"No quiero oro, ni quiero plata"

Datos Curiosos

Tras el descubrimiento de América y la confrontación de la cultura indígena y la europea, Cortés comprendió que la conquista de estas nuevas tierras no sería tarea fácil; para vender a los “salvajes” lo que Salvador Novo llamaría “la mercancía espiritual de un cielo alcanzable por la penitencia y la renunciación de los deleznables bienes terrenales”, requirió al apoyo  de las órdenes monásticas.       

            A petición suya, un grupo de franciscanos se embarcó rumbo a América. Fray Juan de Tecto, fray Juan de Aora y fray Pedro de Gante, entre otros, llegaron armados con rezos y santos, a evangelizar y a salvar las almas de este pueblo, alejado de la mano del dios único, aunque ellos tenían decenas de dioses para toda ocasión.

            Los frailes impusieron la catequesis para erradicar la idolatría y aprovecharon las coincidencias religiosas que existían entre la cultura indígena y la española para lograr su causa. Por ejemplo, ambas culturas creían en la vida después de la muerte; había un rito de iniciación parecido al bautismo y otro similar a la comunión, en el que dos veces al año comían imágenes hechas de pasta de alimentos que representaban a Huitzilopochtli. Los aztecas tenían un objeto similar a las piñatas, y era costumbre celebrar el nacimiento del dios del sol y de la guerra, colgando en un poste del templo una olla adornada con plumas de colores que, después, golpeaban con un palo.

            La amalgama de elementos culturales dio pie al surgimiento de una nueva identidad mestiza que actualmente es la base de nuestra tradiciones. Los frailes querían enseñar a los indios virtudes cristianas como la pobreza, castidad, fe, esperanza y caridad.

            Fue así como nacieron las piñatas, decoradas con brillantes papeles de colores y siete picos. Romper la piñata, simbolizaba la destrucción del mal y el triunfo del bien. Cada pico representa la tentación de los pecados capitales: ira, gula, envidia, pereza, lujuria y avaricia. Hay que pegarle a la piñata para pegarle a los pecados y acabar con ellos.

            Se golpea a la piñata con los ojos vendados, por la fe ciega y la fuerza de voluntad necesarias para superar la tentación del mal. Los mexicanos esquivamos  la seducción del demonio a palazos; “dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes, pierdes el camino”. Nadie quiere perder el camino del bien.

            “No quiero oro, ni quiero plata, yo lo que quiero es romper la piñata”, porque al romperla se derramarán sobre nosotros las recompensas, dones y regalos en forma de dulces, frutas, cacahuates y tejocotes, que nos obsequian las piñatas por haber vencido al mal. Al igual que las posadas, las piñatas en la Nueva España tuvieron su origen en el pueblo de San Agustín de Acolman, en el estado de México.