Las madres en la literatura

Literatura - Obras

Madre (por suerte) solo hay una

Por Julio Patán

Los libros pueden ser más crueles que los hombres con la figura de la madre. Desde “Mamá, soy Paquito…”, no es que falten madrecitas bondadosas en la historia de la literatura, todo lo contrario, pero hagan, estimados lectores, un recuento muy breve de lo que ha pasado desde que a los griegos les dio por escribir, y verán que la imagen de la progenitora no sale siempre muy bien parada, sea por maldad, por ingenuidad, por debilidad o por efecto del infortunio. Brevemente: la madre de Edipo, ya lo saben ustedes, terminó en la cama de su propio hijo, cierto que sin saberlo, y la de Hamlet, Gertrudis, puesta a cambiar de lecho, acabó en el del asesino de su ex, nada menos que el tío de su cachorro. Esto, por lo que toca a las madres ingenuas o frágiles. Porque luego las hay que son temibles.

Un caso en verdad inquietante y bien real es el de Ayaan Hirsi Ali, analista política y escritora. Nacida en Somalia de un padre perseguido por el régimen comunista, exiliada en Etiopía, Arabia Saudita y Kenia, fue educada por una abuela que no abandonó los viejos preceptos tribales y sobre todo por una madre que se dejó caer de pleno en el fundamentalismo musulmán. El resultado: la ablación del clítoris cuando era una niña, la educación a golpes en la fe del Corán, el diseño de una vida de obediencia, matrimonio arreglado incluido. Y, por fortuna, la liberación. Ali huyó a Holanda, estudió Políticas y entró al Parlamento. En 2004, el cineasta Theo Van Gogh fue asesinado por un radical afín a Al Qaeda. Había estrenado un corto, Submission, fuertemente crítico hacia el islamismo. El asesino dejó amenazas contra su guionista: Ayaan Hirsi Ali, que terminó por exilarse en los Estados Unidos.

Infiel es un gran ejercicio autobiográfico que protagonizan, también, madres terribles. Madres cristianas y no reales, aunque brillantemente realistas. En concreto, el de La casa de Bernarda Alba. La escribió Federico García Lorca hacia el año 36 y cuenta la vida de encierro casi monacal de una familia compuesta por la Bernarda del título, una viuda reciente que se abandona al placer doloroso de otro fundamentalismo, el católico, y sus cinco hijas, víctimas de una madre electrocutada del dolor, el resentimiento y la marginalidad propios de una mujer en esa época y ese sitio. Representa inmejorablemente la España profunda, sobra decirlo, pero el peso de ese personaje siniestro supera los géneros y las corrientes literarias. Si algún lector no la leyó durante la preparatoria, puede celebrar el 10 de mayo con una obra que compensará hasta la peor de las sobremesas en familia.