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La revolución / Hechos

Gobierno de Francisco I. Madero

Por: Alejandro Rosas

Madero en Pachuca rumbo a la Ciudad de México. Madero en Pachuca rumbo a la Ciudad de México.

Si para las clases privilegiadas del porfirismo la caída del régimen provocó zozobra e incertidumbre, en el resto de la población generó esperanzas. A muchos asombró que la revolución no llevara a la presidencia al caudillo militar, amo y señor de ejércitos y vidas, sino a un hombre sencillo, honesto y franco que prefería llegar al poder a través del voto. Madero intentaría crear un espacio común para toda la nación a través de la libertad. Buscaba proponer, no imponer. 

"El propósito inicial de Madero era muy distinto al de todos su predecesores en la política nacional –escribió Vasconcelos. Pues no predicaba venganzas. Pertenecía a la clase acomodada y bien pudo disfrutar de un larga existencia serena y dichosa. Pero aspiraba a más que a la dicha propia; lo movía el amor de sus compatriotas. Y fue el primero que no empezó su predicación lanzando ‘mueras’. No era de la familia de los destructores. Y solicitó el concurso de los patriotas, los nobles de espíritu, los civilizados. Todo su corazón lo abrió a la luz y resultó que toda la República le cupo dentro". 

México vivía un momento inédito en su historia. A diferencia de todos los jefes y caudillos que durante el siglo XIX habían ocupado la silla presidencial por situaciones de facto, Madero sólo gobernaría si su poder emanaba de la ley; no había recurrido a las armas como primera opción sino como último recurso; por eso decidió contender en las nuevas elecciones que se verificarían hasta octubre de 1911. El país entero esperaría los seis meses del interinato antes de saludar a un verdadero presidente constitucional, electo democráticamente, pero ya desde junio se divisaba el inicio de una nueva época y la clara intención de renovar la moral pública perdida bajo la dictadura personal de Porfirio Díaz. 

Un día después de la entrada triunfal –8 de junio de 1911-, y a instancias del propio Madero, se tomaron las primeras providencias para revertir lo que había sido uno de los peores vicios morales de la dictadura: la prensa pagada. La cúpula política del maderismo espetó un certero golpe en favor de la libertad: las subvenciones a los principales diarios de la capital y algunos otros del interior del país fueron suprimidas.  

Tras una exitosa gira electoral como candidato del Partido Constitucional Progresista, la fórmula Madero-Pino Suárez resultó triunfadora en las elecciones de octubre. El dos de noviembre de 1911, con todo el dolor que podía invadir a los viejos, muy viejos diputados porfiristas, la Cámara declaró “Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos al señor don Francisco I. Madero” para el periodo que iniciaría el 6 de noviembre de 1911 y que debía concluir hasta el 30 de noviembre de 1916. Terminaban así, los seis largos meses del interinato de Francisco León de la Barra, en los cuales encaminó todos sus esfuerzos para heredar a Madero una situación política poco menos que crítica. Su mayor éxito fue lograr la ruptura irreconciliable entre Madero y Zapata. Era el viejo sistema que se resistía a morir. 

Desde la silla presidencial, Madero pretendía realizar un ejercicio de equidad política y limitación del poder fundamentado en la ley –democracia finalmente. La premisa de su gobierno era la libertad y durante su administración las manifestaciones –por tantos años reprimidas- se hicieron comunes. Los obreros se beneficiaron con el respeto irrestricto a su derecho de huelga y a manifestarse públicamente. No pudo menos que causar asombro la movilización del Partido Obrero Socialista organizada el 1 de mayo de 1912, para conmemorar a los mártires de Chicago. 

A los ojos de la sociedad mexicana –acostumbrada al servilismo de la dictadura- Madero parecía todo, menos un presidente. No usaba escoltas ni hacía ostentación de la investidura; no abusaba del poder ni se mostraba autoritario. Era el anticaudillo. Extrañaba verlo asistiendo al teatro, a los museos, a la temporada de conciertos en Chapultepec y conmoverse con la obertura 1812. Al parecer no agradaba un “hombre con generosidad”, ni un soñador. 

Pero a pesar de las buenas intenciones, y su inquebrantable optimismo, su percepción de los grandes problemas nacionales era limitada. A su juicio, la terrible desigualdad social imperante en el país sería solucionada, simple y llanamente, con la instauración de la democracia y el respeto a la ley. El resto vendría por añadidura. No vio –no quiso ver- que los restos políticos del porfirismo intentaban acabar, a toda costa, con su gobierno, y desoyó los consejos de sus colaboradores más cercanos –entre ellos su hermano Gustavo-, que desde el inicio recomendaron “barrer” con cualquier vestigio del antiguo régimen y conformar el gabinete con gente de comprobada lealtad. 

Los desaciertos políticos del maderismo propiciaron su caída. En los escasos quince meses de gobierno, Madero enfrentó cuatro importantes sublevaciones: la de Emiliano Zapata, Bernardo Reyes, Félix Díaz y Pascual Orozco; en beneficio de la libertad de expresión aceptó el ataque sistemático de la prensa que llegó al libertinaje al criticar hasta los detalles más íntimos de su personalidad y de su familia. 

Soportó la renuncia de varios de sus colaboradores más importantes y dio la espalda a otros que pudieron abrirle el camino para gobernar acertadamente; coexistió con dos Congresos distintos, generalmente adversos a sus propuestas políticas, que por momentos paralizaron su administración; resistió la presión de los Estados Unidos a través de su embajador Henry Lane Wilson quien renegó de Madero porque de su administración no recibió un solo centavo como lo hacía bajo el régimen porfiriano. 

Madero confió en la buena fe de la vieja clase política que cayó en el vértigo de su propia libertad. Aquellos que no se atrevieron a mover un dedo, a invocar una palabra por el respeto a la ley, a lanzar una invectiva o una crítica contra el dictador, se arrojaron cobardemente, como jauría hambrienta, sobre el presidente. En septiembre de 1912, Madero habló durante un brindis. Su tono sombrío auguraba la catástrofe. En cierto sentido, con sus palabras reconocía el fracaso de la democracia. 

“Porque si un gobierno como el mío, que ha cumplido honradamente con sus promesas, que ha hecho todo lo que su inteligencia le alcanza por el bien de la República, que ha llegado al poder por el voto casi unánime de todos los mexicanos, como nunca había sucedido, si un Gobierno así no pudiese subsistir en México, señores, deberíamos decir que el pueblo mexicano no estaba apto para la democracia, que necesitábamos otro nuevo Dictador, que viniese con su sable a acallar todas las ambiciones, a sofocar todos los esfuerzos que hacen los que no comprenden que la libertad únicamente puede ser fructuosa dentro de la Ley”.

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