Justicia sangrienta

La Nueva España - Vida Cotidiana

La situación en la Nueva España no podía ser más dramática. El propio Felipe V, rey de España, señaló en 1722 la necesidad de ""perseguir a los muchos delincuentes y facinerosos que tienen infestado este reino; rompiendo las leyes, profanando los templos, robando los altares sagrados, imágenes y los vasos con las formas consagradas, habiendo llegado el caso de no poderse transitar los caminos, ni continuar el comercio por las continuas hostilidades, muertes y robos que ejecutan"". Se estableció así en México el tribunal de la Acordada que durante sus primeros años estuvo a cargo de don Miguel Velázquez de Lorca, alcalde de la hermandad en Querétaro.

Para poder combatir el crimen, el alcalde provincial y juez de la Acordada fue dotado de una serie de facultades que sólo podían ser revocadas por el virrey. No tenía que rendirle cuentas a nadie -ni a la sala del crimen de la Real Audiencia- y sus sentencias eran inapelables -disposición que fue aprobada por el rey y dictada de acuerdo con la Audiencia, de ahí el nombre de Acordada.

En un principio funcionó como tribunal ambulante. El capitán marchaba acompañado de sus comisarios, de un escribano, un capellán y el verdugo. Una vez capturado el asaltante se le juzgaba in situ, se hacía constar la identidad de la persona, el delito cometido y enseguida era ejecutado. El cadáver quedaba colgado para escarmiento de otros delincuentes. Durante las administraciones de algunos virreyes, se intentó disminuir las facultades de la Acordada pero de inmediato comenzaban a ser frecuentes los homicidios, los robos y las lesiones, incluso dentro de la propia ciudad de México, por lo que el severo tribunal recuperaba sus atribuciones.

""La Acordada era terrible en sus ejecuciones -escribió Manuel Rivera Cambas-: el 24 de junio de 1786 aplicó a tres reos la pena de fuego y a otros tres la de horca, penas a que fueron condenados los dos primeros por el crimen de sodomía y bestialidad y los demás por ladrones incendiarios. Las cabezas de estos estuvieron clavadas en varios lugares de la ciudad, en los sitios en que fueron cometidos los principales delitos.""

La prisión de la Acordada se construyó muy cerca de la Alameda Central, (en lo que hoy es Avenida Juárez casi esquina con Bucareli). Se hizo célebre por sus castigos y por los lamentos que provenían de los reos encerrados en las mazmorras. Casi nadie salía con vida; o lo hacían para marchar al cadalso. Durante varios años la Acordada logró garantizar la seguridad pública de la Nueva España, sin embargo, sus abusos fueron constantes: muchos inocentes fueron ejecutados y de las leyes ""sabias y justas"" ni sus luces.