Juan Álvarez: el cacique del sur

La era liberal - Hechos

Era liberal por naturaleza y devoto de la Divina Providencia. Gustaba de las bondades del campo, el paisaje tropical de la costa de Guerrero y el aroma a tierra húmeda de los breñales del sur. Por sus venas corría sangre española y mestiza: su padre Antonio, era natural de Santiago, Galicia, y su madre Rafaela Hurtado, acapulqueña de buena cepa.

El destino no siempre le fue propicio. Su feliz infancia y la buena educación que recibía en la ciudad de México fue interrumpida por la muerte de sus padres. Heredero de una importante fortuna, la tutela de un hombre abusivo y dispendioso acabó con su herencia, y aunque algo pudo conservar, sus últimos ahorros terminaron al servicio de la guerra de independencia.

En 1810 se unió a las fuerzas insurgentes como soldado raso. Su bravura en el combate era manifiesta. A sus ojos, era un orgullo servir bajo las órdenes de Morelos, y reconocido por su valor, el cura lo nombró parte de su escolta. Participó cuando menos en veinte acciones de guerra y en una emboscada frente al fuerte de San Diego en Acapulco, fue herido en ambas piernas. Sólo la oportuna intervención de un amigo -y quizá de la Providencia- le permitió salvar la vida.

La temprana muerte de los jefes rebeldes y la consumación de la independencia en 1821 lo convirtieron en el amo y señor de la región del sur. Era un cacique liberal, no un fanático del liberalismo. Nunca apoyó las medidas que provenían de la venganza y la sinrazón. En 1828 cuando fue decretada la expulsión de los españoles tendió la mano a decenas de infortunados, amparándolos y protegiendo sus bienes.

Álvarez hizo del cacicazgo una religión. Durante décadas sus dominios se mantuvieron al margen de la política nacional y se comportó inconmovible ante conflictos como la guerra contra Estados Unidos. En la batalla de Molino del Rey   -8 de septiembre de 1847-, con sus tropas listas para apoyar la defensa, el general decidió no entrar en combate. Su poder regional era tan importante que en 1849 logró impulsar la creación del estado de Guerrero y de manera natural fue nombrado primer gobernador.

En 1854 la historia nacional tocó a las puertas de su historia regional. El 1 de marzo, desde su querida Ayutla proclamó la revolución en contra de la dictadura de Santa Anna y sólo un año bastó para derrocarlo. Sonaba ya la hora de los liberales que reunidos en Cuernavaca en octubre de 1855, depositaron el poder ejecutivo en manos del caudillo más prestigiado del momento. Don Juan aceptó la presidencia pronunciando un emotivo discurso en el que agradeció profundamente a su fiel e inseparable compañera de toda la vida: la Providencia ""porque le había dado vida para ver la nueva organización social de México"".

Nunca antes presidente alguno había logrado reunir dentro de su gabinete tantos hombres tan brillantes para la política y la administración pública como lo hizo Álvarez. Ignacio Comonfort ocupó el ministerio de Guerra; Melchor Ocampo el de Relaciones Exteriores; Guillermo Prieto el de Hacienda; Benito Juárez el de Justicia. Con un respaldo de esa magnitud, y en los escasos dos meses que duró su gobierno, el presidente tomó dos medidas fundamentales para el país: convocó a un Congreso Constituyente y abolió los fueros militar y eclesiástico.

Por su inseguridad y sus temores, Álvarez decidió establecer la capital de la República en Cuernavaca. Sentía un rechazo natural por la ciudad de México y deseaba evitarla para librarse ""de las influencias maléficas"" de los políticos citadinos. Ni siquiera el Constituyente tendría como sede la vieja ciudad de los Palacios, según la convocatoria, el Congreso debía reunirse en el patriótico pueblo de Dolores. Por si fuera poco, una predicción le había anunciado que en México encontraría la muerte.

Presionado por algunos partidarios, Álvarez desafió su destino y ocupó la ciudad de México. Qué lejos se encontraba de sus dominios y de la sencillez de la vida campirana. Sabía que como cacique tenía más poder que siendo presidente de un país que prácticamente le era desconocido. La presidencia no le cuadraba. Cansado de las intrigas del clero, los ataques de la prensa conservadora, las presiones del propio Comonfort y su salud, minada por el invierno, el viejo militar dejó la silla presidencial. Era un hecho: la presidencia lo había sumido en una profunda depresión.

Las funestas predicciones no se cumplieron en la persona del caudillo sureño, pero al parecer su familia tuvo que pagar el precio años después. Así lo refería El Ferro-carril, periódico de filiación conservadora, que en su edición del 4 de febrero de 1858 daba cuenta del castigo divino: ""La crecidísima familia de D. Juan Alvarez, compuesta por más de diez personas, ha caído bajo la guadaña de la muerte. Con excepción de él y su hijo Diego, los demás hijos, nietos, hermanos, hasta las nueras, todo cuanto toca a él, en una palabra por los vínculos de la sangre, han sido heridos por la muerte. Parece que para resaltar más el castigo de la soledad que impone a Don Juan en el último tercio de su vida, Dios quiso escoger esos tiempos prósperos en que se consideraba señor de la República"".

De regreso a su verdadera patria -el estado de Guerrero- Álvarez siguió al servicio de la causa liberal. Combatió en la guerra de Reforma apoyando a Juárez y durante la guerra de intervención, el propio don Benito recomendó a sus generales  que si la distancia les impedía dirigirse al supremo Gobierno, consultaran al viejo cacique.

El destino le concedió una última gracia: ver el triunfo de la República. Y como si con ello hubiese cumplido su misión, dos meses después del fusilamiento de Maximiliano, don Juan Álvarez falleció, literalmente arropado por La Providencia, como se llamaba su amada y legendaria hacienda.