Sus majestades imperiales: Maximiliano y Carlota

La era liberal - Hechos

Parecía que Maximiliano se estaba echando para atrás. Apenas se había dado cuenta del peso que cargaban sus hombros, al haber tomado la decisión de gobernar su nuevo imperio: México.

La salud lo estaba traicionando, Maximiliano se encontraba agotado física y mentalmente, y encima de todo, esa noche ofrecerían un gran banquete en el salón de fiestas de su palacio en Miramar. Al día siguiente, 11 de abril de 1864, era la fecha estipulada para emprender el viaje.

El doctor Jilek, su médico de confianza, veía aproximarse una crisis nerviosa, no podía arriesgarse a permitirle asistir al banquete y fatigar su cuerpo aún más.

Carlota, mostrando una naturaleza más fuerte que la de su esposo, lo representó en el evento y se hizo cargo de los invitados, sin cansancio, sin tensión alguna. Y siguió haciéndolo durante dos días más, pues por recomendaciones del doctor, no pudieron partir el día 11.

Llegaban comitivas de todos lados para expresar la tristeza de la partida de Maximiliano y Carlota, pero también las felicitaciones. Carlota tenía una nueva misión, y como tal, saludaba, agradecía y recibía a todos, llena de entusiasmo.

El día 13, Maximiliano se sintió con la fuerza suficiente para partir de su castillo en Miramar, ese lugar que mandó construir y que dirigió con tanto cuidado; se despidió de sus jardines, de sus habitaciones y de sus fieles servidores. Su voz, entrecortada por la melancolía, apenas dejó salir las amables palabras para el alcalde de Trieste, para después subir a la fragata Novara.

El tiempo daba buen augurio, un sol radiante y un mar tranquilo. El 18 de abril llegaron a Roma, para recibir las bendiciones del papa Pío IX y después de otra escala en las Islas Canarias, se dirigieron hacia Veracruz. Durante las seis semanas de viaje marítimo, Maximiliano logró calmar todas sus inquietudes y se sintió con fuerza y ánimo para su tarea de emperador.

El Novara tocó el puerto de Veracruz el 28 de mayo y fueron recibidos por el general Almonte y por los cañones del fuerte de San Juan de Ulúa. Desembarcaron al día siguiente, pero el comienzo no pareció muy promisorio, Veracruz acogió con frialdad a la pareja imperial; predominaba la población liberal, enemiga de la intervención. Maximiliano había sido elegido por los conservadores, pero el emperador no quería gobernar con un partido, quería unirlos todos y mantenerse neutral, no pretendía ser un ""absolutista medieval"".

Antes de llegar a Córdoba, al pasar por un bosque y bajo un terrible aguacero, tuvieron un altercado con una de las ruedas del carruaje. Pudieron llegaron siete horas después. Ni con esto, Carlota perdía el entusiasmo, fueron necesarios la juventud y el buen humor de ella y de su marido para no ""quedarse helados de frío o romperse una costilla"" por lo intrincado del camino.

Los recibimientos se hacían más calurosos conforme se acercaban a la ciudad de México. En Puebla, tuvieron una solemne recepción y las masas de gente acudían a ver a los emperadores que poco a poco se ganaban el cariño de la gente.

En Cholula, acudieron a misa en una capilla dedicada a la Virgen y antes de entrar a la capital, visitaron su imagen en la antigua basílica, exaltando así, el sentimiento religioso de los mexicanos. Al salir de la iglesia, ya esperaban cientos de coches de gente vestida con sus más elegantes ropas, el general Bazaine y el embajador, marqués de Montholon, para acompañarlos en su camino.

Con apenas 32 años de edad, el nuevo emperador, Maximiliano de Habsburgo y la emperatriz, Carlota de Bélgica, llegaron a la ciudad de México el 12 de junio de 1864, sin saber que la tragedia ya estaba al acecho.