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Literatura

Baños de ácido: Jorge Ibargüengoitia

Por: Julio Patán

Fecha: 04/10/2012

La ironía y la sátira marcaron el estilo de Jorge Ibargüengoitia. La ironía y la sátira marcaron el estilo de Jorge Ibargüengoitia.

¿Qué tan solemne es nuestra literatura? Una pregunta como esta exige calma, pero digamos que mucho menos ahora que antes, y que eso se lo debemos en buena medida a Jorge Ibargüengoitia, un grandísimo narrador nacido en Guanajuato en 1928 y muerto, demasiado pronto, en 1982, en un accidente de avión, luego de haber sacudido la narrativa nacional con una ironía de miedo, de haberle dado un baño de ácido a la clase política y de haber puesto la historia oficial patas pa’rriba.

Ibargüengoitia dejó una cantidad ingente de textos periodísticos, teatro –su vocación original–, tres volúmenes de cuentos y, sobre todo, seis novelas, dos de las cuales, Los relámpagos de agosto y Los pasos de López, recrean los momentos históricos fundacionales de México: la Revolución y la Independencia, respectivamente.

Los relámpagos de agosto podría ser vista como una versión satírica de la obra de Martín Luis Guzmán. El guanajuatense, como el autor de El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, se desconecta del relato popular de la bola, en la línea de Mariano Azuela o Rafael F. Muñoz, y hace un retrato de “los de arriba”. El ojo ibargüengoitiano se concentra en la casta de generales que se disputan marrullera o violentamente el poder en un México. El resultado es adictivo.

Para Guzmán la casta gobernante de la revuelta es digna a veces de un retrato agudo y despiadado –caso de Obregón o Carranza–, a veces de un miedo reverencial, a veces de un miedo no exento de afecto –es lo que pasa con Villa–.

De la mano de Ibargüengoitia, el más británico de nuestros narradores, los generalotes que forjaron patria, la gran familia revolucionaria, rebautizada en la novela pero perfectamente identificable, baja a nivel de piso y asume la dimensión grotesca y zafia que merecía. El resultado, una pequeña obra maestra que representa, sin duda, la transformación de nuestra literatura, pero quizá, sobre todo, la transformación de nuestras relaciones con el poder.

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