La despedida: José María Arteaga

La era liberal - Hechos

Su último pensamiento, su última voluntad, fueron para su madre. En la víspera de su muerte, el general José María Arteaga añoró el lecho materno, la bendición que solía darle, los regaños y las recomendaciones que a lo largo de su vida lo habían acompañado. Murió pensando que la dejaba sola, y eso marcó sus últimos minutos de vida.

Originario de la ciudad de México, el general José María Arteaga (1827-1865) había visto sus mejores días dedicado a otras labores muy distintas del arte de la guerra: fue por mucho tiempo uno de los mejores sastres de Aguascalientes. Pero le llamaba el olor a pólvora. Con gran facilidad dejó el hogar, una y otra vez, para sumarse a los muchos movimientos rebeldes que estallaron en la región. Luego regresaba a continuar con su oficio. Con el inicio de la guerra de Reforma, Arteaga definitivamente cambió aguja e hilo por la espada -y el grado de general de brigada- combatiendo a los conservadores.

""Era un hombre de finos modales -recordaría en su Historia de Méjico, Niceto de Zamacois-, muy afable en el trato, familiar, blanco, de buena presencia, bastante instruido y de mucho valor"".

Arteaga combinó la carrera de las armas con una notable capacidad para gobernar y lo hizo con acierto en el estado de Querétaro -que tiempo después lo adoptaría como hijo predilecto. En abril de 1862, cuando los franceses iniciaron su avance sobre Puebla, Arteaga fue uno de los primeros republicanos en hacer frente al ejército invasor en la batalla de Cumbres de Acultzingo en la cual resultó herido. En los siguientes años, la guerra lo llevó por los caminos de Michoacán combatiendo a los franceses.

La traición apareció en su destino y en los primeros días de octubre de 1865 fue capturado por las tropas imperiales. Trasladado a Uruapan, junto con sus hombres, fue informado que sería pasado por las armas el 21 de octubre.

Sólo el suspiro de alguno de los sentenciados rompía el silencio aquella noche del 20 de octubre. En vísperas de la ejecución, Arteaga pidió papel y pluma para despedirse de su madre:

""He sido hecho prisionero por las tropas imperiales y mañana seré ejecutado; ruego a usted, mamá, me perdone el largo tiempo que contra su voluntad he seguido la carrera de las armas… Mamá, no dejo otra cosa que mi nombre sin mancha, respeto a que nada de lo ajeno me he tomado y tengo fe en que Dios me perdonará mis pecados y me recibirá en su gloria"".

A las 5 de la mañana, José María Arteaga y cinco de sus compañeros, fueron pasados por las armas.