Tepoztlán

Morelos - Turismo

Antiguo centro ceremonial, hoy en día recibe miles de visitantes que buscan purificar su cuerpo y su alma, practicar deportes extremos, o simplemente deleitarse en sus restaurantes con vista a las montañas mientras se degusta un pulque de higo, maracuyá o zarzamora.
Al entrar en Tepoztlán, lo primero que nos recibe es la calle Tepozteco, que lleva directamente al cerro del mismo nombre, en cuya cima se yergue una pirámide construida entre 1150 y 1350 en honor al dios del pulque, la fertilidad y las buenas cosechas: Ometochtli Tepuztécatl. El recorrido inicia en Axihtla, una esfera de piedra con una cruz en su parte superior. Tras una hora y media de caminata, el esfuerzo se recompensa con una panorámica increíble que permite apreciar la villa en su esplendor. Y es que Tepoztlán es un Pueblo Mágico que encanta a los visitantes con su misticismo.
Mientras se recorren sus calles, hay que detenerse en el Ex Convento de la Natividad (siglo XVI) donde se aprecia su atrio, diversas criptas y los restos de sus capillas posa; posee un mirador con una espectacular vista del cerro y un museo con documentos históricos. A sus espaldas está el Museo Carlos Pellicer, con una colección de piezas arqueológicas donadas por el poeta tabasqueño.
Para quienes busquen relajarse, nada como un baño de temascal, servicio que se ofrece en múltiples hoteles y spas del lugar, junto con masajes y diversos rituales purificadores y de sanación.
Los domingos vale la pena turistear por el tianguis artesanal, donde se encuentran artesanías, joyería, ropa y pinturas en papel amate, entre otras curiosidades. En el mercado se pueden probar los itacates, que son gorditas triangulares rellenas de guisado. También hay tacos de cecina y salsas picantes de frutas; aunque la tradición es degustar los helados de Tepoznieves, con más de 130 sabores.
Las fiestas más importantes de la localidad son el Carnaval (realizado tres días antes el Miércoles de Ceniza, con bailes tradicionales como El brinco del Chinelo), y el 21 de marzo, cuando locales y extranjeros suben a la pirámide con la esperanza de cargarse con la energía del solsticio.