"Muere tú cuando yo muera". Amado Nervo

Literatura - Personajes

Alejandro Rosas

“Va a hacer un mes, un mes solamente y, sin embargo, en esos treinta días, en esos treinta relámpagos he llorado más lágrimas que estrellas visibles tiene la noche” –escribió Amado Nervo en La amada inmóvil-. Tenía el alma desgarrada, el 7 de enero anterior había fallecido en sus brazos la mujer a la que amaba: Ana Cecilia Luisa Dailliez. “En esos treinta relámpagos he acumulado tal cantidad de dolor –continúa Nervo-, que me parece que todos mis males pasados y que todos mis males posibles se dieron cita para invadir y llenar mi espíritu, a fin de que no quedase en él un solo hueco que no fuese angustia”. 

            Se habían conocido de manera fortuita en agosto de 1901 –fue el destino dirían algunos-; la noche parisina mantenía en vela a Nervo; con su alma “sola y muy triste” deambulaba por el barrio Latino de París esperando hallar compañía y se encontró con la mujer que sería su gran amada los siguientes 10 años. 

            Ana había salido con su hermana para distraerse y al conocer a su Amado se perdió en él. Le advirtió que no estaba dispuesta a prestarse a una aventura galante de una sola noche; para ella el amor debía serlo para toda la vida y la promesa de lo eterno se redujo a 10 años.

            El poeta, enamorado como un tonto,  lanzó la promesa que Ana esperaba y que cumplió con creces. Era un amor libre, sin ataduras, sin papeles, sin bendiciones o firmas al calce. Se amaron sin contemplaciones, viajaron por Europa: Londres, París, Bruselas, Roma, Venecia, Florencia. Pero era un amor intermitente; la libertad con que se entregaron mutuamente parecía incomodarlos.

            En tiempos en que una relación no sujeta a los convencionalismos sociales era censurada con severidad, la que sostuvieron Amado Nervo y Ana Cecilia creció bajo los hados de la clandestinidad. “No teníamos el derecho de amarnos a la luz del día, y nos habíamos amado en la penumbra de un sigilo y de una intimidad tales, que casi nadie en el mundo sabía nuestro secreto” –escribió Nervo.

             Era paradójico; se amaban pero no pudieron –o no quisieron- materializar su amor y mostrarlo a la luz del día. “Pocas veces, muy pocas, salíamos juntos, evitando las arterias febriles de las metrópolis, donde mi relativa popularidad podía prepararme sorpresas. En cambio en ciertos viajes nos desquitábamos ampliamente y, brazo con brazo, enredadas las diestras con una ternura que tenía mucho de fraternal, nos dedicábamos a ese flaneo delietable de París, de Londres, de Bruselas, deteniéndonos ante el deslumbramiento de loss escaparates, refugiándonos en los ínimos y perfumados rincones d elos restaurantes, donde los gourmets de buena cepa, como noostors, compensaban tantas acritudes de la vida”.

            Ana Cecilia lo fue todo para Amado Nervo; sus ojos, su luz; su inspiración, su devoción. Mujer excepcional por su gracia, su bondad y su ternura, acompañó al poeta en la última década de paz que vivió México al iniciar el siglo XX. Sus corazones permanecieron juntos, pero inexplicablemente vivieron separados todo su romance. A familiares y amigos les extrañaba que Nervo viviera solo, pero siempre se le viera con tan buen talante.

            La muerte comenzó a rondar el domingo 17 de diciembre de 1911. Ana cayó enferma con síntomas claros de fiebre tifoidea. Hacia el jueves 21 se postró en cama y comenzó un doloroso calvario hasta el 3 de enero en que perdió la lucidez. Veintiún días borraron de golpe 10 años de una historia compartida.

            Nervo la cuidó noche tras noche, pero en el día la clandestinidad le cobró caro la afrenta de tanto tiempo. Como miembro del servicio exterior mexicano, debía atender los asuntos que le exigían en la cancillería, sin poder solicitar unos días, sin la opción de pedir una licencia o simplemente renunciar para acompañar a la mujer que había llenado sus sueños en los últimos años.

           “A las tres de la tarde, a las tres y media a lo sumo, era preciso dejar a la idolatrada enferma y partir –continúa Nervo-. Eran días aquellos de un trabajo incesante. Tenía yo entre mis manos innumerables asuntos diversos, acudían, además las visitas a todas horas. Y mientras el amor de mis amores se agitaba presa de la fiebre en su lecho, yo, a tres kilómetros de mi casa, hacía suma, multiplicaciones y divisiones, redactaba notas, sonreía a los diversos visitantes, respondía a consultas de toda índole e inventaba todos los días una nueva mentira para escapar a las invitaciones, para despistar la curiosidad e acecho de los íntimos”.

            El escritor no estaba resignado a perderla; hizo lo posible para salvarla; pidió a Dios con vehemencia que la dejara, que le diera una oportunidad para seguir juntos. Pero la única que recibió fue de la muerte. Ana falleció el 7 de enero. “Esa muerte ha sido la amputación más dolorosa de mí mismo –escribió Nervo-. Un hacha invisible me ha dado un hachazo en la mitad de mi corazón. Los dos pedazos de la entraña quedaron allí trémulos, entre borbotones de sangre. Luego uno de ellos fue arrebatado por el brazo omnipotente de la Muerte, y el otro, mísero, siguió latiendo, latiendo… La tremenda rudeza del golpe no pudo apagar el ritmo de la vida… Siguió latiendo, así la triste entraña mutilada; siguió latiendo entre los coágulos obscuros y late todavía”.

           Nervo entregó su dolor a las letras; exhausto por el desgarramiento interno, escribió Serenidad y La amada inmóvil, en ambas obras reunión sus “versos a una muerta”. 7 años más de soledad vivió Nervo y en 1919, antes de cruzar los 50 años de edad, también se entregó a la muerte. Asolado por el dolor súbito y brutal, había escrito Serenidad

“No te apartes de mi vera,

muere tú cuando yo muera.

¡Yo te lleve, pues te traje

Fuiste noble compañera

de viaje.

Rimemos nuestros destinos

para todos los caminos

que habremos de recorrer

en lo inmenso del arcano,

y vayamos por la muerte de la mano

como fuimos por la vida: ¡sin temer!”