Puente de Calderón: el principio del fin

Aires libertarios - Hechos

El 14 de enero de 1811 cayó en lunes; era un día frío, gris y desangelado (como todo lunes). Sería pues ese día que los Insurgentes decidieron movilizarse hacia el escenario donde se realizaría la batalla decisiva. Durante la noche del día anterior el alto mando habían recibido noticias de que Calleja se encontraba ya acampado en La Joya, muy cerca de ellos. Los clarines dieron la orden de alistamiento; sería la artillería la primera en ponerse en camino, junto con todas las provisiones. Esta maniobra fue fuertemente escoltada por un batallón al mando de José Antonio ""el amo"" Torres.

Por su parte, Calleja decidió, la mañana del miércoles dieciséis, desplazarse hacia Puente de Calderón partiendo de los Altos de Jalisco. Por la tarde mandó un grupo de reconocimiento que se topó con una avanzada insurgente. El tiroteo no se hizo esperar, si bien no pasó a mayores y ambos bandos se retiraron a sus respectivos campamentos. Y así llegó la noche, con ambos bandos acampados a tiro de cañón unos del otro.

Muchos historiadores coinciden que Allende, quien ya daba las órdenes, cometió a esta altura, graves errores de drásticas consecuencias, entre ellos el haber dejado al ejército realista acampar cerca del puente la noche anterior a la batalla, y sobre todo haberlo dejado tranquilo, en vez de mandar repentinos o sorpresivos ataques que abrieran fuego durante la noche, a sabiendas que las tropas virreinales estaban a campo abierto. Otro de sus grandes errores fue el dejar que Calleja reconociera las posiciones exactas de su milicia. Para el mismo día dieciséis el jefe de la artillería realista, Ramón Diez de Ortega, sabía santo y seña de dónde se encontraban hasta la cocina de los insurgentes. Allende sabía perfectamente que estaba siendo observado, o más bien examinado ""con la buena voluntad que manifiesta un tuberculoso para dejarse reconocer por un gran médico"" (Bulnes). Sin embargo ¡no hizo nada al respecto! La recopilación de tan jugosa información alimentó sobradamente la confianza de Calleja, que se relamía los bigotes, y todavía más al enterarse por su comandante artillero que los cañones insurgentes estaban mal montados, por lo que sus disparos pasarían muy arriba de ellos, ya que las piezas estaban fijas horizontalmente sin tener movimiento vertical, error un tanto ridículo a causa de la mala construcción de las cureñas o que algunos estaban ajustados hasta en ruedas de carreta.

Con esa información Calleja rectificó su plan de ataque disponiendo que se atacara por la derecha hasta derrocar la principal batería montada en la loma, al mismo tiempo que otra fracción del ejército se lanzara por la izquierda para atravesar el Puente, o en caso contrario franquease el arroyo para caer con todo sobre el centro, donde estaba el grueso del ejército enemigo. Para este fin mandó ya entrada bien la noche a un grupo de reconocimiento a investigar si había algún paso vadeable por dónde subir al cerro.

Por la mañana Calleja distribuyó su fuerza en tres columnas. La primera al mando del conde de la Cadena, que se componía de un regimiento de infantería con cuatro cañones a disposición. Otra columna, de caballería, estaba al mando de Manuel Emparán, con las instrucciones de atacar por la derecha, flanqueando la última batería enemiga. Y por el centro atacaría la columna al mando del José María Jalón, en tanto Calleja quedaba atrás con la reserva para atender donde se necesitara. A lo lejos el ejército Insurgente estaba listo en sus posiciones, esperando la orden para romper el fuego.

Por fin, 17 de enero de 1811 ambos ejércitos se vieron las caras, listos para actuar en un verdadero teatro del terror. Según el testimonio escrito de un testigo ocular, Pedro García, insurgente, el día había amanecido con un fuertísimo aire de noreste que llegaba impetuoso sobre el ejército insurgente, además de que ambos ejércitos estaban situados sobre un plano ""cubierto por un zacate bastante crecido a la atura de más de media vara"" (aprox. de 35 a 40 cm.).

La tensión se podía cortar con una tijera. El soldado Pedro García anota en sus memorias que un incidente imprudente estuvo a punto de que la batalla se rompiera antes de tiempo con consecuencias graves, y todo por un descuido del hijo de Allende, Indalecio, a quien le habían regalado un caballo que quiso ""estrenar"" ese día, sin tomar en cuenta que el animal no estaba del todo entrenado: se le ordenó al vástago que fuera a dar una orden de Allende para el general Arias, pero en el camino el caballo relinchó, se alborotó y salió desbocado hacia el frente de la línea enemiga.

Por suerte el jefe de la guarnición insurgente que ocupaba la posición del centro se dio cuenta y de inmediato mandó a unos hombres a que detuvieran a toda prisa al caballo encabritado, antes de que fuera sencillamente agujereado con todo y jinete por los realistas. Los jinetes experimentados lograron desviar al caballo, si bien ya estaban a unos pasos de la línea enemiga, quienes creyeron que aquella avanzada a toda velocidad era un señuelo para distraerlos, por lo que algunos fusiles abrieron fuego y uno que otro cañonazo no se hizo esperar, a lo que el general Arias contestó también con artillería para defender el regreso de los soldados. El hijo del jefe insurgente no sufrió mayor daño más que el castigo de los vértigos y los vapores de la vergüenza.

Y así comenzó la batalla. Sería la columna de Flon, conde de la Cadena, quien iniciara las hostilidades pasando el río para enfrentarse a las tropas comandadas por Torres, que le salieron al encuentro sosteniendo una lucha para que no trepara a la loma con la finalidad de tomar la batería.

Después de cuatro horas que llevaba el fiero combate, la victoria parecía estar del lado de los Insurgentes: el tupido fuego de sus cañones, aunque un tanto desviado, junto con el ataque de la infantería, cuyos tiros eran secundados por una recia tormenta de balas, flechas y piedras, habían debilitado lo suficiente a los realistas, obligándolos a retroceder. Flon había sido rechazado dos veces, una de ellas gracias a la feroz intervención de la caballería comandada por el torero Marroquín.

A esta altura de los eventos bélicos la mayoría de los historiadores concuerdan en el acontecimiento de un hecho imprevisto, que cambiaría el destino de la batalla: durante el transcurso de la reyerta comenzó a soplar un fuerte viento en contra del bando insurgente. A esto se debe sumar que, según las fidedignas memorias del testigo presencial Pedro García, la batalla se desarrollaba en un campo donde la hierba estaba alta.

Siendo pleno invierno es fácil adivinar que estamos hablando de mero zacate, el cual que hizo una excelente labor de conductismo a la hora de propagar el fuego cuando una granada realista cayó en un carro de municiones provocando una tremenda explosión. Las exageradas llamaradas no se hicieron esperar, mismas que se propagaron con inusitada rapidez (por lo seco del llano). Esto y el estruendo de la explosión provocaron entre las huestes de Hidalgo un pánico de apocalípticas proporciones.

Lo peor estaba por venir, pues una vez que aquello se convirtió en infierno dantesco el viento arreció espoleando la violenta humareda directamente a la cara los insurrectos, quienes quedaron cegados y maniatados de movimiento sin ver absolutamente nada. Así fue que comenzó una alarmante desbandada entre los indígenas, quienes tropezándose unos con otros corrían a salvarse de lo que creían era el fin del mundo.

Viendo la confusión y la humareda las baterías insurgentes también dejaron de disparar, hecho que el colmilludo Calleja aprovechó para lanzar una feroz ataque a bayoneta limpia y caballo, lo que le dio el triunfo sobre la batería principal y las posiciones más altas del enemigo. Mientras tanto la marabunta insurgente había creado un verdadero caos. La imagen de soldados quemados pavorosamente impactó todavía más a la gente, que corriendo de un lado a otro entorpecían y bloqueaban los caminos provocando un laberinto de pavor del que no se podía salir.

Eran las tres de la tarde y la reyerta había comenzado a las nueve de la mañana. Seis horas de recia batalla donde los insurgentes habían acariciado el triunfo. Una vez que los jefes insurgentes bebieron del cáliz de hiel decidieron salvar el pellejo y abandonaron el barco: Todo estaba perdido.

Se dice que Hidalgo, viendo de lejos el humeante campo de batalla dijo:

—¡Quién nos hubiera dicho ayer, a esta hora, lo que habíamos de hacer hoy! Muy cara nos ha salido esta experiencia, pero ella nos guiará. (…) ¡Vámonos, señores, compañeros, aquí ya no hay nada que hacer!

Lo que primero era euforia masiva, algarabía de pueblo, música de victoria, aplausos, vítores y serpentinas al aire, se convirtió en el retumbar de cañones que en un santiamén silenciaron toda una esperanza.

En el Archivo Histórico Municipal de León se encuentra un manuscrito de un romance previo y posterior a la Batalla del Puente de Calderón que tipifica el sentimiento de la gente. Está escrito por un tapatío que primero elogia la causa insurgente de Hidalgo, pero al ver que es derrotado el arrebatado trovador orienta su inspiración al bando contrario, convirtiéndose en lo que en aquél entonces se denominaba un ""Chaqueta"", personas que se cambiaban del bando insurgente al realista al primer revés. Parte del romance dice así:

Mueran los opositores

Y cualquier cabecilla

Que se acabe esa semilla

Desesperada y cautiva

Y que reine triunfe y viva

El cura Hidalgo y Costilla (…)

Esperemos en María

La hermosa Guadalupana

Que Ella es nuestra defensora Americana

Y la que siempre nos guía

Que se a de llegar el día

Que Flon se mire postrado

Y también Rul a su lado

Que paguen su alevosía…

Entonces, al enterarse del revés insurgente, el inspirado lírico elogia a Calleja en su victoria del Puente de Calderón:

En Aculco y Guanajuato

Hizo fuerte batería

A la plebe que quería

Ser de corazón ingrato

Muchos pagaron el pato

Por traidores a la ley

Y puede decir la grey

Con voluntades parejas

Que viva el señor Callejas

Fuerte defensor del Rey

Si fueron a Zapotlán

Que le nombran los tecuejes

Al llegar veras los jefes

Muertos como que allí están

Las señales se verán

En el cerro y sus verdores

El campo quedó tupido

Y salio gallo juido

El cura de los Dolores…

La derrota en puente de Calderón, marcó el principio del fin de la primera etapa de la lucha de independencia, que meses después culminó con la captura y muerte de los primeros jefes insurgentes.