La construcción del desagüe

El siglo de la conquista - Hechos

Con la terrible inundación de 1629, la ciudad estuvo anegada durante seis años y finalmente decidió desecharse el proyecto del desagüe de Enrico Martín y sustituirlo por un tajo abierto por donde corrieran las aguas hasta Huehuetoca.

Gracias a las inundaciones la producción de canoas fue el gran negocio de la primera mitad del siglo XVII. Hacia 1630, Bernabé Cobo escribió sus impresiones luego de haber visitado dos grandes aserraderos establecidos en Río Frío que se dedicaban a la tala de árboles y producción de   embarcaciones para ayudar a los habitantes de la ciudad de México a sobrellevar las terribles inundaciones.

Ante la desesperación de los habitantes de la capital novohispana por encontrar un remedio eficaz contra las inundaciones, se llegaron a considerar como viables, proyectos por mucho excéntricos, como fue la búsqueda de los míticos desagües naturales, -resumideros o pozos absorbentes- que se localizaban en algún punto de Texcoco y otros lagos por donde podían salir las aguas del valle de México a un costo infinitamente menor que el desagüe de Enrico Martín.

Durante más de tres siglos -escribió Vicente Riva Palacio- se ha hablado constantemente en México de una salida natural que tienen las aguas de los lagos, agregándose que este secreto era conocido de los antiguos naturales que de él tenían la llave de las aguas para impedir inundaciones y que con solemne ceremonial se abría o cerraba aquella gran boca cuya puerta era una enorme piedra labrada y cubierta de jeroglíficos.

La más conocida fue la leyenda del resumidero de Pantitlán: ""Se recordaba que los indios tenían la costumbre de arrojar ahí  los niños sacrificados en honor a Tlaloc y que sus cuerpos desaparecían para siempre. Según otras historias, eran encontrados en un pozo en las cercanías de Tula, fuera de la cuenca, lo que probaba la existencia de un pasaje desconocido"".

Tras la inundación de 1629 renació la idea de buscar el resumidero de Pantitlán. Aquel lugar tenía un atractivo especial, se decía que durante los días de la conquista los indios habían arrojado oro por ese desagüe natural y que sus profundidades albergaban grandes cantidades, un tesoro nada despreciable. Todavía a finales del siglo XIX algunos aventureros continuaban la búsqueda de la mística y legendaria caverna submarina.

En los siglos venideros, proyectos e ideas pasaron por los escritorios de los ingenieros novohispanos, se abrieron algunos canales, otros fueron cerrados, se desecharon  obras, se reutilizaron algunas y el resultado siempre fue el mismo: la ciudad de México nunca estuvo a salvo de las inundaciones. Se redujeron los riegos y al menos no se presentó otra como la de 1629. Los gobiernos virreinales siguieron trabajando en el famoso desagüe de Huehuetoca y cuando subían las aguas tomaban medidas emergentes que sólo actuaban como paliativos remediando la situación de momento.

En su afán por acabar con las aguas los españoles declararon la guerra al lago e involucraron desde luego a los indios. Antes que su vida, estaba la seguridad de la capital de la Nueva España y sus habitantes. Durante todo el siglo XVII, la palabra Huehuetoca causó horror entre los indios, era sinónimo de muerte. Los pueblos indios, vecinos del valle de México, eran obligados a trabajar en las obras del desagüe, que al proyectarse a tajo abierto -como un gran cañón- se llevó más de un siglo de construcción.

Una de las causas de despoblación del Valle de México se atribuye a la obra del desagüe: obligábase a los pueblos a contribuir con su trabajo y llegaban a Huehuetoca. Las enfermedades diezmaban aquellos infelices; otros morían arrebatados por las crecientes o despedazados contra los muros del canal, porque acostumbraban ponerlos a trabajar suspendidos con cuerdas y cables de los bordes y la violencia de las aguas que llegaban repentinamente los azotaba y los estrellaba. Algunos de ellos, a costa de grandes sacrificios, enviaron procuradores a España para conseguir del monarca como recompensa de antiguos y distinguidos servicios una cédula real que los exceptuase de aquel servicio.

El desagüe de la ciudad de México fue la única obra que rebasó por mucho todos los periodos de la historia mexicana. Comenzado en el siglo XVI bajo el dominio español, continuó durante los albores del México independiente en el XIX; se vio materializado con éxito durante el porfiriato y fue necesario que los gobiernos posrevolucionarios le dedicaran tiempo para su mantenimiento.