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Carlos Franqui: el fantasma incómodo

Por: Julio Patán

Fecha: 03/01/2013

Carlos Franqui: el fantasma incómodo Carlos Franqui: el fantasma incómodo

         Tienden a longevos, los revolucionarios cubanos. Ejemplos: Fidel nació en 1926, su hermano Raúl en 1931, Huber Matos en 1918. Todos están vivos y activos a la hora de redactar estas notas.

 

       Carlos Franqui murió en 2010, pero nació en 1921. Vivió, pues, 89 años, y los vivió en serio. Militó en el partido Socialista Popular, pero tuvo divergencias insalvables con sus compañeros de ruta y lo abandonó a mediados de los 40. En cambio, no abandonó la acción política, pero sobre todo no abandonó la vida literaria y periodística, en la que se desempeñó con verdadera hiperactividad, ni la gestión cultural.

 

          Un repaso breve a su vida nos dice que fue detenido y torturado por la policía de Batista, que se exilió en México y los Estados Unidos, que hizo la revolución, participó en su consolidación política y terminó por romper con Fidel, exiliarse en Europa y al fin, al inicio de los 90, en Puerto Rico, su última patria. Fue un trasterrado incómodo, al que no todos los disidentes le perdonaron sus romances de primera hora con el castrismo, pero sobre todo una figura incomodísima para el régimen isleño, al que retrató con ironía, con lucidez y sobre todo con la hoja afilada del que conoció al enemigo íntimamente.

 

      Ahora bien, si se habla de su obra y sus iniciativas culturales, ser breve resulta imposible. Luego del triunfo guerrillero dirigió un periódico emblemático, Revolución, que tenía en su plantilla, entre otros, a una primera espada de la literatura del siglo XX, Guillermo Cabrera Infante, gran amigo de Franqui y dueño de los destinos de un suplemento igualmente emblemático, Lunes de Revolución. 

 

        Franqui tuvo además mucho que ver con la visita de Sartre a Cuba, y luego con el campanazo que significó la plástica en el famoso Salón de Mayo de París, donde se las arregló para exponer, entre otros muchos, a Picasso, Max Ernst, Alexander Calder y su amigo Wilfredo Lam, a contrapelo de las directrices filosoviéticas del castrismo.

         

          Sobre todo, escribió y escribió muy bien. Fue poeta, publicó libros de arte y biografió a Camilo Cienfuegos, cuya muerte en un presunto accidente atribuye a la mano larga y sangrienta de Fidel. Pero en el género que más sobresale es en el género cubano por excelencia desde que la dictadura asomó las barbas por la isla, el memorialístico.

 

           A él debemos algunos testimonios de primera importancia, como El libro de los doce y Diario de la revolución cubana, pero sobre todo un libro de 2006 que los lectores pueden encontrar aún, con suerte, en una mesa de saldos. Se trata de Cuba, la revolución, mito o realidad (Península). El título puede ser desconcertante. En realidad, es ante todo una memoria que abarca la práctica totalidad de su vida, y con un marcado acento político. Lo deja bien claro el subtítulo, lleno de mala leche: Memorias de un fantasma socialista. Salud al fantasma.

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