La caída de Tenochtitlan

El siglo de la conquista - Hechos

Como paradoja de su historia, el pueblo del sol nació con el agua y en ella se desvaneció. Su gran aliada desde tiempos inmemoriales por un momento se convirtió en el ariete de los españoles y en ese instante se consumó la caída del imperio azteca. Canales, diques y calzadas operaron en su contra y fueron testigos de su triste fin.

Hernán Cortés inició el sitio de la ciudad de México el día 30 de mayo de 1521. Como era previsible cortó su principal suministro de agua: el acueducto de Chapultepec y aprovechó la profundidad del lago de Texcoco para botar trece bergantines que construyó con ayuda de los pueblos indígenas enemigos de los aztecas. Cuauhtémoc, último rey mexica, logró reunir trescientos mil hombres y preparó la defensa de la plaza acopiando víveres, levantando fortificaciones, aumentando las cortaduras de las calles de tierra y quitando los puentes que unían a las principales calzadas de la ciudad con tierra firme, dejando abierta la del Tepeyac a través de la cual recibían alimentos hasta que los españoles cortaron la última salida y Tenochtitlan quedó completamente aislada.

Los mexicas conocían del potencial militar que podían llegar a proporcionar las aguas del lago. Aún antes del sitio, cuando Cortés, repuesto de la dolorosa derrota de la Noche Triste, avanzaba por el sur del valle de México, los aztecas intentaron un último recurso contra los invasores antes de agruparse definitivamente en la capital imperial. Los guerreros indígenas se retiraron de una de las poblaciones del lago misma que fue ocupada inmediatamente por los españoles.

""Apenas tomaron cuerpo las primeras sombras de la noche -escribió Antonio de Solís- cuando se reparó en que resonaban por todas partes la acequias, corriendo el agua impetuosamente... Hernán Cortés conoció a primera vista que los enemigos trataban de inundar aquella parte y que levantando las compuertas del lago mayor lo podrían conseguir sin dificultad. Riesgo inevitable, que le obligó a dar apresuradamente las órdenes para la retirada, en cuya ejecución se ganaron los instantes y todavía escapó la gente con el agua sobre las rodillas"".

Épica fue la defensa de la ciudad. El sitio se prolongó durante setenta y cinco días en que los españoles encontraron grandes dificultades para avanzar a través de los canales y acequias de Tenochtitlan. Se derribaron casas, muros y jardines para crear caminos firmes por donde proseguir la marcha al tiempo que desde el exterior los bergantines hostilizaban el perímetro de la ciudad.

El 13 de agosto de 1521, luego de setenta y cinco días de sitio, la legendaria Tenochtitlan sucumbió ante el embate de los españoles y los miles de indígenas que se unieron al conquistador para terminar con el yugo del imperio azteca. No quedó piedra sobre piedra. Cortés avanzó difícilmente entre los escombros de las casas señoriales y palacios que lo habían maravillado en noviembre de 1519. La muerte impregnaba el ambiente.

Cientos de cadáveres tapizaban las calles de tierra; las de agua estaban anegadas. Conforme se fue desarrollando el sitio, los españoles tomaron calle por calle y casa por casa. Destruyeron todo a su paso para crear tierra firme en donde sólo corría agua. Un año antes, la tristemente célebre ""Noche Triste"" había marcado a los españoles. En la retirada muchos murieron ahogados en los canales al no encontrar caminos de tierra firme por donde huir. Al iniciar el sitio, Cortés cuidó hasta el último detalle y no olvidó la amarga experiencia: ordenó destruir las construcciones tomadas y arrojar los escombros sobre las acequias para garantizar una rápida retirada, sobre terreno sólido, en caso de que fuera necesario.

El hedor era insoportable. Se llegó a decir que los indios habían decidido no sepultar a sus  muertos para utilizar la putrefacción de los cadáveres y sus fétidos olores como un arma contra los españoles. El aspecto general de la ciudad era lamentable, difícil se hacía la respiración por el aire contaminado, no había suministro de agua potable -el acueducto estaba destruido desde los primeros días del sitio- ni alimentos y en las pocas acequias que todavía corrían por la ciudad en ruinas se combinaban agua y sangre. Aquel 13 de agosto de 1521, Tenochtitlan era prácticamente inhabitable.

Hernán Cortés ordenó iniciar los trabajos de limpieza enterrando de inmediato los cadáveres para prevenir una posible epidemia de peste. El trabajo se llevaría varios meses. Mientras abandonaba la ciudad, en su cabeza surgió una nueva disyuntiva que debía meditar en los próximos días, ¿debía fundar la ciudad capital del vasto reino recién conquistado sobre aquella isla o edificarla sobre tierra firme?

Por lo pronto, el conquistador decidió establecerse en un pequeña pueblo que se encontraba en la costa sur del extenso lago. ""Parecióme por el presente -escribió Cortés al rey Carlos V- no ser bien residir en ella [Tenochtitlan], por muchos inconvenientes que había y paséme con toda la gente a un pueblo que se dice Cuyoacán"".