Jóvenes turcos (a la mexicana)

El siglo de la conquista - Vida Cotidiana

Los pepsilindros agotaron demasiado pronto su contenido, pues el camino del Distrito Federal a Querétaro dura más tiempo que el litro y medio de refresco (o cuba o michelada) en manos de cualquier universitario. En abril de 1989, el calor en esa ciudad era agobiante; pero más agobio causó, entre los queretanos, la presencia de decenas de miles de chilangos y anexos, ansiosos de ser parte del primer gran concierto masivo en México.

Para sorpresa de todos, el Estadio Corregidora fue la sede de la presentación del cantante británico Rod Stewart. Sorpresa, porque en el país prevalecía la idea de que un concierto de rock era sinónimo de violencia, consumo ilimitado de drogas y vandalismo, por lo que estaban casi prohibidos. Y sorpresa porque sería en Querétaro y no en la capital del país. Como que a alguien le dio miedo.

Miles de chilangos nos lanzamos a la vecina Querétaro desde temprano. Desayuno en el mercado, caminata por la ciudad. Después, a buscar cervezas para pasar las horas, pero el ayuntamiento decretó ley seca, temeroso de que el alcohol enloqueciera a los enloquecidos jóvenes. La medida ocasionó malestar. De haber sabido…

El concierto estaba programado para las 19:00 hrs.; pero los organizadores no previeron que la novedad del evento atraería al público desde temprano, que rondó el estadio sin saber muy bien en qué ocuparse. Pepsi, el patrocinador del evento, tampoco tomó previsiones y los refrescos se agotaron pronto. No había agua y las tiendas y restaurantes cercanos cerraron aterrados por la presencia de tanta gente. Además, la entrada al estadio se hizo desesperantemente lenta sin motivo aparente.

Los guardianes del orden menos idea tenían de la estrategia a seguir y lo único que se les ocurrió ante el inminente portazo fue lanzar gases lacrimógenos ad líbitum, sin atinar al verdadero grupo autor de los desmanes. Las pandillas ""se dejaron ir"" sin boleto en mano (el lugar en cancha costó $65 000 viejos pesos), y efectivamente hicieron de las suyas ante tal desorganización.

Cuando finalmente salió Rod Stewart al escenario, con su clásica cresta dorada y sus sacos con hombreras -más ochentero imposible-, el público se volcó y por un par de horas coreamos sus canciones, brincoteamos e iluminamos el estadio con encendedores (la era antes del celular).

El regreso a la ciudad fue mortal, con miles de automóviles a vuelta de rueda por la carretera. Pero fuimos felices. Esa larga noche de la década de los ochenta, concluyó gloriosa con el fin del autoritarismo y la cerrazón. Entonces nos sentimos como los jóvenes turcos de la canción de Rod Stewart: ""Young hearts be free tonight, time is on your side...""