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El siglo de la conquista / Hechos

Teotihuacan: las piedras y los dioses

Por: Sergio Raúl Arroyo

Vista actual de la pirámide del Sol y de la Calzada de los Muertos en Teotihuacán. Vista actual de la pirámide del Sol y de la Calzada de los Muertos en Teotihuacán.

Se desconoce cuál fue el pueblo que fundó Teotihuacan y lo concibió como un gran sitio urbano y ceremonial, en un extenso valle del centro de México hacia el siglo I d.C., pero en su momento de mayor auge, entre los siglos III y VI d.C., Teotihuacan albergó más de 100 000 habitantes, algunos de ellos provenientes de diversas ciudades y poblados de la geografía mesoamericana -incluyendo sitios lejanos de la región del Golfo de México, como Tajín, o de las zonas zapotecas y mayas del sur y sureste del actual territorio mexicano. La ciudad llegó a alcanzar los 22 km2.

Tampoco se conoce el nombre originario de este lugar, pero la denominación Teotihuacan proviene de un vocablo náhuatl que significa “lugar de los que tienen dioses” y fue puesto por los mexicas –tal vez relacionándola con la mítica ciudad fundacional de Tollan-, varios siglos después de que la gran metrópoli fue deshabitada, en una época posterior al siglo VII d.C.

Teotihuacan encierra un formidable universo religioso y cívico, del que da cuenta su simbología monumental y ritual, registrada en la arquitectura, la escultura, la cerámica y la pintura mural, prácticas que alcanzaron un extraordinario desarrollo y que hoy día nos permiten conocer los cambios técnicos y estilísticos que experimentó la sociedad teotihuacana a lo largo de cientos de años.

El diseño arquitectónico de la ciudad es notable, ya que las construcciones están ordenadas de modo que ofrecen puntos de observación astronómica, haciendo de la ciudad un gigantesco observatorio relacionado con un calendario sagrado que regía de manera unitaria la vida religiosa y los ciclos agrícolas. La integración de los elementos constructivos con el paisaje, dominado por la topografía de la Sierra de Patlachique, son testimonio de una visión que aglutina la arquitectura y la cosmovisión, formando en conjunto una compleja geografía en la que prevalece una concepción espiritual del mundo. La urbe tenía como eje la Calzada de los Muertos, en torno a la que se localizan las pirámides del Sol y la Luna,  la Ciudadela y diversos templos, en los que sistemáticamente aparecen referencias materiales del culto a Quetzalcóatl, “la serpiente emplumada”, deidad clave en la visión religiosa de los teotihuacanos, quizás proveniente del dios del maíz de la civilización olmeca.

Alexander von Humbldt en 1803, a su paso por la Nueva España, visitó Teotihuacan, encontrando la vieja ciudad fundacional como un amasijo de piedras casi indescifrable, algo a lo que más tarde la acción humana daría inteligibilidad. Los trabajos de investigación arqueológica iniciaron en 1905, cuando bajo el gobierno de Porfirio Díaz, el Secretario de Justicia e Instrucción Pública, Justo Sierra, le encomendara las obras de recuperación del sitio a Leopoldo Batres.

Dichos trabajos, centrados en la reconstrucción de la Pirámide del Sol, se orientaron principalmente a este símbolo del poder político para que constituyera uno de los emblemas de la historia nacional con los que se celebraría el Centenario de la Independencia del país. Desde esa primera exploración hasta las realizadas en la segunda década del siglo XXI, Teotihuacan ha arrojado incesantemente revelaciones sobre el pasado antiguo de México.

 

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