Nostálgica muerte

La Nueva España - Vida Cotidiana

El péndulo se mecía pausadamente. Su golpeteo marcaba el paso firme e inexorable de los segundos. El viejo reloj de pared era una curiosidad terrenal, su preferida. A la muerte le arrullaba su sonido que se perdía con el rechinar de la desvencijada mecedora. Sentada junto al fuego de las vidas humanas, sostenía entre sus pálidas manos un viejo diario que contenía sus notas sobre la humanidad desde tiempos inmemoriales. Era la víspera del 2 de noviembre, indudablemente su fecha preferida. Tiempo para recordar.

Contaban los viejos, que allá por el año de 1560 la soberbia ciudad de Valladolid (Mérida) padeció con la presencia de un duende, que de la nada, se presentó para asolar y aterrorizar a varias poblaciones cercanas. Travieso y juguetón, el duendecillo gustaba de parlotear, reír y burlarse de las desgracias ajenas. Se recomendó entonces no seguirle el juego y el pequeño ser del inframundo desató su ira. Varias decenas de casas fueron incendiadas y sólo la intervención de un sacerdote, ejecutando un exorcismo, salvó de la destrucción total aquella región.

A la muerte le gustaba la historia del duende, sobre todo cuando provenía del relato de los obispos y disfrutaba aún más escucharlos referir el castigo enviado por la Providencia, por la idolatría que seguía imperando en la Nueva España. La mayor de las penas fue un intenso aguacero que erizó los cabellos hasta del más valiente, cuando del cielo no cayó agua, sino sangre, corría el año del señor de 1607.

Los hechiceros se cocían aparte. Los temibles nahuales eran los mismísimos brujos que, buscando realizar sus fines, adoptaban la figura de algún animal, generalmente un caimán o un coyote. Parecía una historia burda, pero la muerte sonreía con malicia, al escuchar que tales historias eran verídicas y el tiempo lo comprobaba: cuando se mataba al coyote, amanecía muerto el hechicero y por coincidencia, ambos presentaban las mismas heridas que provocaban su deceso.

En el viejo diario no podían faltar las aparecidas. La más conocida era Iohualtepocchtli, llamada en castellano ""hacha nocturna"". Se sabía de su existencia porque antes de presentarse a los mortales se podían escuchar golpes similares a los que producía una hacha al pegar contra la madera. ""Si algún hombre animoso y esforzado"" no huía y buscaba el origen de esos golpeteos, luego de un tiempo ""veía un hombre sin cabeza, cortado el pescuezo como un tronco, y el pecho abierto, y dividido en dos partes como unas puertecillas, que se abrían y cerraban, y por la abertura del pecho se le veía el corazón y entonces el hombre podía meter la mano y con esto le pedía mercedes conforme a lo que necesitara, hijos, hacienda, o esfuerzo en la guerra"". En cambio, si el hombre era cobarde, todas las desgracias se posarían sobre él y su descendencia.

De las historias del siglo XVII, la muerte reía a carcajadas con la leyenda que señalaba que si una persona era mordida por una de las víboras más venenosas de la región del sureste novohispano, era fundamental enterrarla boca abajo, de lo contrario, a los pocos días todo quedaría inundado. Un sacerdote, que acusó a los indios de idólatras, vivió para contar que con sus ojos, vio como dos pueblos enteros en diferentes años, quedaron cubiertos por el agua, luego de enterrar a sus muertos por picadura de víbora, boca arriba.

Así pasaba su noche la muerte, entre las almas que subían a los cielos o descendían a los infiernos, testigo perenne de la historia humana.