La ciudad del águila y la cruz

El siglo de la conquista - Hechos

De acuerdo con las leyes españolas, antes de poblar una región, los conquistadores debían constituir un Ayuntamiento cuya primera función era elegir un sitio adecuado para edificar. Al igual que lo sucedido en la Villa Rica de la Vera Cruz en 1519, Cortés organizó en Coyoacán el primer Ayuntamiento del valle de Anáhuac que se encargó de otorgar las mercedes reales -tierras- a todos los conquistadores para garantizar el poblamiento de lo que sería la capital de la Nueva España. En Coyoacán, la ""amada villa"" del conquistador, nació formalmente la noble y leal ciudad de México.

Para fundar un poblado, el Ayuntamiento atendía a las condiciones naturales del entorno, considerando que fuera sano, cómodo, ventilado y seguro, con agua potable, materiales de construcción, pastizales para ganado y de fácil acceso. A finales de 1521, el Ayuntamiento todavía no designaba el lugar donde se levantaría la ciudad española, pero había descartado casi por completo, hacerlo sobre la isla que sirviera de capital del imperio azteca. Aparentemente, el propio Cortés era renuente a edificar sobre Tenochtitlan. Al menos eso hacía pensar a los miembros del Ayuntamiento y a sus hombres. En su opinión, lo más conveniente era concluir los trabajos de limpieza de la isla, despoblarla y castigar con la horca a los indios que se establecieran en ella. La nueva ciudad se fundaría fuera de la isla, en tierra firme.

Conforme pasaban las semanas la isla fue recobrando su dignidad. Por las acequias volvió a correr el agua y el aire recobró su legendaria pureza. Aún así, los españoles sólo consideraban tres lugares para fundar la ciudad española sobre tierra firme: Tacuba, Texcoco y Coyoacán, los tres sitios reunían las condiciones adecuadas. Pero en los primeros meses de 1522, Cortés tomó la gran decisión de fundar sobre los restos de la ciudad indígena. La capital de la Nueva España se levantaría sobre los restos de México-Tenochtitlan y el conquistador profetizaba que llegaría a tener la majestad de otros tiempos, así lo hizo saber a Carlos V en su tercera carta de relación, fechada en mayo de 1522:

""De cuatro o cinco meses para acá, que la dicha ciudad de Temixtitan se va reparando, está muy hermosa; y crea V.M. que cada día se irá ennobleciendo en tal manera, que como antes fue principal y señora de todas estas provincias, que lo será también de aquí adelante; y se hace y hará de tal manera, que los españoles estén muy fuertes y seguros, y muy señores de los naturales"".

Ante los ojos de sus compañeros y de los miembros del Ayuntamiento, la decisión de Cortés no respondía a lógica alguna. Era una decisión descabellada, sin fundamento racional y tenía todos los inconvenientes: era un islote con sólo tres accesos a tierra firme, con acequias que cruzaban la ciudad por todos lados, con una fuente externa de agua potable, rodeada por un gran lago y estratégicamente vulnerable -como lo demostró el propio Cortés durante el sitio. ¿Qué ventajas tenía sobre Coyoacán o Texcoco?

Durante el juicio de residencia que se llevó a cabo en 1529 contra el conquistador, uno de los testigos declaró sobre tan controvertida decisión: ""...edificó contra voluntad de todos por sobre agua y por el peligro que en ella tienen de cada día los españoles que en ella moran por causa de los indios y por las calzadas que podrían romper y tomar a todos los hispanos en corral y hacer de ellos lo que quisiesen pudiendo hacer esta ciudad en Coyoacán o en Texcoco que eran lugares en tierra firme donde estuviera mejor y no dónde está"".

Cortés había dado un paso audaz y temerario. No era la primera vez que lo hacía. Si en 1519 había quemado sus naves para no dar marcha atrás en su expedición, en 1522, las quemaba simbólicamente al rechazar tierra firme para fundar la capital de la Nueva España. De sus motivos destaca uno:

""Esta ciudad en tiempo de los indios había sido señora de las otras provincias a ella comarcanas, que también era razón que lo fuese en tiempo de los cristianos y que así mismo decía que pues Dios Nuestro Señor en esta ciudad había sido ofendido con sacrificios y otras idolatrías, que aquí fuese servido con que su santo nombre fuere honrado y ensalzado más que en otra parte de la tierra"".

Para un hombre práctico como Hernán Cortés, la motivación religiosa para fundar la ciudad sobre el islote era esgrimida para convencer a sus compañeros, a los miembros del Ayuntamiento y sobre todo al rey de España y no necesariamente por una verdadera convicción. Era creyente y respetuoso de su religión, en caso necesario sería su fiel defensor -como todos los españoles de la época- pero en su carácter pesaban más las razones de lógica política y sentido común. Ante la incertidumbre, Cortés solía tomar decisiones audaces y generalmente acertadas. Y al menos en esos primeros años inmediatos a la conquista, la fundación de la ciudad de México fue una de ellas.

La visión que tenía el conquistador era muy clara. Tenochtitlan no había sido una simple ciudad, sino el centro del universo en la cosmovisión azteca; todos los pueblos sabían de su existencia y por voluntad o fuerza la respetaban y rendían tributo a la capital imperial. Abandonar la isla podía propiciar su transformación en un bastión moral de resistencia contra la presencia española, en un mítico lugar donde los indígenas podrían encontrarse con sus deidades. Reedificando sobre ella, se consumaba la victoria de la razón española y la fe del único y verdadero Dios sobre el universo azteca.