Universidad del crimen

La Nueva España - Vida Cotidiana

El sonido de las cadenas arrastradas sobre el gélido piso de la construcción erizaba la piel. El panorama no podía ser más desolador: grilletes que colgaban de las paredes, el verdugo que se paseaba amenazante, el cadalso que esperaba su siguiente víctima.

Si las cárceles de la Perpetua -donde esperaban sentencia los reos procesados por la inquisición- eran conocidas como la Bastilla mexicana, el temible edificio de la Acordada era el infierno en la tierra. Una octava, inscrita en la fachada principal de la prisión advertía: ""Aquí en duras prisiones yace el vicio,/ víctima a los suplicios destinada,/ y aquí a pesar del fraude y artificio,/ resulta la verdad averiguada./ ¡Pasajero! Respeta este edificio,/ y procura evitar su triste entrada;/ pues cerrada una vez su dura puerta/ sólo para el suplicio se halla abierta"".

La sólida fortaleza se había erigido a lo largo del siglo XVIII. En 1776 un temblor destruyó el edificio casi por completo y con su reconstrucción adquirió su fisonomía definitiva. Era inexpugnable y ocupaba lo que hoy es la esquina de Avenida Juárez y la calle de Revillagigedo. Los delincuentes más peligrosos de la Nueva España habitaron la lúgubre prisión y el hacinamiento era escandaloso.

En 1775 los reos de toda Nueva España ocuparon sus mazmorras en número de 1 920 individuos. Casi no podían moverse dentro de las celdas y la alimentación era terrible. ""Figuras patibularias, fisonomías demacradas y degradadas -escribió Manuel Rivera Cambas-, andrajos y suciedad, este era el conjunto de aquella escuela de prostitución en que los menos delincuentes aprendían siempre algo de los más famosos bandidos; jóvenes que por ligeras faltas caían en aquel lugar de infamia, al salir aventajaban en toda clase de horrores a los más famosos forajidos"".

La guerra de independencia no acabó con el edificio de la Acordada. Dejó de ser una prisión novohispana para convertirse en la cárcel nacional hasta 1862, cuando todos los reos fueron trasladados a la de Belém. Sin la posibilidad de reformarse, los delincuentes sólo ingresaban para empeorar su situación, para ser ejecutados o para morir a manos de algún otro delincuente.

""En la Acordada había robos y asaltos -escribió Manuel Rivera Cambas-, cuchilladas y muertes,  horadaciones, vicios abominables y todo cuanto malo puede imaginarse que trae la ociosidad y la falta de un reglamento con penas severas para refrenar a los presos; nunca se logró que ejercieran allí el trabajo, pues el vicio, la holgazanería y el crimen se oponían a todo proyecto benéfico"". Sin lugar a dudas, la cárcel de la Acordada fue una de las más exitosas universidades del crimen en la historia mexicana.