Primero la patria que la esposa: Ignacio Zaragoza y Rafaela Padilla

La era liberal - Hechos

La vida personal del gran vencedor de los franceses, en la batalla del 5 de mayo es casi desconocida. Es una historia de amor roto por el amor a la patria. En 1856, cuando la generación liberal se disponía a discutir la Constitución de 1857 y en el horizonte asomaba la guerra de Reforma, Ignacio Zaragoza comenzó a frecuentar la casa de su amigo y antiguo subordinado, Marcelino Padilla.

En una de esas visitas, Ignacio descubrió la foto de la bella Rafaela, hermana de Marcelino, quien contaba para esa fecha con 20 años. Era blanca, con cabello castaño, nariz respingada y ojos color miel. Inmediatamente, Ignacio suplicó a Marcelino se la presentara y éste accedió. Luego de un tiempo, coincidieron en un baile, Zaragoza le declaró su amor, pero ella no correspondió hasta que éste habló con su madre.

Rafaela Padilla era huérfana de padre y oriunda de Villa de San Nicolás Hidalgo, Nuevo León,  había nacido el 30 de octubre de 1836. Sin otra demora, Ignacio, con la intermediación de su jefe, Santiago Vidaurri, pidió a Rafaela en matrimonio y establecieron como fecha para la boda el 21 de enero de 1857. Un levantamiento conservador obligó a Zaragoza a desplazarse a San Luis Potosí y no poder asistir a la boda, pero mandó a su hermano Miguel para que lo representara. No resulta difícil imaginar a la desdichada novia llorando amargamente al enterarse que debía casarse con un representante de su futuro marido.

No quería casarse ""por poder"", pero el consejo y la buena voluntad del obispo, don Francisco de Paula y Verea, quien personalmente se presentó en la casa de la novia, logró convencerla. Si la pobre muchacha hubiera tenido alguien que le advirtiera: ""¡No te dejes convencer Rafaela! Esta es una señal de lo que será tu matrimonio. Nunca lograrás competir con la Patria, a quien tu marido antepondrá en cualquier circunstancia"".

La boda se llevó a cabo en la Catedral. Según don Guillermo Colín, ameno biógrafo de Zaragoza, el presbítero don Darío de Jesús Suárez, quien ofició la misa, tropezó con la rotunda negativa de la muchacha al equivocarse dos veces y preguntarle si quería esposarse con Miguel. Sólo contestó afirmativamente cuando el sacerdote rectificó y cambió el nombre de Miguel por el de Ignacio.

Consagrado a sus obligaciones militares y luego a las políticas, Don Ignacio dedicó poco tiempo a su familia. La Patria se antepuso. Escasas fueron las cartas y documentos en los que Zaragoza hacía referencia a su esposa. Como la del 27 de mayo de 1859, dirigida a Santiago Vidaurri en la que ratificando su compromiso con la Nación, mostraba su preocupación por la suerte de su mujer y demás parentela:

""Estoy resuelto, como usted sabe muy bien, a no dejar las armas de la mano hasta no ver en mi patria restablecida la Constitución, y, por consiguiente, la verdadera paz de toda ella. Para conseguir estas cosas, no hay duda que será necesario librar grandes combates, en los cuales necesariamente tendré que hallarme. No será remoto, por lo mismo, que en cualquiera de ellos me sobrevenga un suceso desgraciado, y, en este caso, mi pobre familia quedará reducida a la más espantosa miseria, porque no cuenta con otro patrimonio que le de mi trabajo. Esta tristísima cuanto penosa idea, me pone en el duro caso de ocurrir a usted para suplicarle, por medio de la presente, tenga la bondad de mandar entregar a mi esposa, por mi cuenta, la suma de dos mil pesos; con los cuales podrá concluir una casita que ha comenzado a fabricar...""

En los cinco años de lazo conyugal, el matrimonio Zaragoza-Seguín tuvo tres hijos, dos de ellos murieron. Él primogénito, Ignacio, falleció en Monterrey en marzo de 1858. Ocho meses después nacería Ignacio Estanislao, quien encontró la muerte cuando convertido en ministro de Guerra, su padre los trajo a vivir a la ciudad de México. La más pequeña, Rafaela en honor a su madre, nació en junio de 1860 y vivió hasta 1927.

La época de su estancia en la capital, a pesar de la muerte del tercer Ignacio, fue la más feliz. Don Ignacio trajo consigo no sólo a su esposa e hija, sino también a su madre ¾quien después de la desilusión sufrida por la deserción de Miguel acompañó a la familia de su segundo hijo. Sin embargo el gusto les duró poco, pues en diciembre de 1861, a Rafaela Padilla de Zaragoza le diagnosticaron un ""mal incurable"". Se cuenta que comenzó a sentirse enferma una noche en que regresando de una función de ópera se quitó el abrigo y le dio un aire. No se sabe si fue un cáncer, tuberculosis o pulmonía lo que mermó la salud de la Señora Rafaela.

Tres días antes de la nochebuena de 1861, Ignacio Zaragoza partía a San Luis Potosí comisionado por Juárez como jefe de las fuerzas de aquel estado ¾una brigada bien organizada e incorporada posteriormente al Ejército de Oriente. Según Manuel Z. Gómez ""le habría sido fácil"" retardar la marcha, dada la enfermedad de su esposa y la consideración y el afecto con el que el presidente lo distinguía, pero no lo quiso.

Se despidió de su esposa que yacía agonizando en su lecho de muerte y tomó a su pequeña en sus brazos librando un batalla interna entre su obligación para con su familia y la patria. Después de reincorporarse volvió a su habitual serenidad, regresó la niña a Doña Jesusita y se despidió de su madre con un tierno beso en la frente. Ella correspondió con la bendición. Ignacio Zaragoza nunca volvió a ver a su esposa. Rafaela murió el 13 de enero del año siguiente.

La historia de Ignacio Zaragoza y Rafaela Padilla culminó un 5 de mayo, pero de 1979, cuando los restos exhumados de la señora Rafaela Padilla de Zaragoza fueron trasladados a la ciudad de Puebla para hacerlos reunir con los de su marido. El orador oficial de aquel acto enunció: ""Es hora del reencuentro, y otra vez de un acto de irrestricta justicia, y llega hoy por derecho propio la esposa ausente de esta cripta... Si el cumplimiento de su deber los separó, ha sido la voluntad misma del pueblo la que los ha vuelto a reunir y depositarlos para que reposen en paz, por fin, bajo el cielo de Puebla."" La Patria quiso hacer justicia a la pobre Rafaela.