La Familia Burrón y su contribución al lenguaje.

Artes visuales - Obras

Por Agustín Sánchez González

No podemos dejar a un lado las grandes contribuciones que la obra de Vargas legó en cuanto a expresiones y giros del habla popular. Es difícil distinguir qué fue primero: la historieta o la realidad. En sus historietas se recrea (o tal vez sólo se crea) el lenguaje de lo mexicano.

Las siguientes palabras, terminos y expresiones, son dignas de ser abrevidas en lo que podría ser un “Pequeño Vargas ilustrado”:  acolchonada de manteca, acólitos del diablo, achicopalados, bilimbiques, bizcos en los estertores, cacayacas, calacas, caletre, canija, capirotada, clarinete (claro), collón, contonearme, copetín, cuaco, cuatiza, cuchitril, chabocho, chorroceava, chorrocientos, chorromillonario, ericen los pelos del espinazo, feis, furris, guantonetes, hogando, infeliz tapón, malorillas, mamporros, money, motochaqueta, mover bigote, no te corroe el montalayo, oclayos, pelambrera, picorete, pipirín, pizpiretas, pulguero, recrear la pupila, rorra, sexo horrible, tanda de  picoretes, tecolotiza, timborota, tlaconetes, trompones, zotaco, zopilotera.

Sin juzgar, tan solo retratando lo que iba sucediendo Gabriel Vargas nos regaló las imágenes de muchos méxicos, de los años del alemanismo a los años de la violencia actual, pasando por el desarrollo estabilizador y por la crisis económica e innumerables devaluaciones. Por esta razón se le invitó a ser parte del Consejo de la Crónica de la Ciudad de México.

Esta ciudad le permitió a Vargas tener argumentos interminables. Inspiró miles y miles de dibujos, de detalles y encuentros con nuestra historia. En ellos está inmersa la tragicomedia mexicana, la microhistoria de la vida de vecindad, la estética de lo cotidiano, la risa y el sarcasmo. Al trabajo de Vargas, le debemos el conocimiento de un país que ha ido cambiando, aunque al final se mantiene igual.