Un Iturbide para el nuevo siglo

Aires libertarios - Hechos

En los meses de septiembre y octubre de 1921, con motivo de la conmemoración del primer centenario de la independencia de México, se llevó a cabo en el seno de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión un acalorado debate en torno a la iniciativa para quitar el nombre de don Agustín de Iturbide de las paredes del recinto de la Cámara, inscrito en letras de oro desde 1835. La iniciativa prosperó y el nombre de quien en forma inteligente, rápida y pacífica había consumado la independencia fue arrojado, letra por letra y entre festejos y gritos en contra de la ""reacción"", de los muros del porfiriano edificio de Donceles y Allende.

La cuestión había alcanzado una importancia insospechada, pues se consideró que la propia vida de la Revolución se encontraba en entredicho mientras el nombre de Iturbide permaneciera en las paredes del Congreso. Con este acto culminó un largo episodio dentro de las luchas entre liberales y conservadores para escamotear y negar los méritos de quien consumara la independencia mexicana en 1821.

[caption id=""attachment_15966"" align=""aligncenter"" width=""400"" caption=""Cámara de Diputados de Donceles, antes de 1921. Iturbide se encontraba entre Víctor Rosales y Vicente Guerrero.""][/caption] Al mismo tiempo, la decisión del congreso señaló el propósito deliberado para excluir su nombre de la historia de México y para borrar su recuerdo de la memoria de los mexicanos. Objetivo plenamente conseguido por la historiografía oficial al servicio de los gobiernos posrevolucionarios. De Obregón a Zedillo. Tan es así que, en 1996 el gobierno federal simplemente ""olvidó"" festejar el 175 aniversario del nacimiento de México, por no comprometerse a pronunciar y a reconocer los méritos de quien supo ""desatar el nudo sin romperlo"" de nuestra independencia.

Desde 1921, el nombre de Iturbide no sólo no se halla en el Congreso, sino se encuentra proscrito del lenguaje cívico ""oficial"", que no de la memoria de los mexicanos, quienes vagamente recuerdan que a él le deben su independencia. Y digo vagamente, porque aún en los libros de historia oficiales se reconoce sin mayor alarde este hecho, aunque algunos hayan pretendido suplantar su nombre con el de don Vicente Guerrero, quien en 1971 fuera declarado oficialmente por Luis Echeverría como el consumador de la independencia.

Esta actitud no deja de llamar la atención. El único libertador latinoamericano que no es motivo de un reconocimiento por parte de los respectivos estados que independizaron del Imperio Español, es Iturbide, debido a que primero combatió y derrotó a los insurgentes y, más tarde, propuso el establecimiento de una monarquía constitucional. Fue calificado injustificadamente de ""traidor"", y condenado a muerte por el congreso en 1824 sin razón alguna y sin necesidad de ""usar de las fórmulas legales,"" cuando lo que deseaba era el establecimiento de un imperio grande y fuerte en el norte de América, con presencia comercial en el Golfo, en el Pacífico y en el Caribe, y que fuera respetado por las grandes naciones de la época. Lo que no convenía a los Estados Unidos, cuyo embajador -Joel R. Poinsett- ayudó a su caída y muerte. También se evita recordar que a Iturbide debemos, además, nuestra bandera, el primer ejército regular mexicano y un propio programa constitucional, acorde a la historia y circunstancias particulares de los mexicanos, así como el camino para encontrar la felicidad común: la Unión.

En efecto, a diferencia de los insurgentes, el Plan de Iguala hizo de la unidad entre todos la clave de la independencia. De aquí el significado del rojo de nuestra bandera. Pero le debemos más. Tomando el legado dejado por Hidalgo y Morelos, en 1821 proclamó la más absoluta igualdad entre todos los habitantes de México, ""sin distinción alguna de europeos, africanos, ni indios"".

Sin embargo, su nombre y su obra se ignoran: el nacimiento de México. Hoy Iturbide es el ""impronunciable"" de la historia (revolucionaria-priísta) mexicana. En ningún discurso, ceremonia, festejo o ""grito"" se acostumbra o se tolera siquiera mencionarlo, y todos vivimos la fiesta patriótica por excelencia el 16 y no el 27 de septiembre, día que recuerda -en palabras de Lucas Alamán- el ""más feliz de nuestra historia"", cuando las tropas trigarantes entraron a la ciudad de México cortando definitivamente los lazos con España.

En contraste con esta ingratitud, muy mexicana, han sido historiadores de otras nacionalidades -junto con algunos pocos mexicanos- los que se han interesado en estudiar y comprender objetivamente el papel jugado por el primer emperador mexicano, más allá de polémicas que sólo han servido para debilitarnos y dividirnos; sus conclusiones contrastan con las de los historiadores que han medrado de la historia oficial, y se acercan a las de Alamán, Lafragua, Riva Palacio, Justo Sierra, García Cubas, Bulnes, Ramos Pedrueza, Ezequiel A. Chávez, Josefina Vázquez, Jiménez Codinach y Krauze.

[caption id=""attachment_15967"" align=""aligncenter"" width=""370"" caption=""Cámara de Donceles, interior 1921, después de que fue retirado el nombre de Iturbide""][/caption]

Urge, pues, ante el proceso de democratización que por fortuna vive México al comenzar el siglo XXI, reparar la injusticia y hacer un esfuerzo de comprensión desapasionado y objetivo en torno al figura del consumador de nuestra independencia, del padre del Estado Mexicano, del creador de nuestra bandera y de nuestro ejército, del que supo indicarnos el camino para ser libres y señalarnos la ruta de la común felicidad: la Unión entre los mexicanos. Para comenzar esta tarea sería bueno publicar los muchos escritos de Iturbide, hasta hoy desconocidos y dispersos en diversos archivos.

En el Grito del 15 de septiembre en varias ocasiones se ha rescatado ya parte del mensaje iturbidista, pero todavía existen recelos y falsos temores -por la carga ideológica que rodea aún su nombre- para gritar ""¡Viva Agustín de Iturbide!"". ¿Qué problema existe para gritar en un estado democrático, moderno, laico, seguro de sí y reconciliado con su historia, ¡Viva la Independencia!, ¡Viva la Unión!, y luego manifestar la gratitud colectiva de todos con un ¡Viva Hidalgo!, ¡Viva Morelos! y ¡Viva Iturbide!, concluyendo con el acostumbrado ¡Viva México!? ¿No es una cuestión de elemental justicia? ¿Acaso la superación de nuestro castrante maniqueísmo histórico no es el camino para la urgente, para la esperada reconciliación histórica entre los mexicanos?

Hoy, que nadie piensa en monarquías fallidas, y que el autoritarismo político y la dictadura disfrazada comienzan a ceder en favor de la democracia es bueno que volteemos a ver la senda que otros nos marcaron. Si la Unión fue la clave para llegar, sin matarnos, a una independencia pactada, que sea la unión la forma de establecer una democracia pactada entre todos. El dos de julio del 2000 supimos encontrar la forma de ser democráticos, hagamos ahora realidad la frase de Iturbide; nos toca a nosotros, una vez más, el determinar cómo ser felices. Permanezcamos unidos y en 2021, al celebrarse el segundo centenario de nuestra independencia, tal vez seamos esa nación igualitaria y fuerte que Iturbide imaginó.