Mantequilla, bueno entre los buenos

La estabilidad - Vida Cotidiana

El cine mexicano consagró a galanes del tipo Pedro Infante o a divas como María Félix en personajes que se convirtieron en estereotipos sociales. Las formulas con mayor ""éxito"", como la de Cantinflas en su papel de ""peladito"", la Félix ""devora hombres"" o Infante en el de macho seductor, se reprodujeron hasta el hartazgo. Los directores recurrieron a los artistas de gran cartel como sinónimo de éxito taquillero, pero del mismo modo buscaron a actores con tablas, encargados de sostener la trama, dotar de histrionismo a la cinta y capaces hasta de disputarse escenas con los protagonistas.

Miguel Inclán, por ejemplo, caracterizó a don Pilar, el padrastro marihuano de Celia, la Chorreada, en Nosotros los pobres (1948). A partir de entonces se entronizó como el villano más recurrente de la época de oro, a pesar de su actuación como Benito Juárez en Mexicanos al grito de guerra (1943), gendarme bondadoso en Salón México (1949), tendero dejado en La tienda de la esquina (1951) o, quizás la más excelsa, como el ciego don Carmelo en Los olvidados (1950).

La contraparte del malvado que atormenta al protagonista es el ""escudero"", a menudo el amigo más cercano, el compañero de sus tropelías, el recordatorio moral personificado, el consejero perenne del estelar o el personaje gracioso que todo lo embrolla o lo resuelve. Uno de los actores más destacados en este rubro es Fernando Soto, Mantequilla. Hijo de Roberto, el Panzón, Soto, inventor del chiste político y muy famoso por sus obras de sátira política durante el callismo, Mantequilla nació en la ciudad de Puebla el 15 de abril de 1911. Su madre, Socorro Astol fue cantante de zarzuela y actriz, por lo que desde niño se habitúo a vivir entre bailarinas, el teatro y el público.

Formado y educado en las carpas, en una de sus primeras incursiones en el cine, Ni sangre ni arena (1941) dirigida por Alejandro Galindo, Mantequilla le roba escena a Cantinflas. También es dupla de Pedro Infante en algunas de sus películas más emotivas: Pepe el Toro (1952), ¡Dicen que soy mujeriego! (1948), Los tres huastecos (1948), El seminarista (1949), donde su papel es tan importante que tiene el diálogo final de la cinta, entre otras más. Con David Silva conformó una dupla aún más exitosa. Tanto así que la repitieron en tres ocasiones, todas dirigidas por Galindo, Campeón sin corona (1946), ¡Esquina bajan! (1948) y Hay lugar para… dos (1948). Por Campeón sin corona ambos recibieron el Ariel por sus actuaciones. También fue dirigido por Luis Buñuel en La hija del engaño (1951) y La ilusión viaja en tranvía (1953).

Mantequilla actuó en los tetaros Lírico, Iris, Cervantes, Ideal, Principal, Colón, Tivolí y Fábregas. Allí consiguió las tablas con las que personificó a personajes del pópulo: taxistas, vendedor de tacos, cobrador, trabajador doméstico, vendedor de aguas, tranviario, second, pero siempre amigo a carta cabal, honrado, noble y sentimental. Mantequilla apela al sentimentalismo y a la dignidad de su personaje. En Campeón sin corona, personifica a El Chupa, el amigo y second de Kid Terranova, quien, en gira por Estados Unidos, exige el retorno a México con los siguientes argumentos: ""Yaa, pues ni es tan bonito, total, en lugar de hacer las casas para los lados, las hacen pa´rriba… y luego aquí ni hay nada. Que quiere usted comerse unos taquitos de resorte con su guacamolito, su cebollita, su cilantrito y su media de tepache, ¡naranjas!, o le entra usted a los mentados sándwiches esos o se aguanta usted el hambre"".

Apenas atrás de los créditos principales, actores como Mantequilla, Miguel Inclán, Armando Soto, Chicote, o el carnal Marcelo fueron escuderos, compañeros de andanzas de los protagónicos, amigos leales, capaces de aguantar desprecios, humillaciones y aún de revirar con argucia, rapidez e ingenio los regaños de los estelares. Complemento de los galanes, Mantequilla enreda las tramas, tiras las cosas, se toma un orange, se persigna por cualquier cosa, llora a la menor provocación, pero bendice el final feliz lo mismo con una frase moral que con una ocurrencia. Trabajó en más de 200 películas, en todas ellas arranca sonrisas, enternece al público y propicia la comunión con el séptimo arte.