Díaz, Porfirio

La revolución - Personajes

(Oaxaca, Oax., sep. 15, 1830 - París, Francia, julio 2, 1915)

Gobernó el país de 1876 a 1880 y luego de manera ininterrumpida de 1884 a 1911. Fue el militar más destacado de la República durante la intervención francesa y el imperio de Maximiliano (1862-1867) y llegó al poder a través de un levantamiento armado en contra del presidente Sebastián Lerdo de Tejada en 1876.

Al asumir el poder, el país se encontraba en bancarrota y todo estaba por hacerse. El orden, la paz y el progreso fueron sus obsesiones. Su primer cuatrienio estuvo enfocado a ganarse la confianza de Estados Unidos gracias al pago puntual de los compromisos de la deuda y a la pacificación del país. Estableció la paz ejerciendo la fuerza y la represión en contra de la delincuencia. Junto a la paz y el progreso, la conciliación. Bajo su gobierno las viejas rencillas partidistas desaparecieron casi por completo. Con el tiempo, y la generosa distribución de cargos públicos, todos terminaron siendo porfiristas. El clero se acercó nuevamente al poder político, no para ejercerlo sino para apoyarlo. Y los poderes de la federación fueron sometidos a la voluntad presidencial. El Congreso fue conocido como el club de amigos del presidente pues todo le aplaudían y todo lo apoyaban. A partir de su regreso al poder en 1884 comenzó un crecimiento económico sin precedentes. El ferrocarril se convirtió en el símbolo de la dictadura llegándose a construir 20 mil kilómetros de vías férreas cuando sólo había 800 en los primeros años de su administración. Comenzó a llegar inversión extranjera, se reactivaron la minería y la industria, la explotación del petróleo se manifestó como la actividad más rentable del nuevo siglo, los bancos abrieron sucursales en distintos puntos del país, las casas comerciales se multiplicaron. Las ciudades comenzaron a mostrar un rostro diferente: el de la luz eléctrica y las calles asfaltadas; el del telégrafo, el correo eficiente y el teléfono. Pero había un rostro oscuro y terrible, el de la desigualdad y la represión. Como en toda dictadura, la prosperidad de unos cuantos se asentaba sobre la miseria de la mayoría. Las contradicciones sociales eran escandalosas. El progreso material corría por los rieles de la desigualdad. Buena parte de las haciendas porfirianas habían despojado a los pueblos de sus tierras. La llamada paz porfiriana se había escrito con sangre. Nadie olvidaba que decenas de indios yaquis y mayas sufrieron deportaciones al terrible Valle Nacional, en Oaxaca, donde la esclavitud era casi un hecho. Tampoco podía olvidarse la represión de los obreros en Cananea y Río Blanco ni a los periodistas que terminaron sus días en las cárceles por criticar al régimen. Díaz cerró las puertas al otro progreso, el político suprimió todos los derechos públicos y acabó con la honestidad de la justicia. Luego de un largo régimen, la revolución maderista acabó con su gobierno y el 25 de mayo de 1911 presentó su renuncia y partió al exilio. Murió en París.