Llega el diablo y sopla

La Nueva España - Vida Cotidiana

Apacible, la muerte leía cuidadosamente su diario, cuyas páginas contenían pasajes desde tiempos inmemoriales. Sus ojos recorrían cada uno los renglones. Su excelente caligrafía, escrita con el tintero de las ánimas que recogía, la transportaba a otras épocas. Viajaba por los recónditos secretos de su memoria y rescataba de las profundidades su propia historia, los recuerdos. A veces sonreía con malicia; otras, refunfuñaba o se quedaba pensativa, en ocasiones se le escuchaba suspirar.

Por varias horas se dio gusto leyendo y releyendo los pasajes de su diario. Se detuvo entonces en una página en la que alcanzaba a leerse Nueva España. Por su mente pasaron los muy lejanos siglos XVI, XVII, XVIII… Lejanos para los hombres -debió pensar- que viven con el tiempo a cuestas. ¿Qué representaban los siglos para la muerte? Nada. En la eternidad no existe el tiempo. De ahí que el viejo reloj de pared fuera tan solo una curiosidad.

Para la muerte pensar en la Nueva España era, paradójicamente, un aliento vital. Ni la furia de la conquista ni la cruzada evangelizadora habían podido extirpar de la tradición popular la celebración de difuntos. En náhuatl o en castellano, la muerte seguiría siendo la muerte. Nadie jamás le arrebataría su trono en la conciencia de los hombres.

Mestizos, criollos y españoles -el nuevo pueblo que surgía de la fusión de dos culturas-, vivieron con cierto temor los primeros tiempos de la Nueva España. Con un futuro incierto, se respiraba miedo en el ambiente: a lo desconocido, a las supersticiones. En el aire gravitaban los milenarios sortilegios y hechizos prehispánicos que simplemente se adaptaron a las costumbres hispánicas. Con nostalgia, la muerte recordó esas primeras décadas posteriores a la conquista y por su diario desfilaron las historias más asombrosas y los viejos relatos, de los que dieron fe, los habitantes del virreinato más grande de América: la Nueva España.

Sucesos extraños, aparecidos, fantasmas, brujos, hechiceras y nahuales ilustraron la vida cotidiana de la Nueva España en los siglos inmediatos a la conquista. No era fortuito que, conforme crecía la noble ciudad de México, algunas de sus calles tuvieran nombres macabros, que rindieran pleitesía, a la que llamaban ""huesuda"".

El Callejón del Muerto dio de que hablar por mucho tiempo. Después de las ocho de la noche nadie se atrevía a transitar por esa calle. ""Noche con noche, el muerto,/ al dar las ocho, y sin falta,/ viene rondando la calle/ sin rumor en las pisadas, /y dando tales suspiros que al más valiente acobardan"".

Cuando las tinieblas caían sobre al ciudad de México, el fantasma de Tristán Alzures se aparecía. Un buen día, su valiente hijo decidió enfrentarlo y superando sus temores lo observó como un ánima en pena que necesitaba el descanso eterno. Siguiendo las instrucciones del aparecido, a los pocos días se supo de una increíble historia. Tristán había asesinado a un amigo para quitarle una fortuna en oro. Enterró el cuerpo en el jardín de la casa y llevó una vida aparentemente tranquila. Murió sin confesar su pecado y la corte celestial lo condenó a vivir en penitencia. Su hijo escuchó el relato, lo contó al obispo y el cura hizo desenterrar a la víctima y al victimario, este último fue colgado durante veinticuatro horas y al asesinado se le dio cristiana sepultura. A partir de entonces, la muerte les dio la paz eterna.

Con el Diablo, la muerte prefería no meterse. Sus historias eran las únicas que, en términos terrenales le erizaban los cabellos. Y sin embargo, aquella noche se atrevió a leer dos relatos que la dejaron marcada. Un verso recordaba la primera anécdota: ""Este llano de que os hablo/ y que tenéis a la vista/ allá desde la conquista/ se llama el llano del Diablo./ Y da el pueblo testimonio/ de que en noches de tormenta,/ aquí juntaba sangrienta/ toda su corte el demonio./ Y jamás en noches tales/ nadie audaz osó acercarse/ temeroso de encontrarse/ con brujas y con nahuales/ Porque contaban que luego/ por el llano rebotando/ iban las brujas volando/como unos globos de fuego.

Musitaba aún los famosos versos que referían la historia del Llano del Diablo, cuando la muerte recordó otra historia, de la cual conservaba una reliquia. Un apuesto caballero, ansioso de aventuras galantes y mujeres hermosas, conoció a una novel doncella. El buen mozo decidió hacerle la corte, y le envío una pequeña nota donde le suplicaba que dejara abierta la puerta de su casa para entrar en ella y conversar durante la noche. Desde luego, jamás le habló de sus negras intenciones. Y para que la núbil mujer aceptara, le ofreció, como promesa, su mano para casarse. Ingenua, la joven accedió a semejante petición y la puerta quedó abierta, sólo era necesario remover el pasador.

""El hombre es fuego, la mujer estopa, llega el diablo y sopla"" debió pensar el caballero antes de intentar acercarse a la joven. Pero no lo hizo. Sonaban las campanas de la media noche y el castigo se hizo presente. Cuando el hombre metió la mano en la reja de la casa sintió un golpe brutal: al acudir al médico, se enfrentó a la peor decisión de su vida: o le amputaban el miembro o en poco tiempo sería alimento de los gusanos.

La mujer desconociendo lo sucedido, se creyó engañada y decidió marchar al convento. Tras largos meses de continua búsqueda el joven dio con su futura esposa y nuevamente le propuso matrimonio. Todo estaba preparado. En el altar esperaba el sacerdote y ambas familias se veían radiantes. Cuando tenía la feliz pareja se paró frente al Cristo del altar, el caballero dijo con una voz que parecía provenir de ultratumba: ""Prometí mi mano a esta mujer y aquí la tienen"", y dejó caer el miembro amputado en el altar, retirándose con una terrible y espantosa carcajada que retumbo por todo el templo, dejando helados a todos los invitados.

Al terminar de leer su viejo diario, la muerte reía a carcajadas. Aún sonriendo, se paró lentamente de la mecedora. Procuró limpiarse las lágrimas que la risa le había provocado y se dirigió a un baúl donde guardaba lo mejor de sus recuerdos. Dio vuelta a la llave abrió el cofre con mil y un tesoros. Luego de algunos minutos, sacó un objeto envuelto en una franela guinda, la desdobló y alzó un pequeño bulto que apenas se percibía con las llamas de la chimenea. Al acercarlo a la luz, se divisó con claridad aquel objeto: era la mano del caballero.