de la Constitución de 1857 y las leyes pre-reformistas. Era la presencia de la naturaleza recordando a la sociedad capitalina que si liberales y conservadores respetaban a la vieja e imponente ciudad de México, ella no lo haría.

Se cree que el temblor de tierra ha sido el mayor de que haya noticias –señalaba una crónica de la época-. Si hemos de juzgar por la generalidad de sus estragos esta aserción es cierta: hasta la oración de la noche se habían recogido diecinueve cadáveres. El tránsito de los carruajes está impedido por dos días. La alameda se iluminó en la noche y se pusieron tarimas para los infelices que carecían de albergue. Esto faltaba para colocar el año entre los más nefastos de la nación.

¿Fenómenos naturales o castigos de la Providencia? Con el desastroso terremoto de 1858, mucha gente llegó a pensar que se trataba de un acto de justicia divina contra México. Liberales y conservadores estaban en pie de guerra y se acusaba a los juaristas de ser enemigos de la religión.

El año ciertamente había sido difícil y no exclusivamente por lo que se refiere al arte de la guerra. La naturaleza por momentos fue particularmente cruenta con los mexicanos pero también le otorgó momentos de belleza inenarrable.

El famoso Calendario del más antiguo Galván apuntaba en su sección de efemérides correspondiente al año de 1858 una serie de fenómenos naturales que marcaron a los habitantes de la vieja ciudad de los Palacios. Además de varios otros temblores de menor intensidad que padeció el país, el 23 de febrero señalaba: “aunque los aires de este tiempo sean impetuosos, los de este año han sido notables, el de hoy derribó varios jacales y tiró el farol destinado al gas en medio de la plaza mayor, quebrando el tallo de fiero que lo sostenía”.

Algunos meses después, un fuerte estruendo despertaba a la población capitalina; a la siete y media de la mañana dos detonaciones anunciaron el incendio de la fábrica de pólvora de San Juanico, con un importante número de víctimas. En el mes de octubre, la ciudad capital fue testigo de un acontecimiento poco visto, “aparece en el horizonte de México un hermoso cometa, su núcleo es bastante grande y su cauda de una elegante y magnífica figura y extensión. Se dice que fue el que apareció el día de la muerte del Papa Urbano IV y que se tuvo por el anuncio de la muerte de Carlos V”.

Temblores, cometas, temperaturas elevadas, fuertes vientos, inundaciones. Fenómenos naturales, no la Providencia. Era el México que atravesaba difícilmente la mitad del siglo XIX. Su capital sufría, no los embates de la política, sino los avatares de la naturaleza. Liberales y conservadores pelearían generalmente lejos de la ciudad de México, una que otra vez en las afueras, nunca dentro. Era el símbolo del poder y necesario era su respeto. La naturaleza no se detenía.

La sociedad capitalina de la primera mitad del siglo XIX respondía ante los fenómenos naturales con una buena carga de religiosidad cuya responsabilidad última se encontraba en la Providencia. Cambiarían los tiempos, las orientaciones y las aspiraciones sociales, pero invariablemente las calamidades seguirían manifestándose aleatoriamente.

Año con año, religiosamente, la sección de efemérides históricas del Calendario del más antiguo Galván, daría cuenta de ellas. La memoria colectiva registraría cada una, hasta llegar a una clara conclusión: no eran, desde luego manifestaciones de la Providencia, sino circunstancias naturales que acompañaban al país en su largo recorrido hacia la consolidación de la Nación Mexicana.

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