Péguese mi lengua a mi boca: Concha Lombardo y Miguel Miramón

La era liberal - Hechos

""En la guerra y el amor todo se vale"" dice un conocido refrán popular. Sin embargo, ese extraño sentimiento que puede rendir a cualquiera no entiende de guerras, hazañas militares o cargos públicos. Ante la pérdida del ser amado la propia razón pierde sentido. La historia mexicana tiene intensas páginas de amor y pasión que corren paralelas a los acontecimientos que transformaron por completo a la nación.

""Confórmate, amada mía, no hay remedio, el cielo te deja viuda"" -dijo el general Miguel Miramón en vísperas de su fusilamiento. Doña Concha se mostraba entera delante de su esposo, pero el sufrimiento se ocultaba en lo más recóndito de su alma. Con apenas ocho años de matrimonio, su historia de amor estaba condenada a terminar en tragedia.

Miguel había quedado prendado de Concha en su primer encuentro en 1853 y siguiendo los dictados del corazón, decidió aplicar lo mejor de la estrategia militar para conquistarla y puso ""sitio"" a la hermosa y joven ""plaza"" que había conocido. ""¿Se quiere usted casar conmigo para llevarme a la guerra a caballo, cargando en brazos al niño y en el hombro al perico?"" -le preguntó la jovencita de apenas 18 años de edad-. ""Ahora es usted capitán, cuando sea general entonces hablaremos"".

Y como la vieja máxima, ""plaza sitiada, plaza tomada"" suele cumplirse en la mayoría de los casos, en poco tiempo la mejor espada del ejército conservador alcanzó el grado de general, la presidencia de México y una compañera para el resto de su vida (1858). Miramón tenía entonces 27 años. Entre victorias y derrotas, el matrimonio Miramón-Lombardo transitó por los crueles años de la guerra de Reforma y el Imperio de Maximiliano.

El 19 de junio de 1867 -frente a un paredón de fusilamiento- la Patria exigió a Miramón toda su atención y ambos se fusionaron a través de la muerte. Terriblemente triste por la pérdida de ""su"" Miguel, Concha se negó a perderlo por completo y ordenó que se extrajera el órgano vital de su marido. De esa forma le fue entregado ""aquel noble corazón que tanto me había amado"", el cual colocó en una urna, iluminada permanentemente por una lámpara.

""Tengo el corazón de mi esposo -solía comentar-, que pienso llevármelo a Europa y tenerlo siempre en mi recámara"". Sorprendido por la macabra reliquia     -pero quizá romántica idea-, un sacerdote la persuadió para que dejase descansar en paz al valiente general. A los pocos días el órgano fue inhumado. Mientras caía la tierra sobre el último vestigio del guerrero, Concha se hizo una promesa de amor para el resto de su vida: ""Péguese mi lengua a mi boca si llegara a olvidarte"".