El entramado de la guerra en Mesoamérica

El siglo de la conquista - Hechos

La guerra es una experiencia universal que adopta diversas formas en la historia de la humanidad. Fue una práctica extendida en las culturas antiguas de México. Entre los propósitos fundamentales de la guerra en el mundo mesoamericano estaban los dominios territoriales, la obtención de mano de obra esclava, los tributos y la legitimación de dirigentes o de linajes.

Es sumamente probable que la guerra fuera el ámbito ideal para la captura de víctimas para sacrificios rituales, como aún pueden apreciarse en diversas estelas encontradas en sitios arqueológicos de la región, donde los cautivos aparecen atados, a veces con las uñas arrancadas, tomados del cabello, algo que, en oposición, conllevaba una apología o exaltación  de los señores gobernantes.

Algunos historiadores han ejemplificado el sentido ritual de ciertas conflagraciones con la Guerra Florida de los mexicas, cuya principal finalidad, se dice, era la captura de esclavos que debían ser sacrificados a los dioses en épocas de sequía extrema.

Los vestigios materiales de armas militares se remontan al año 1000 a.C.,  con los mazos y hondas, probablemente de provenencia olmeca; se han encontrado escudos rectangulares correspondientes a épocas posteriores, así como lanzas teotihuacanas y lanzas con navajas de obsidiana bajo la punta, de origen maya. Entre las armas más representativas se encuentran los átlatl o lanzadardos; las hachas con discos de pedernal u obsidiana de manufactura mixteca y zapoteca; el macuáhuitl, bastón provisto con navajas de obsidiana       -también utilizado en rituales de descuartizamiento-; los mazos con puntas de pedernal, así como arcos, flechas, armaduras y cascos de algodón -destinados a altas jerarquías militares-.

Los territorios de los pueblos mesoamericanos fueron modificados constantemente por las empresas militares. La arquitectura también da cuenta de métodos de asedio y resistencia a través de los restos de edificaciones militares empleadas para defender y atacar, principalmente fortificaciones que delimitaban dominios que debían ser protegidos. La ciudad de Dos Pilas, en el Petén maya, levantó grandes murallas y delimitó físicamente sus accesos para frenar a todo posible intruso.

El dominio bélico de algunos pueblos fue determinado por aspectos estratégicos como el número de guerreros -un elemento abrumador en el caso de los mexicas-, la situación topográfica -como sucedió en Tula y Monte Albán-. También fue clave el papel de las alianzas, como la pactada entre Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan, lo mismo que el reclutamiento de hombres hábiles, dotados para la guerra destinados a ejércitos sumamente especializados, como lo concibieron los mayas. Las tropas mayas se ataviaban con indumentarias codificadas por cofradías, tuteladas por deidades representadas en sus propias indumentarias.

Ciertas victorias fueron tan prestigiosas que recurrieron al arte para inmortalizar a los ganadores y humillar a los vencidos. Los mixtecos dejaron testimonios bélicos en los códices Selden, Colombino, Vindobonesis y Bodley. Los murales de Bonampak documentan batallas históricas; los zapotecas grabaron decapitados asociados al toponimio de los derrotados. Las deificaciones de guerreros representan la máxima aspiración de un militar, incluyendo las ceremonias a los miles de guerreros mexicas que al morir se convirtieron en aves con plumaje de fuego para acompañar al sol en su periplo.