Pancho Villa: Emboscada en Parral

La reconstrucción - Hechos

Los motivos políticos para asesinar a Villa estaban a la orden del día en 1923. Obregón y Calles -presidente de la república y el futuro sucesor- sabían que mientras el Centauro viviese, era un peligro potencial. Su carisma y popularidad no habían menguado y parecían suficientes para levantar, en poco tiempo, a varios miles de hombres en contra del gobierno. Los sonorenses lo dejaron en paz en los años que siguieron a su rendición en 1920, pero se mantuvieron informados acerca de sus actividades.

El centauro no quería el poder. Alentado por su orgullo y vanidad, lo único que buscaba era medir fuerzas con los sonorenses. A pesar de su retiro, la prensa nacional e internacional seguía sus pasos con interés. Villa no perdía oportunidad alguna para hacerse notar y cada vez que declaraba a la prensa, sus palabras llegaban hasta la ciudad de México.

En 1922, cruzó el punto sin retorno. Frente a un reportero de El Universal, declaró que al terminar el cuatrienio de Obregón, volvería a la vida pública y se pronunció abiertamente por Adolfo de la Huerta como posible candidato para suceder a Obregón, cuando el manco de Celaya tenía ya a su candidato: Plutarco Elías Calles.

Los sonorenses leyeron las declaraciones de Villa de la única forma en que podían hacerlo: vaticinando una futura rebelión donde el Centauro se convertiría en el brazo armado de Adolfo de la Huerta. Y respondieron de la única forma en que sabían hacerlo: contemplando la posibilidad de eliminar a su enemigo.

Pero si los motivos políticos para exterminarlo eran suficientes, las razones personales, de la anónima población civil, no lo eran menos. Desde los años de la revolución, Villa logró hacerse amar por unos y odiar por otros.

El otrora jefe de la División del Norte estaba conciente de los excesos cometidos a lo largo de su vida y desde antes de su rendición, vivía con el temor de caer asesinado. Lo obsesionaba la muerte y Canutillo se convirtió en su refugio. Evitaba salir de su hacienda y cuando los negocios lo obligaban, se hacía acompañar de su escolta de ""dorados"", conformada por cincuenta hombres perfectamente armados. El Centauro no permitía que nadie caminara a sus espaldas, al sentarse a la mesa buscaba el lugar que tuviera como respaldo la pared; cotidianamente cambiaba de lugar para dormir, sin que nadie se percatara, temía incluso que sus propios hombres fueran a traicionarlo.

Sangre en Parral

Jesús Herrera tenía sobrados motivos para eliminar a Villa. Años atrás, el Centauro había matado a varios de sus familiares con lujo de violencia. Dos eran conocidos, Maclovio y Luis, ambos antiguos compañeros de armas de Villa en la División del Norte. A partir de entonces la venganza se volvió una obsesión. En más de una ocasión contrató matones para que acabaran con el caudillo pero nunca lo consiguió. Villa conocía las intenciones de su enemigo y también intentó acabar con él, sin éxito.

La obsesión de Jesús Herrera fue compartida por Gabriel Chávez, amigo suyo, comerciante y ganadero de Parral, Chihuahua quien se encargó de entrar en contacto con Melitón Lozoya -a quien Villa había amenazado recientemente- y a Jesús Salas Barraza, diputado en el congreso local de Durango. Cada uno guardaba sus propios odios contra Villa pero los tres estaban decididos a materializar su venganza. En las semanas siguientes lograron reunir a siete hombres más para asestar un golpe definitivo y mortal en contra de Villa.

Al comenzar el mes de julio de 1923, el grupo estaba completo y era conformado por Melitón Lozoya, Jesús Salas Barraza, José Barraza, Juan López Sáenz Pardo, José Sáenz Pardo, Librado Martínez, Román y José Guerra y Ruperto Vera. Recibían recursos económicos, apoyo material y pertrechos militares a través de Gabriel Chávez y esperaban el momento oportuno para actuar.

El complot tenía carácter local y personal, sin embargo, el plan fue conocido en la ciudad de México por el presidente Obregón y el futuro candidato presidencial Plutarco Elías Calles. Con autorización de Obregón, Calles llamó al coronel Félix C. Lara, jefe de la guarnición de Hidalgo del Parral -población cercana a Canutillo- para garantizar la impunidad de los futuros asesinos.

Los asesinos eligieron Parral para llevar acabo la emboscada. El centauro solía visitar el viejo pueblo minero, ubicado en Chihuahua, por razones amorosas -una más de sus mujeres, Manuela Casas, vivía en él- y para atender negocios particulares. La traza del pueblo era en sí misma una trampa. Para atravesarlo de extremo a extremo no había más alternativa que circular por la plaza Juárez, era la única ruta posible y la que comúnmente seguía Villa al salir de su casa ubicada a unas cuadras de la plaza.

La suerte sonrió a los asesinos. En los primeros días de julio rentaron dos cuartos, el número 7 y el número 9 de la calle Gabino Barreda que hacía esquina con la calle Juárez, exactamente en la plaza principal. Desde las ventanas de ambas habitaciones podía observarse cualquier vehículo circulando de frente. Sólo era cuestión de esperar el momento oportuno.

Por distintos motivos, Villa viajó a Hidalgo del Parral unos días y dispuso su regreso a Canutillo la mañana del 20 de julio de 1923. Hasta la puerta de la casa ubicada en la calle de Zaragoza, llegó Miguel Trillo, secretario particular del Centauro, a bordo del automóvil Dodge Brothers. Eran las 8 de la mañana.

Uno de los nueve hombres se colocó sobre la calle Juárez, al divisar el vehículo de Villa, tenía como encomienda quitarse el sombrero con la mano derecha o con la izquierda con el fin de avisar a sus compañeros qué lugar ocupaba el Centauro dentro del automóvil.

En las habitaciones 7 y 9 de la calle Gabino Barreda aguardaban los asesinos. En cada uno de los cuartos se apostaron cuatro tiradores, habían derribado parte de la pared que los dividía para tener mejor comunicación. En la parte posterior del inmueble aguardaban los caballos preparados para la huida.

Minutos después de las 8 de la mañana, los asesinos vieron la señal de su compañero. Villa conducía el vehículo, así que todos debían hacer la primera descarga sobre el asiento del conductor, luego, fuego a discreción. El automóvil avanzaba lentamente por la calle Juárez, casi para llegar a la calle Gabino Barreda, tuvo que frenar para pasar una zanja. Había llegado la hora. De pronto, el infierno.

Los proyectiles deshicieron el parabrisas y fueron a impactarse sobre los cuerpos de Villa y de Trillo. Al sentir los primeros disparos, Villa soltó el volante y el auto se impactó contra un fresno. El cadáver de Trillo quedó colgando de cabeza en la portezuela derecha, el cuerpo del centauro recargado sobre el respaldo de su asiento. Los asesinos dejaron las habitaciones, cortaron cartucho y frente al automóvil dieron el tiro de gracia a Villa y a sus compañeros. Luego tomaron sus monturas y salieron huyendo.

La gente del pueblo se reunió súbitamente en torno al automóvil. Nadie daba crédito a lo que había sucedido. El vehículo mostraba tremendos boquetes en diferentes partes de la carrocería, rastros de la masacre. Los cadáveres de Villa, Trillo y el resto de sus acompañantes fueron llevados al Hotel Hidalgo, propiedad del Centauro, ahí fueron fotografiados, preparados y arreglados para el sepelio.

Durante los siguientes días, la prensa llenó sus páginas con distintas versiones de lo sucedido. Obregón y Calles se dijeron sorprendidos por lo ocurrido. El presidente ordenó una ""exhaustiva investigación"", tan exhaustiva como la ordenada cuando asesinaron a Carranza tres años antes. En poco tiempo, Jesús Salas Barraza, uno de los victimarios, fue detenido, juzgado y condenado a setenta años de prisión, junto con Melitón Lozoya. Sin embargo, un año después, en 1924, fue indultado. El magnicida incluso llegó a ser gobernador interino de Durango por algunos días en 1929.