Las estatuas del Paseo de la Reforma

Datos Curiosos

Alejandro Rosas

El liberalismo estaba a flor de piel. A pesar de los veinte años que habían transcurrido desde la caída del imperio de Maximiliano, en la patria aún se respiraba un fuerte aroma a patriotismo y a heroicidad. El inconcluso paseo trazado por órdenes del emperador, también había caído en manos de la república y comenzaba a ser llamado de la Reforma. ¿De qué otro modo podía ser? Su largo trazo debía llenarse con la grandeza de aquellos personajes en cuya obra y sacrificio se sustentaba el nuevo México que hacia 1887, caminaba por la senda del progreso porfirista. La dictadura buscaba legitimarse a través de la obra de los liberales aunque las libertades políticas estuvieran próximas a desaparecer.

            Al menos en el discurso la exaltación del liberalismo sonaba bien. Por eso la propuesta de Francisco Sosa de colocar dos estatuas por cada uno de los estados de la Federación para rendir homenaje a sus hombres ilustres –desde luego, militantes del liberalismo- tuvo inicialmente buena acogida, que duró, sin embargo, lo que un suspiro.

            El 5 de febrero de 1889 fueron colocadas las primeras dos estatuas en el Paseo de la Reforma. Ignacio Ramírez y Leandro Valle habían sido elegidos por el gobierno capitalino para representar al Distrito Federal, pero una vez develadas, más de una voz se alzó para expresar severas críticas.

            El periódico El Tiempo  censuró abiertamente “diciendo –escribió José Ma. Marroquí- que si estos personajes tuvieron virtudes públicas que los hicieron acreedores a la estimación de sus amigos, y aún de sus conciudadanos, estas virtudes fueron de las comunes, de las que no escasean entre los mexicanos; mas no unas virtudes relevantes, que los colocaran a la altura de glorias nacionales”.

            A partir de ese momento no hubo personaje que no fuera cuestionado. La discrecionalidad, los afectos personales y los intereses locales privaron en la elección de aquellos hombres que debían ocupar un pedestal en el Paseo de la Reforma. Algunos eran verdaderos desconocidos, incluso para la opinión pública de la época como don Ignacio Ojeda Verduzco y don José Ponce de León elegidos por Michoacán, o don Juan Múgica y Osorio y el general Juan Crisóstomo Bonilla. El propio cronista, don José María Marroquí, se atrevió a expresar que “sin ser profeta cualquiera puede pronosticar que vendrá un día en que se quiten alguna de las estatuas que se colocan hoy”.

            Sin importar dimes y diretes, cada estado envió sus estatuas para decorar el Paseo de la Reforma. Las últimas fueron colocadas el 2 de abril de 1897 –al conmemorarse 30 años de la toma de Puebla por el general Porfirio Díaz- y eran originarias de Chihuahua y Tabasco. Con el tiempo la polémica fue olvidada y a más de 100 años de su colocación, las estatuas de Reforma permanecen en su sitio.