Santa misoginia

La Nueva España - Vida Cotidiana

La caridad parecía fluir de su persona de manera natural. Hombre virtuoso, sencillo y generoso; obispo de Michoacán (1678) y arzobispo de México (1682-1698), don Francisco de Aguiar y Seijas era acérrimo enemigo de las corridas de toros, las peleas de gallos y muy particularmente de los juegos de azar.

 

Pensaba que con ""galo de pelea, buen caldo"", de ahí que gran parte de sus esfuerzos para encaminar a las almas novohispanas por el sendero del bien fueran destinados a erradicar el ocio que generalmente se materializaba en una partida de naipes, el correr de las apuestas y grandes borracheras con chiringuito. La gente reconoció sus méritos y en poco tiempo ""comenzó a hacerse amar, por su bondadoso carácter"".

 

No era pera menos, su obra material comprendía además, la fundación del anhelado Colegio Seminario, un hospital para mujeres dementes y dos casas de recogimiento -la Misericordia y la Magdalena- para ""malas mujeres"". Parecía un santo en la Tierra, y sin embargo, don Francisco tenía un grave defecto:

 

""Aversión decidida -escribió Francisco Sosa- era la del arzobispo hacia las mujeres; tan exagerada, que podría calificarse de verdadera manía. Consta que desde sus primeros años evitó su trato y proximidad, y no hay por qué extrañar que, ya sacerdote, ni aun el rostro hubiese querido mirarlas. En su servidumbre jamás permitió mujer alguna; en sus frecuentes pláticas doctrinales atacó con vehemencia cuantos defectos creía hallar en la mujer; por su propia mano cubrió la cabeza a una que se hallaba sin tocas en el templo; siendo arzobispo se resistía a visitar a los virreyes por no tratar a sus consortes, y lo que es mas notables todavía, prohibió, pena de excomunión, que mujer alguna traspasara los dinteles de su palacio arzobispal"".

 

Aún así, la sociedad novohispana, machista desde luego, pasó por alto el ""defectito"" del arzobispo argumentando: ""nadie es perfecto"".