Sebastián Lerdo de Tejada

La era liberal - Hechos

Tenía una inteligencia por demás extraordinaria y una preparación intelectual tan amplia que estaba por encima de toda la generación liberal. Según sus contemporáneos sólo un hombre gozó de una mente tan brillante y despejada como la suya: Melchor Ocampo. Y sin embargo, sus cualidades convergían de manera natural en un defecto que, al asumir la presidencia, le impidió gobernar con lucidez: la soberbia.

""No creía necesitar de nadie para la acción -escribió Justo Sierra-; todos los hombres le eran iguales, todos eran para él instrumentos fácilmente manejables con el señuelo del interés; no creía necesitar de consejo, no deliberaba, se informaba negligentemente y decidía sin elementos suficientes muchas veces"".

Desde su juventud y como estudiante había mostrado sus dotes intelectuales.  Estudió en el Seminario de Puebla donde cursó latín, filosofía y teología pero antes que por Dios, optó por la carrera de las leyes y marchó a la ciudad de México para estudiar jurisprudencia en el Colegio de San Ildefonso. Recibió su título en 1851 y un año después, el joven abogado de veintinueve años de edad fue nombrado rector de San Ildefonso.

Su ascenso en la vida política nacional tampoco fue culpa del azar. Y aunque durante la guerra de Reforma rechazó al gobierno conservador asentado en la ciudad de México, extrañamente no se entregó por completo a la causa de los liberales ni se mantuvo cerca del presidente Benito Juárez. Prefirió exiliarse dentro de los antiguos muros de San Ildefonso y combinar la rectoría del colegio con el estudio, la reflexión y sus negocios como abogado.

Quizá fueron los años que necesitaba para madurar sus ideas políticas, porque al consumarse el triunfo de los liberales en 1861 y con la intervención francesa en ciernes, despertó el estadista. ""En política, como en todos los negocios de la vida -solía decir-, los términos medios son por lo general los peores; hay que decidirse por cualquiera de los extremos"". Si Juárez encarnó a la República, Lerdo fue su alma. La tenaz resistencia del gobierno mexicano que llegó hasta Paso del Norte, no se entiende sin aquellos dos hombres.

Desde el ministerio de Relaciones Exteriores -que por años fue también el centro de la política interior- don Sebastián no permitió a Juárez ceder un ápice. Si alguna duda llegó a tener don Benito sobre la suerte que debían correr Maximiliano, Miramón y Mejía; si se conmovió frente a las peticiones de indulto o vaciló ante las súplicas de las esposas y futuras viudas, Lerdo estuvo ahí -frío e impasible ante los asuntos de la nación- para no dar un paso atrás.

""El perdón de Maximiliano pudiera ser muy funesto al país... Es preciso que la existencia de México, como Nación independiente, no la dejemos al libre arbitrio de los gobiernos de Europa... Cerca de cincuenta años hace que México viene ensayando un sistema de perdón, de lenidad, y los frutos de esa conducta han sido la anarquía entre nosotros y el desprestigio en el exterior"".

Con la misma frialdad y en su carácter de ministro del gobierno, impidió la entrega del cadáver hasta que se presentase una solicitud oficial del gobierno austriaco y de la familia del extinto archiduque pidiendo la entrega del cuerpo. ""El gobierno debía ser inexorable -señaló-, porque era necesario, como un escarmiento a la Europa, que el castigo fuera terrible, como terribles habían sido los ultrajes inferidos a la majestad de la nación"". El muerto finalmente se fue de México cinco meses después de la ejecución.

Durante los primeros años de la República Restaurada, don Sebastián siguió dentro del gabinete del presidente Juárez. Lo apoyó en su reelección, en el proyecto para crear el senado, en la mano dura que por momentos aplicó en algunos estados de la federación y cerró filas con el presidente para afrontar la primera rebelión de Díaz en 1871. Ese mismo año alcanzó la presidencia de la Suprema Corte de Justicia. La repentina muerte de don Benito, ocurrida el 18 de julio de 1872, lo llevó a la presidencia y la realización de nuevas elecciones le otorgaron el poder constitucionalmente.

Bajo su gestión, el gobierno terminó con la violenta campaña de Nayarit que culminó con la muerte del caudillo indígena Manuel Lozada; estableció el Senado e inauguró el ferrocarril a Veracruz. Sus logros, sin embargo, pronto fueron olvidados. La claridad e inteligencia con que había actuado como ministro de Juárez desaparecieron bajo su premisa de ""los extremos"", llevando el credo liberal a límites que ni siquiera el propio don Benito -por sentido de la oportunidad y de la política- había tocado: elevó a rango constitucional las leyes de Reforma (1873), decretó la supresión de la orden de las Hermanas de la Caridad y la expulsión de varios jesuitas por supuestas conspiraciones en contra del gobierno. Como era de esperarse una ola de indignación recorrió el país entero.

""Todo el elemento femenino de la sociedad -escribió Sierra-, que había aplaudido en el advenimiento del señor Lerdo el reinado de la gente decente, volvió la espalda al presidente y comenzó con implacable tenacidad esa guerra sorda de los salones y las cocinas, que ataca y enmohece los más íntimos resortes gubernamentales""

Con buena parte de los grupos políticos en su contra, su reelección en 1876 era impensable. Aún así, el gobierno se empecinó en llevarla a feliz término y el fraude fue descarado. Sus extremos habían roto la legalidad. Porfirio Díaz se levantó en armas y Jesús María Iglesias, presidente de la Suprema Corte y viejo amigo de Lerdo, desconoció la reelección presidencial. El 20 de noviembre de 1876, dejó la presidencia y marchó a los Estados Unidos para residir en Nueva York los últimos años de su vida.

Había sido un hombre para aconsejar al poder, para ilustrarlo, para iluminarlo, no para ejercerlo. ""De temperamento profundamente conservador y autoritario -concluye Sierra-, irónicamente ajeno a toda creencia, aunque tenía la religión de la patria, que consideraba en buena parte como obra suya, el presidente Lerdo era un gran señor, capaz de hacer cosas admirables junto a un gobernante de carácter soberano"".