La magna biblioteca del Colegio Imperial de Santa Cruz Tlatelolco

La Nueva España - Vida Cotidiana

El 18 de abril de 1906 un poderoso terremoto de 7.8 grados destruyó casi por completo la bella ciudad de San Francisco, California, dejando una estela de cientos de muertos, miles de heridos y más  de un cuarto de millón de personas sin vivienda. Lo que siguió fue aún más terrible, pues las fugas de gas produjeron un incendio que se generalizó y destruyó manzanas enteras.

En ese dramático atardecer, dos edificios de la calle Battery ardieron por completo, reduciendo a cenizas alrededor de 125,000 libros, manuscritos y documentos de incalculable valor que desde hacía años coleccionaba el magnate estadounidense de origen prusiano, Adolph Sutro. A unas cuadras de ahí, en la calle Montgomery, la otra parte de la valiosísima colección al parecer aguardaba un destino semejante. Entre los miles de libros amenazados por el fuego se encontraban los restos de la primera biblioteca académica del continente, la del Colegio Imperial de Santa Cruz de Tlatelolco.

¿Qué extraño destino había llevado a ese lugar lo que quedaba, después de casi cuatro siglos, de esa biblioteca? Es compleja la trama del peregrinar de los libros que alguna vez tuvieron en sus manos el primer Obispo de México, fray Juan de Zumárraga y los eruditos franciscanos Bernardino de Sahagún, Juan Badiano, Martín de la Cruz, Alonso de Molina, y Andrés de Olmos, entre otros eminentes pensadores españoles y novohispanos del siglo XVI. Sin embargo, vale la pena conocerla.

Orgullo franciscano

El Colegio Imperial de Santa Cruz de Tlatelolco fue establecido en 1536 a iniciativa de Fray Juan de Zumárraga, con el objeto de dar instrucción superior a los indígenas de familias nobles y así integrarlos a la recién llegada cultura hispánica y a la religión católica. La intención era crear un núcleo social indígena instruido en las lenguas española y latina y en las ciencias y artes -que en ese entonces constituían la educación superior en los colegios europeos- y la creación de un clero indígena que tuviera acceso a la ordenación sacerdotal y coadyuvara a la conquista espiritual del nuevo mundo.

El proyecto del obispo Zumárraga fue aprobado por la corona española y recibió el apoyo de primer virrey de la Nueva España, don Antonio de Mendoza, quien le asignó rentas e ingresos y presidió la solemne inauguración del Colegio Imperial el 6 de enero de 1536, acompañado por el propio Zumárraga, por el presidente de la Real Audiencia, Sebastián Ramírez de Fuenleal y por el grupo de ilustres maestros fundadores, entre ellos  fray Bernardino de Sahagún, Juan de Gaona, Andrés de Olmos,  y el primer rector Arnaldo de Bassacio, todos ellos con una extensa formación humanística. Ingresaron al Colegio sesenta escogidos alumnos, jóvenes entre diez y doce años de la nobleza indígena, que se habían distinguido como estudiantes en el Colegio de San Francisco.

Una vez inaugurado el colegio, Zumárraga donó varios volúmenes de su biblioteca particular y otros que había traído de España para tal efecto. Este generoso acto fue el origen de la biblioteca del Colegio Imperial. La colección se componía de obras clásicas de autores griegos y romanos, como Aristóteles, Plutarco, Cicerón, Salustio, Virgilio, Flavio Josefo, Livio y Boecio y libros de carácter religioso como la Biblia, las obras de San Agustín y de Santo Tomás de Aquino y de trabajos de humanistas del renacimiento como Juan Luis Vives, Erasmo de Rotterdam, y Lebrija.

También se encontraban libros impresos en México, cuya imprenta fue la primera del continente y trabajos producidos por los religiosos franciscanos y sus alumnos del Colegio, entre ellos la Doctrina de Zumárraga y el Vocabulario en lengua castellana y mexicana de Alonso de Molina. Estos inventarios arrojaron el número de 74 volúmenes para uso de los colegiales. Las imprentas establecidas en México, como la de Juan Pablos, contribuyeron al desarrollo de la biblioteca al imprimir obras de los estudiosos del Colegio.

El éxito del Colegio en sus primeras décadas le dio un enorme prestigio y la biblioteca creció continuamente, tanto con aportaciones privadas como con las compras que, diligentemente, hicieron Sahagún, de Molina y otros religiosos. Pronto se incorporaron libros escritos en náhuatl, otomí, purépecha y maya. Los libros fueron marcados con sellos distintivos con un fierro al rojo vivo, gracias a lo cual es fácil distinguirlos en la actualidad. A pesar de esta práctica, la biblioteca sufrió pérdidas por robos y por la venta de algunos de sus libros. Los estudios de Miguel Mathes calculan que al final de la vida del Colegio la biblioteca contaba con cerca de 400 volúmenes.

La suerte del Colegio Imperial de Santa Cruz y de su biblioteca tuvo varios factores adversos, además de la censura de libros ordenada por la Inquisición. Por una parte, algunos de sus principales benefactores dejaron de serlo. El Virrey de Mendoza regresó a España y su sucesor, Don Luis de Velasco, quien también apoyó a la institución, murió en 1564. Fueron también numerosos e influyentes los detractores de la labor del Colegio a la que calificaban de peligrosa por la instrucción de los indios y sospechosa de apartarse de la ortodoxia católica.

Triste peregrinar

El colegio Imperial de la Santa Cruz entró en decadencia a mediados del siglo XVII y su biblioteca fue trasladada al contiguo convento de Santiago Tlatelolco, donde permaneció abandonada hasta 1834. Las tropas que por esa época ocuparon el convento utilizaron los libros como colchones, para gran perjuicio del acervo bibliográfico. Tiempo después lo que restaba de la antigua y valiosa colección fue enviada al convento de San Francisco. Con la promulgación de las leyes de Reforma en 1859, el magno convento franciscano fue vendido y aunque en teoría los libros se integraron a la Biblioteca Nacional, en los hechos hubo nuevas pérdidas.

Muchos de los libros de los ex conventos fueron adquiridos por bibliófilos y coleccionistas, entre ellos Joaquín García Icazbalzeta y la prestigiosa y antigua librería de Francisco Abadiano de la ciudad de México. A la muerte de Abadiano, su hijo puso en venta la colección. Es ahí donde el destino de Adolph Sutro se entrelaza con el de la biblioteca del Colegio Imperial de Santa Cruz de Tlatelolco.

En 1889 el ávido bibliófilo americano recorría el mundo personalmente o a través de sus agentes, comprando acervos de gran valor histórico. Por una cantidad desconocida, compró los libros de Abadiano y los llevó a la ciudad de San Francisco. Ahí planeó durante varios años construir una gran biblioteca que albergara su inmensa colección, calculada en un cuarto de millón de libros y documentos, la más grande biblioteca privada del mundo. Como suele suceder, el destino dispuso otra cosa. El millonario minero y bibliófilo murió en 1898 sin haber realizado su sueño. Sin embargo, sus herederos, a quienes transmitió el amor por la cultura y por los libros, se dieron a la tarea de buscar apoyos del gobierno de California para llevar a cabo el proyecto de su padre.

Aquel 18 de abril de 1906, la destrucción de casi todos los edificios por el terrible sismo de San Francisco fue completada por el pavoroso incendio que durante días devoró lo que quedaba en pie. Sin embargo, un solitario edificio de la calle Montgomery, que abrigaba alrededor de 70,000 volúmenes de la colección de Sutro, fue salvado milagrosamente y, con él, una entrañable parte de nuestro patrimonio cultural. Los miembros de la familia Sutro convencieron a las autoridades del estado de dedicar un recinto definitivo a los restos de la colección paterna. Sus empeños fueron recompensados en 1917, cuando abrió por fin sus puertas al público la Biblioteca Sutro como la mejor joya de la Biblioteca Estatal de California.