¿Un nobel de Física para un músico?

Música - Personajes

El toque de alba de las trompetas del cuartel de San José de Gracia acompañaban todas las mañanas a Julián Carrillo, cuyo oído detectaba una anomalía que no podía explicarse: “mi oído me decía que el llamado intervalo de octava, producido por estos instrumentos, no era el duplo de las vibraciones de la base y que por lo mismo no correspondía a la fórmula matemática 2/1…”.

Primero se acercó al general que comandaba al regimiento para verificar si se trataba de un problema de afinación, después experimentó con los músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional, al no responderse su pregunta, acudió a los profesores de física de la Escuela Nacional preparatoria en busca de un aparato medidor de vibraciones que pudiera comprobar tangiblemente lo que sólo su oído podía detectar, pero tal aparato no existía.

La duda lo llevó al Instituto Julliard en Nueva York, a la Fundación Guggenheim y hasta a la Bell Telephone Company, pero en ninguno de estos lugares tenían el anhelado aparato, por lo que acudió al gabinete de física universitario de la Universidad de N.Y., en donde se contactó con el doctor Sam Lutz, eminente físico, quien accedió a  ayudarlo.

El 16 de diciembre de 1947 –fecha que coincidía con el nacimiento de Beethoven- realizaron un experimento cuyo resultado arrojó la nueva Ley del Nodo. El sujeto de experimentación fue el primer oboísta de la Orquesta Filarmónica de N.Y.

“no me sorprendió cuando el oboísta tocó la nota do de 256 vibraciones por segundo y al producir la octava por presión únicamente, sin cambiar la digitación, no resultaron las 512 vibraciones por segundo que debían haber sido, según las leyes clásicas…”, escribió en músico.

Siendo el nodo un punto físico, resta longitud a la cuerda, por lo que ya no es la mitad matemática y por lo tanto el número de vibraciones producidas por la mitad de la cuerda excede al duplo de vibraciones producidas por la cuerda en su longitud total. Esta investigación le valió a Carrillo la nominación para el Premio Nobel de Física de 1950, cuyos preceptos fueron resumidos en el libro Dos leyes de física musical publicado en 1956.

Julián Carrillo no ganó el Nobel y al parecer tampoco demasiadas satisfacciones, a pesar de haber renovado una ley que existía ya seis siglos antes de Cristo. “Yo creí […] no haber recibido ninguna emoción que alterara mi naturaleza, supuesto que llevaba desde años antes la convicción que mi oído me estaba diciendo”.