Iztapalapa plena de historia y religiosidad

Música - Obras

Esther Sanginés

Se han apagado ya todos los fuegos, teas y braceros han dejado de brindar su calor. La oscuridad, el frío y el terror  se han adueñado de las almas; las mujeres preñadas han cubierto sus caras con máscaras de pencas de maguey, se han encerrado en las trojes, así, si acaso se convirtieran en fieras, no devorarían a sus maridos, hermanos o hijos. Los niños, enmascarados también, sufren los pellizcos, golpes y sacudidas de los adultos cada vez que el sueño los vence. Si se durmieran, descenderían los tzitzimime para comerlos  a todos.

Han transcurrido ya 52 años de la última ceremonia toxiuh molpilia (átanse nuestros años”), ¿será el fin de los tiempos? o ¿vendra el xiuhtzitziquilo  (el año nuevo)?; hombres y mujeres arrojan al agua sus enseres domésticos, sus dioses queridos, estarán mejor en el fondo del lago que abandonados,  las mujeres se despiden de metates y molcajetes. Sólo una pequeña flama de esperanza, oculta en lo más profundo de sus corazones, los mantiene, por ella, habían hilado vestidos nuevos, tejido petates, renovado las alhajas.

Familias enteras han subido a las azoteas  y en la noche impenetrable dirigen sus miradas al Huizachtecatl o Huizachtepetl, el cerro sagrado. Cuauhtlahuac, el águila sobre el agua,   valeroso gobernante de Itztapalapan  presencia la ceremonia. Los que estaban más cerca podían percibir los pasos lentos de los  sacerdotes, vestidos para esa ocasión con los ornamentos de sus dioses.

Todas las miradas confluían, todos los corazones latían al mismo ritmo, esperando el milagro; en medio de la expectación general, el sacerdote del barrio de Copolco, traía en sus manos los instrumentos: “y se hacía la dicha lumbre a media noche, y el palo de donde se sacaba fuego estaba puesto en el pecho de un cautivo que fue tomado en la guerra… abrían las entrañas del cautivo y sácabanle el corazón y arrojábanlo en el fuego, atizándole con él, y todo el cuerpo se acababa en el fuego”.

En el año de 1507 el cautivo se llama Xiuhtlamin. De su pecho generoso surgió la luz, una gran hoguera se prendió a la vista de todos, que agradecidos, sangraron sus orejas y las de sus hijos y con su penitencia, ataron los años. Veloces mensajeros de los dioses llevaron el fuego a todos los pueblos, se prendieron los ocotes;  “y los hombres y mujeres se vestían de vestidos nuevos”, se danzaba y cantaba alrededor de las fogatas, el año nuevo comenzaba, se había vencido a la muerte, otra gavilla de 52 años se había asegurado.