La inundación de 1553

El siglo de la conquista - Hechos

El triunfo de los novecientos españoles y sus ciento cincuenta mil aliados indígenas en contra de los aztecas en 1521, impidió a los conquistadores proyectar con claridad el futuro urbanístico de lo que sería la capital del reino de la Nueva España. Para la mayoría de los españoles, el sitio impuesto a Tenochtitlan a través del lago era el mejor ejemplo para no fundar la nueva ciudad sobre las ruinas aztecas. El agua se presentaba como el principal enemigo.

Cortés desoyó a sus hombres y decidió edificar en la isla por razones políticas. Pero nadie, ni siquiera el audaz conquistador con su manifiesta virtud de visionario, prestó atención a las construcciones hidráulicas del viejo imperio, que durante décadas habían logrado regular las aguas de los grandes lagos del valle de México. Al momento de consumarse la conquista la mayoría estaban destruidas.

De las construcciones hidráulicas erigidas años antes de la llegada de los españoles, la más importante era la albarrada de los indios -también conocida como el albarradón de Netzahualcóyotl. En 1449, bajo el reinado de Moctezuma Ilhuicamina, la ciudad sufrió una inundación. No era la primera, pero sí la más severa desde la fundación de México Tenochtitlan. ""Crecieron tanto las aguas de esta laguna mexicana -escribiría fray Juan de Torquemada-, que se anegó toda la ciudad y andaban los moradores de ella, en canoas, y barquillas, sin saber que remedio dar, ni cómo defenderse de tan grande inundación"". Netzahualcóyotl, rey de Texcoco, aconsejó ""que el mejor y más eficaz remedio del reparo era hacer una cerca de madera y piedra que detuviese la fuerza de las aguas para que no llegasen a la ciudad; y aunque parecía difícil atajar el lago (como en realidad lo fue) húbose de tomar el consejo"".

Todos los señoríos cercanos contribuyeron en tan ardua empresa, miles de hombres y recursos se utilizaron para la obra y en poco tiempo fue terminada. Con una longitud de 16 kilómetros -varios de los cuales se construyeron en el agua- y quince metros de ancho, la albarrada de Netzahualcóyotl dividió la vasta laguna en dos: ""la del oriente, de aguas saladas, que siguió llamándose lago de Texcoco y la occidental, cuyas aguas rodeaban a la metrópoli y se denominó laguna de México, cuyas aguas se volvieron dulces"". Una efigie del dios Huitzilopochtili coronaba la magna obra.

La albarrada de los indios evitaba el desbordamiento de lago de Texcoco sobre Tenochtitlan cuando sus aguas crecían, o evitaba su desecación si el nivel bajaba drásticamente. Servía como presa y distribuidora de agua. Al realizar su contraofensiva, Cortés no reparó en la importancia técnica de la magna obra y ordenó partirla en varios segmentos para facilitar el tránsito de los bergantines que pondrían sitio a la capital azteca. Sus órdenes fueron cumplidas al pie de la letra y desde 1521 la albarrada quedó prácticamente inservible.

Al menos durante los primeros años posteriores a la conquista, el medio ambiente fue benigno para la construcción de la ciudad española. Desde luego, no se edificaba en el terreno más firme del valle de Anáhuac. Buena parte de la tierra donde se trazaron los solares para los conquistadores, eran de tierra artificial y el peso de los bloques de piedra ocasionaba hundimientos. Aún así, la proyección urbanística se veía con optimismo y la ciudad crecía lenta pero inexorablemente. Cortés murió en 1547 creyendo seguramente, que su decisión de fundar la capital del reino sobre la isla de Tenochtitlan había sido correcta. Jamás padeció en carne propia las terribles inundaciones que asolaron a México a partir de la segunda mitad del siglo XVI.

En 1553 era posible acercarse a los límites orientales de la ciudad y divisar a poca distancia los restos de la albarrada de Netzahualcóyotl. Nadie añoraba su legendara utilidad, ni siquiera los indios que sobrevivieron a la guerra de conquista. Ese año fue particularmente seco, pero durante los meses del verano, un día llovió intensamente durante casi veinticuatro horas. Tanta agua cayó sobre el valle que la isla se inundó por el desbordamiento del lago de Texcoco. Sin la albarrada de los indios, el nivel de las aguas creció dramáticamente y nadie pudo detenerlas. Durante cuatro días la gente transitaba de un lugar a otro a bordo de canoas.

""Ahogado el niño"" el virrey Velasco decidió construir una nueva albarrada, conocida con el paso del tiempo como ""de los españoles"". Corría desde Iztapalapa hasta cerca del santuario de la virgen de Guadalupe y por algún tiempo cumplió su cometido: detener las amenazantes aguas del lago de Texcoco.

Pero el problema no se reducía tan sólo a construir un dique. Para los aztecas la albarrada había sido un elemento más dentro de su proyecto integral de uso de aguas, donde el propio trazo de la ciudad respondía a una alianza con los lagos. El pueblo del sol se sirvió del medio lacustre para desarrollar eficientes vías de comunicación dentro de Tenochtitlan a través de las acequias. Los canales transportaban gente y mercancías, pero al mismo tiempo, regulaban los niveles del preciado líquido dentro de la ciudad y actuaban como desagües. La capital del imperio azteca sufrió escasas inundaciones gracias a la relación de convivencia que guardaba con los lagos y el entorno natural, y las pocas que padecieron fueron atribuidas al error humano.

Sin miramientos, ni consideraciones los conquistadores se enfrentaron al entorno natural del valle de México. Construyeron una ciudad terrestre cuando había sido una eficiente metrópoli lacustre. Desecaron las acequias, y al aumentar el nivel del lago de Texcoco, ya no existía el espacio suficiente para regularlo, produciéndose continuas inundaciones. La albarrada de los españoles fue sólo un paliativo que funcionó algunos años gracias a que la Providencia no cubrió el valle con severas tormentas o aguaceros torrenciales. La ciudad de México estaba destinada a transitar por su propia historia a bordo de una gran canoa. Los españoles cerraron los espacios naturales del agua dentro de la ciudad y los lagos se cobraron la afrenta.