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La época de la anarquía / Hechos

Todos con el ganador: las ocupaciones de la ciudad de México en el siglo XIX

Por: Alejandro Rosas

Fecha: 04/10/2012

Una de las ocupaciones de la ciudad de México la encabezó el ejército norteamericano en 1847 Una de las ocupaciones de la ciudad de México la encabezó el ejército norteamericano en 1847

"Nunca se había visto en Méjico una columna de diez y seis mil hombres..." escribió Lucas Alamán en su Historia de Méjico, recordando aquel 27 de septiembre de 1821, día en que el Ejército Trigarante desfilaba triunfal por las calles de la ciudad de México.

 

La otra capital de Nueva España daba la bienvenida al libertador don Agustín de Iturbide, entregándose incondicionalmente al caudillo consumador de la independencia. Nadie en esos momentos se habría percatado de que en medio la columna militar, marchaba modestamente el veterano insurgente, Vicente Guerrero. Poco importaba; nada opacaría el júbilo y el entusiasmo popular volcado unánimemente en las calles. Ese día, la ciudad de los Palacios se vistió de tres colores "y la alegría era casi universal".

 

¿Qué es lo que verdaderamente celebraban los habitantes de la ciudad de México? ¿La culminación de once años de guerra que habían asolado al país? ¿Al caudillo Iturbide "objeto entonces del amor y admiración de todos"?, ¿el nacimiento de la nación mexicana? Los motivos eran muchos: la paz, el héroe, la nueva nación, la independencia; todo era motivo de fiesta.

 

En la ciudad de México, las clases sociales parecían haberse fundido en una sola para celebrar la independencia y rendir honores a Iturbide. El mismo caudillo había proclamado que todos los habitantes de la antigua Nueva España, serían iguales y reconocidos bajo el gentilicio de "americanos". Al menos por un día, las diferencias sociales desaparecieron, todos eran uno. Años después, Alamán recordaría ese día como a ningún otro:

 

Puede decirse que este ha sido en todo el largo curso de una revolución de cuarenta años, el único día de puro entusiasmo y de gozo sin mezcla de recuerdos tristes o de anuncios de nuevas desgracias, que han disfrutado los mexicanos... y la esperanza halgüeña de grandezas y prosperidades sin término, ensanchaban los ánimos y hacían latir de placer los corazones

 

El entusiasmo se extendería por varios meses y el 18 de mayo de 1822 se repetiría la escena: la ciudad de México volvería a rendir tributo a Iturbide ungiéndolo con el poder. El sargento Pío Marcha, seguido por militares y buena parte del pueblo recorrió las calles de la ciudad proclamando a don Agustín, Emperador de México. El 21 de julio se llevó acabo la fastuosa coronación: obispos, diputados, ministros, nobles, familias distinguidas y tomaron sus lugares en una Catedral engalanada de oro y plata, luces y flores. Afuera, en las calles, el pueblo compartía el júbilo general: música, cohetones, disparos de fusil y el repique constante de las campanas lo motivaban a aclamar a su nuevo Emperador.

 

A partir de aquella fecha, la heterogénea sociedad capitalina viviría, festejaría y padecería los avatares de las luchas políticas, las invasiones extranjeras y los pronunciamientos cotidianos. Su comportamiento frente a los vencedores que desfilaron una y otra vez por las calles de la ciudad fue por momentos ambigua y desconcertante pero la mayoría de las veces se definió por el apoyo incondicional al triunfador. Caudillos militares, presidentes civiles y hasta un par de emperadores fueron vitoreados al entrar a la noble y leal ciudad de México, a donde llegaban para ocupar el lugar que alguna vez fuera de los tlatoanis, virreyes y desde 1821 el de los gobernantes de un país que iniciaba el largo y penoso proceso de consolidar su independencia. La ocupación de la ciudad de México tenía un sólo significado: el poder.

 

* * *

 

Con la consumación de la Independencia la estratificación social no había sufrido cambios sustanciales. De hecho, la sociedad estaba tan polarizada como en el periodo colonial. A los ojos de los extranjeros resultaba evidente "ese sorprendente y asqueroso contraste entre el esplendor de los ricos y la escuálida penuria de los pobres".

 

Los criollos ocuparon la punta de la pirámide social. Después de todo, habían logrado la Independencia y no propiamente las clases populares. Hasta poco más de la mitad del siglo XIX, serían la clase rectora del país, pero su mayor problema fue la falta de experiencia para gobernar. Los españoles, peninsulares y el gobierno virreinal nunca permitieron su acceso a los cargos públicos de importancia. Al momento de arribar al poder, los criollos -federalistas y centralistas- gobernaron buscando hacer triunfar alguno de los dos proyectos de nación, que si bien chocaban entre sí, ambos suponían la preservación de sus intereses de clase.

 

En la ciudad de México, las familias de alcurnia, gozaban de una desahogada situación económica y se avenían desde luego a la propuesta centralista-conservadora. Paradójicamente, su posición política ante hechos consumados fue indefinida: si vitorear al triunfador garantizaba la salvaguarda de sus intereses, no lo dudarían dos veces y en su momento lo demostrarían.

 

El pueblo, arrastrado por la inercia de la política nacional muchas veces mostró su empatía con la posición asumida por el resto de la sociedad capitalina ante los caudillos victoriosos. Por eso se entregaron a Iturbide cuando consumó la Independencia y fue proclamado emperador, pero igualmente apoyaron y celebraron su abdicación y caída. ¿A qué se debía este fenómeno?

 

Las condiciones económicas en que se encontraba el pueblo crearon un terreno fértil para la manipulación y el levantamiento. La clase rectora de los criollos (clero, ejército, oligarquía) necesitaba de un hombre con el carisma necesario para gobernar, pero que además pudiera ganarse el apoyo de las clases menesterosas. De ese modo, las aspiraciones, valores, virtudes y necesidades de la sociedad se cristalizaron en un sólo hombre que logró seducir a todo un país durante la primera mitad del siglo XIX. Ese hombre era Santa Anna.

 

En aquellas primeras décadas de vida independiente, la ciudad de México bien pudo llamarse "ciudad Pronunciamiento". Alamán llamó a ese periodo la "época de las revoluciones de Santa Anna". Gran cantidad de levantamientos iniciados en la ciudad de México o en otros estados del país, terminaban siendo encabezados por el general jalapeño, quien abanderaba cualquier causa, para luego hacer su entrada triunfal en la capital del país en medio del clamor popular.

 

Hacia 1840, durante su estancia en México, Madame Calderón de la Barca -esposa del embajador de España- hizo un acertado recuento de todos los movimientos armados que se habían producido en México desde 1810. Sarcásticamente anotaba que cada pronunciamiento podía llegar a pronosticarse "como si se tratara de un eclipse de sol":

 

Todos los mexicanos... por debajo de los cuarenta... presenciaron la revolución de Dolores en 1810, su continuación por Morelos..., la revolución de Iturbide en 1821; el grito de Libertad que en 1822 dieron los generales "beneméritos de la patria", Santa Anna y Victoria; el establecimiento del sistema federal en 1824; la horrible revolución de la Acordada en 1828, en la cual la ciudad de México fue saqueada; la adopción del sistema central en 1836, y la última revolución de los federalistas en 1840.

 

Salvo el motín de la Acordada en 1828, la ciudad de México generalmente era respetada. Quizá por eso la sociedad capitalina se entregaba con tanta facilidad al caudillo, después de todo, sabían que el dominio de la ciudad era sinónimo del poder y desde esa lógica, nadie se atrevería a atentar contra ella.

 

Entre Santa Anna y la ciudad de México hubo un particular entendimiento que por momentos llegó al exceso. Durante la guerra de los pasteles en 1838, el caudillo que años antes había "batido en Tampico al orgullo español", acudió al llamado de las armas para hacer frente al enemigo extranjero y ante el fuego de metralla, tuvo la fortuna de cambiar una pierna por el reconocimiento de sus conciudadanos. Al menos por algún tiempo, Santa Anna logró ascender hasta el altar de la Patria y la ciudad de México así lo reconoció:

 

El pie que cayó cortado por la metralla francesa en Veracruz, ha sido desenterrado de Manga de Clavo. Una comitiva de todos los ministros, todos los estados mayores, todas las tropas, los niños de las escuelas, la artillería, los cadetes del Colegio Militar, las músicas y curiosos de todas las clases sociales, lleva los venerables trozos de canilla y demás huesos al cementerio de Santa Paula. Un orador declara que el nombre de Santa Anna durará hasta el día en que el sol se apague y las estrellas y los planetas vuelvan al caso donde durmieron antes.

 

Tiempo después, esa misma multitud exhumó su pierna y la arrastró por la ciudad de México, luego lo perdonó y volvió a vitorearlo, más tarde lo reconoció como "Alteza Serenísima", finalmente lo despidió para siempre, y todo en diecisiete años. Así acabó su romance con la ciudad de México.

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