Grandes detectives en la literatura
Por: Gerardo Australia
Fecha: 03/01/2013
Sherlock Holmes (en Estudio en Escarlata, Arthur Conan Doyle, 1886). El doctor Conan Doyle no tenía mucha clientela, pero sí muchas deudas, por lo que comenzó a escribir historias cortas. Fue cuando recordó sus clases de medicina en Edimburgo, donde un profesor de excepcionales facultades para la observación y deducción daba clases: Joseph Bell, autor de un importante tratado en cirugía, era delgado, de ojos grises y penetrantes y un perfil agudo, como sería Sherlock Holmes (quien en un principio se llamaba Sheridan Hope). Curiosamente uno de los asistentes del Dr. Bell se apellidaba Watson. El Holmes viene de la gran admiración que el autor tenía por el famoso doctor, poeta y orador norteamericano Oliver W. Holmes. Hay más de 200 series y películas de este detective.
Comisario Maigret (en El caso de Pedro el letón, George Simenon, 1930). La figura de Maigret le vino a Simenon cuando vivía en su barco, Ostrogoth, anclado en la costa de Holanda. Con 27 años de edad y autor de novela Pulp (baratas), cuenta que mientras escribía y bebía (sus dos pasiones favoritas, después del sexo), una figura corpulenta de pronto se sentó en su bote…¡listo!, ahí estaba Maigret. Además conocía bien a un policía en Bélgica del mismo apellido. El personaje tiene muchas similitudes con el autor: meditabundo, fumador de pipa, sibarita para la buena mesa y bebida. Fue tal su popularidad que Simenon terminó escribiendo 102 novelas y relatos del detective a un ritmo de cuatro a seis por año.
Miss Marple (en Muerte en la Vicaría, Agatha Christie, 1930). La anciana solterona que ayuda a resolver casos a la policía del pueblo se venía germinando desde la novela El asesinato de Roger Akroyd, donde aparecía Caroline, un personaje menor, si bien Miss Marple está basado en la abuela de la autora, una viejita alegre, gentil, pero que siempre sospechaba de la gente y de los acontecimientos y que siempre tenía la razón. El personaje nació el mismo año que Christie se casó con un arqueólogo 14 años menor.
Perry Mason (en El caso de las garras de terciopelo, Erle Stanley Gardner, 1933). Lo primero que quería Gardner era crear un detective que fuera, como él, abogado de infinita paciencia, y alejarse así del investigador duro tan popular entonces. Aparece por primera vez la figura de la secretaria guapa e inteligente, Della Street, quien lo acompaña a todas partes. Ambos salen a cenar, bailar y de copas, pero no parecen llegar a algo sentimental. Gardner vendió más de 100 millones de libros ¡en vida!
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