Periodos de la Historia /

La época de las crisis / Hechos

Colosio, la construcción de un mito

Por: Alejandro Rosas

Fecha: 24/03/2013

Un solo tiro es suficiente para borrar el pasado, para olvidar los errores y exaltar sin medida los aciertos. Un disparo mortal es suficiente para construir figuras míticas y heroicos paladines, para transformar el mediano talento en genialidad. La gran tragedia de la historia mexicana es haber llevado hasta lo más alto del panteón cívico de la Patria a diversos personajes que murieron arteramente, sin haberlos sometido antes al riguroso examen de sus propias obras.  

El mejor ejemplo de las balas creadoras de héroes se encuentra en la revolución mexicana. Con excepción de Calles y Cárdenas, el resto de los principales caudillos cayeron abatidos violentamente, a manos de la traición, la emboscada y el complot. Al momento de ser asesinados, Madero (1913), Zapata (1919), Carranza (1920), Villa (1923) y Obregón (1928), ya tenían ganado su lugar en la historia.

Sin embargo, las balas asesinas llevaron a estos personajes a un grado de exaltación que ni lejanamente hubieran podido imaginar en vida. El sentimiento se apoderó de la razón, del juicio y de la crítica. Se les reconoció no por lo que habían hecho en vida, sino por la forma como habían muerto. No es casualidad que unos días después de la muerte de Madero apareciera una leyenda señalando: “Te faltaba morir así, esto es tu apoteosis”, o que la gente que acompañó a Carranza hasta su última morada murmurara: “Ha muerto nuestro padre”. 

Frente a la desgracia y el dolor provocado por el asesinato –y más si se considera que con excepción de Carranza, el resto no alcanzó los 50 años de edad-, los hombres falibles fueron sustituidos por héroes perfectos. Durante décadas fue impensable –resultaba una afrenta para la patria- señalar a Madero como responsable de su propia caída, a Carranza autorizando la eliminación de sus enemigos –entre ellos Zapata-, a Villa como un asesino consumado o al cínico de Obregón haciendo prosperar sus haciendas con dinero público.

Colosio: ¿paladín de la democracia?

Aunque la exaltación desmedida de los personajes parecía propia de la historia oficial -alentada por el régimen priísta durante la mayor parte del siglo XX-, el asesinato de Luis Donaldo Colosio ocurrido en 1994 constituye el último ejemplo de la facilidad con que pueden construirse mitos de la nada.

Desgraciadamente el gran mérito de Colosio fue morir asesinado en Lomas Taurinas. No tuvo tiempo para más. Hasta ese funesto 23 de marzo de 1994 no era un protagonista de la historia; ni siquiera con la candidatura presidencial en sus manos había logrado ganarse un lugar diferente al de muchos otros políticos, que como él, discretamente dedican su vida al servicio público, para luego desaparecer si la diosa fortuna de la política no los favorece.

Ni siquiera el ahora célebre discurso del 6 de marzo –que como Colosio, sería mitificado después del asesinato- logró captar la atención de la opinión pública, por entonces más interesada en el asunto de los zapatistas y en el protagonismo de Manuel Camacho Solís. Al día siguiente, algunos titulares simplemente expresaron: “Demanda Colosio imparcialidad al Gobierno” o bien, “‘Habrá reformas’: Colosio”.  

Si tomáramos cualquiera de los discursos de los candidatos priístas a la presidencia desde 1952 y los revolviéramos, sería muy difícil identificar a qué candidato corresponde cada texto. En su momento todos hablaron de reformas, todos hablaron de tomar distancia, todos hablaron de democratizar. El discurso de Colosio del 6 de marzo no contenía nada que no se hubiera dicho en sexenios anteriores.

Paradójicamente, la pistola de la cual salió la bala asesina estaba cargada de inmortalidad. Y como por arte de magia, las promesas de grandes reformas políticas, de equidad, la crítica al autoritarismo, la acotación del presidencialismo, que sólo fueron eso, promesas de campaña, dejaron de ser palabras para convertirse en hechos tangibles en el imaginario de la clase política y de gran parte de la sociedad.

A partir de ese momento, la figura de Colosio se agigantó. De la noche a la mañana se convirtió en el nuevo apóstol de la democracia. A partir de su muerte, sus principios(?) fueron adoptados por propios y extraños, es invocado cada vez que la clase política habla de los nuevos tiempos democráticos –incluso el presidente Fox llegó a reconocerlo como el gran demócrata-, y es considerado como un referente en la muy larga historia de la transición.

Y sin embargo, pocos han tratado de someter su recuerdo al examen riguroso de sus propias obras. Quizá por cierta lástima, quizá por el dolor que provocó su asesinato a mansalva, quizá porque al morir no tenía ni siquiera 45 años de edad, o quizá porque la historia también se escribe con mitos, ya nadie recuerda que Colosio fue parte del propio sistema que lo llevó a la muerte y “como presidente del PRI –escribió Raymundo Riva Palacio el 7 de marzo de 1994- atestiguó cómo los triunfos priístas en Guanajuato y San Luis Potosí fueron revertidos por decisión presidencial”.

Indudablemente, Luis Donaldo Colosio era un buen hombre. Sin embargo, su muerte no significó un atentado contra la democracia, tan sólo evidenció la descomposición interna del sistema político mexicano. Hoy la historia debería colocarlo en el lugar que le corresponde, bajándole de un pedestal que no merece y en el cual lo colocaron la retórica política y los advenedizos. Indudablemente, con su muerte, más que la patria, perdió su familia.

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