Periodos de la Historia /

La reconstrucción / Hechos

La fundación del Partido Nacional Revolucionario

Por: Carlos Silva Cázares

Plutarco Elías Calles Plutarco Elías Calles

“Con la muerte de Obregón ha quedado cerrado en nuestra historia el ciclo de los caudillos militares y ahora si va a comenzar la vida institucional de México” -señaló el presidente Calles en su último informe de gobierno. El Jefe Máximo pretendía materializar un proyecto que ocupaba sus pensamientos desde tiempo atrás: aglutinar a todas las fuerzas sociales del país a través de un partido revolucionario único y el momento llegó en enero de 1929, cuando se hizo pública la convocatoria oficial donde se invitaba a constituir el Partido Nacional Revolucionario.

La presencia de Calles al frente del comité organizador despertó suspicacias en varios sectores políticos por lo que se apresuró a presentar su dimisión al cargo anunciando su retiro de la política para dedicarse exclusivamente a su vida privada. Desde luego mentía. Cobijado por las sombras de la política mexicana afinó las piezas y los mecanismos de lo que sería su “maximato”. Uno de los elementos fundamentales era el nuevo partido, a través del cual repartiría el poder a su antojo. “Si la quieren, fórmense”, decía el viejo caudillo al referirse a las ambiciones que despertaba la silla presidencial.

Para garantizar que el partido funcionara como lo tenía planeado, era necesario que estuviese controlado por gente identificada plenamente con el callismo. Si bien Aarón Sáenz representaba los intereses de los viejos obregonistas –que tras la muerte de su caudillo habían quedado sumergidos en una especie de limbo político- , también podía asegurar la continuidad del proyecto callista y el Jefe Máximo favoreció inicialmente su candidatura. Pero la imposición no fue bien recibida por los caciques militares y decidieron presionar casi hasta llegar al límite de la rebelión. El Jefe Máximo comprendió lo delicado del asunto y en un acto de magia callista, sacó de su manga un as: un segundo candidato –desconocido, gris y manipulable-: Pascual Ortiz Rubio, embajador de México en Brasil.

Todo parecía indicar que México entraba a una etapa institucional y que la justa por la candidatura presidencial se resolvería democráticamente. Pero la realidad no correspondía a los hechos. En los primeros días de marzo, en que se iniciaban los trabajo de la Convención del PNR en la ciudad de Querétaro, los diputados y delegados asistentes ya habían recibido “línea” de Calles para impulsar el triunfo de Ortiz Rubio. Sin más, la Convención debía convertirse en una aplanadora en favor de don Pascual.

El temor de los queretanos se manifestó de inmediato debido a la gran cantidad de armas que traían los asistentes. Las autoridades locales afirmaron que era imposible “despistolizar a los delegados sólo con cuarenta gendarmes”. En las calles hubo varios amagos de riña entre los simpatizantes de cada candidato. “¡Viva Ortíz Rubio”, gritaban unos empuñando sus ametralladoras Thompson. “¡Viva Sáenz!” respondían los otros desenfundando sus armas. La totalidad de asistentes era de poco más de 950 delegados y existen versiones de que por lo menos 800 de ellos estaban con Sáenz.

Calles puso la responsabilidad del triunfo de Ortiz Rubio en manos del diputado potosino Gonzalo N. Santos, quien se apresuró a comprar delegados y curules para que llegado el momento votaran a favor de Ortiz Rubio. Al iniciarse las sesiones, el propio Santos se apersonó en la entrada del recinto para recoger las credenciales de los delegados. Cuando tocó el turno a los partidarios de Sáenz sobrevinieron los primeros choques. Santos y su gente arrebataban las acreditaciones y se las arrojaban a la cara. Los partidarios de Sáenz acusaban a los ortizrubistas de duplicar las credenciales y cuando los delegados guanajuatenses quisieron ocupar sus curules, ya se hallaban ocupadas por otros individuos que portaban mantas a favor de Ortiz Rubio. Luego se supo que se trataban de miembros de la policía reservada de Querétaro, los cuales habían sido colocados por Santos para que suplantaran a los saencistas. Ante lo ocurrido, Aaron Sáenz señaló que no había asistido ahí para ser parte y “celebrar una mascarada” y se retiró del evento pidiendo a sus delegados que hicieran lo mismo.

Sin más obstáculos por enfrentar, la Convención de Querétaro continuó exitosamente sus trabajos que concluyeron con la fundación del Partido Nacional Revolucionario. Pascual Ortiz Rubio fue proclamado candidato a la presidencia de la república por una mayoría abrumadora de más de 850 votos a su favor, pero nadie se tragó la farsa queretana. A pesar de su buen desempeño, Santos no recibió recompensa alguna, al contrario, Calles lo reprendió: uno de los partidarios de Sáenz a quien le fue arrojada su credencial a la cara era su hijo.

Aunque la unidad -voluntaria y obligada- de varios sectores sociales sería piedra angular del PNR y garantizaría su permanencia en el poder, el partido había surgido con un estigma imborrable que un editorialista de la época, con cierto humor, plasmó en una de sus columnas lo que parecía ser una profecía: “nació chueco”.

Comparte y Comenta:

Comparte
 

Te puede interesar: