Uno de los olvidados: Fray Junípero Serra

La Nueva España - Vida Cotidiana

Petra, un nombre tan común para todos los mexicanos -¿a quién no le recuerda a una madre, abuela o nana?- es el que corresponde a un pequeño pueblo balear, cercano a las ciudades de Manacor e Inca y un tanto alejado de Palma de Mallorca. Hay que advertir, sin embargo, que ""alejado"" significa en España tanto como la distancia que media entre Cuautitlán y el Distrito Federal.

""Petra"" -como en la inmensa mayoría de las ocasiones en que es empleado- es un nombre exacto. El pueblo es todo piedra. Sólido, inmutable, marrón, parece incapaz de preocuparse por las impertinencias del universo exterior, tan moderno cuanto extraño para él. Y, sin embargo, del seno de Petra surgió un mallorquín llamado a la universalidad: Junípero Serra. Y sobre tal piedra se edificó, en buena medida, la civilización méxico-californiana.

El evangelizador de la Sierra Gorda, el fundador de San Francisco y de San Diego, el hombre que caminó desde Veracruz hasta la Alta California con el muñón de su pierna expuesto a flor de piel, es recordado con gratitud en su tierra natal. El viajero es informado, tan pronto como llega a Petra, de la ubicación del museo y casa del fraile. Todo en la magnífica población parece gritar ""Serra"". Para entrar al museo es necesario solicitar que le abran a uno, expresamente a uno, la puerta. La encargada le receta al visitante añejas palabras que parecen haber transitado de memoria en memoria y de generación en generación, sin que se admitan interrupciones ni apuntes al margen. Tras de fingir un interés que llega a confundirse con irreprimible ansiedad, el paso hacia las salas del museo queda, por fin, franco.

Es aquí donde comienza lo verdaderamente interesante -e, inclusive, lo traumáticamente sorprendente-: una sala dedicada a México, presidida por una imagen de la Guadalupana y adornada con regalos que presumiblemente han enviado los indígenas de Querétaro. Hallamos manuscritos del padre Junípero, un libro que no hace mucho tiempo donó un patriótico abogado mexicano y retratos al óleo de los virreyes Bucareli y Croix. Nada más.

A su vera, pletórica en maquetas (las misiones de San Juan Capistrano, de San Diego, de Monterrey, de San Francisco) y -es cierto- sin mayor valor artesanal, nos encontramos con la sala dedicada a California. No habría mayor sobresalto (ni motivo alguno para estas líneas) si no viéramos, en cada pared y por todos lados, placas que conmemoran las visitas yanquis que se han hecho al museo.

Varias organizaciones civiles y religiosas, representantes estatales y municipalidades californianas se disputan el honor de homenajear al fundador de sus ciudades. Un inmenso mapa de los Estados Unidos recuerda la expansión decimonónica y junto a los famosos rostros de los founding fathers hallamos la faz de Junípero Serra. Con frase de Whitman, el mismo que con lujo de racismo se burló de los mexicanos durante la guerra que trajo consigo la ignominiosa mutilación territorial, se pone de manifiesto el respeto que se siente por la obra de civilización que España encabezó en lo que hoy son los estados del Oeste de la Unión.

Una cronología de acontecimientos rememora el nacimiento del héroe, su ordenación sacerdotal, su primera misa, su llegada a Veracruz, sus fundaciones, los sucesos políticos en Nueva España y Nueva Inglaterra y hasta el Congreso Continental de Filadelfia. Poco falta para colocar la fecha de erección de Disneylandia. De la invasión y el despojo de 1847, por supuesto, ni una palabra. La falta de mención del hecho resulta tan notable como la ausencia de conmemoraciones mexicanas de carácter oficial. Mientras que fray Junípero goza de un monumento en pleno Distrito de Columbia, nadie entre nosotros        -fuera de la Sierra Gorda y de algunas casas editoriales de tendencia católica- lo recuerda. ¿Por qué?

Mucho hay de esa ambivalente ""laicidad a la mexicana"" cuya existencia ha señalado Jean Meyer y que, si bien ayuda en mucho al correcto desempeño de las funciones públicas, nos impide ser objetivos a la hora de las valoraciones históricas. Aquí no se trata de exaltar la obra del beato de la Iglesia, sino la del civilizador y constructor de la Nación. Pareciera que en el panteón de nuestros santones patrios no queda lugar para más religiosos españoles que el reservado a fray Bartolomé de las Casas y el más localizado y limitado geográficamente que corresponde a Vasco de Quiroga. Absurdo, pues resulta que fray Junípero -tan lejano en tiempo a la época de la Conquista- poco o nada tiene que ver con la pretendida ""destrucción de las Indias"". Y todavía más absurdo porque un reconocimiento de su mexicanidad serviría para mantener vivo el recuerdo del robo de la Alta California. ""No hay más Patria que la del espíritu"" como estableció con puntualidad Ionescu, y México era la del hombre de Petra. ¿Cómo iba a pensar y a trabajar en y por unos Estados Unidos cuya existencia ni siquiera pudo imaginar?

La otra explicación de nuestro olvido histórico es todavía más preocupante. Junípero Serra fue un triunfador, en tanto que poseedor de un alma indomable. Nada lo derrotó y ahí están las grandes ciudades que fundó para dar testimonio de ello. Creo que es este el rasgo que más admiran en él los angloamericanos y me temo que es lo que más molesta a los mexicanos. Ya lo había visto Vasconcelos, pero Héctor Aguilar Camín, en el artículo  ""México: el cambio y las inercias"", (El País, 2-dic-2000), lo ha vuelto a destacar. De una u otra forma se nos ha enseñado a admirar el fracaso, a regodearnos con las derrotas pretendidamente gloriosas y a olvidar, con lujo de masoquismo, nuestros triunfos y nuestros gestos sublimes o inteligentes. Por ello es que toda Revolución en México, para que sea la última, tendrá que pasar por un reconocimiento (en los dos sentidos de la palabra) de la Historia Patria y de las historias particulares de forjadores tan importantes como el padre Serra. De lo contrario, nuestras concepciones -que influyen decisivamente en nuestra vida y en nuestro desarrollo colectivo- continuarán siendo tan injustas cuanto reduccionistas y estériles.