Presidente de México: Francisco I. Madero

La revolución - Personajes

(Parras, Coahuila, 30 de octubre de 1873 - Ciudad de México, 22 de febrero de 1913).

Nadie pensaba que un hombre de 1.63 de estatura, amable y sonriente, miembro de una de las familias más ricas del país y convencido de que el respeto a la ley y la democracia era el único camino para México pudiera derrocar un régimen que tenía 34 años en el poder, y sin embargo, Madero lo hizo.

Francisco estudió en las mejores escuelas comerciales de Europa y Estados Unidos y regresó a México para aplicar sus conocimientos en la vida del campo a la cual era muy afecto. Como un creyente y practicante del espiritismo, doctrina filosófica que marcó cada una de las acciones de su vida, se dio a la tarea de ayudar al prójimo y trató de difundir sus creencias escribiendo artículos sobre espiritismo, participando en Congresos y preparándose espiritual y cívicamente.

En 1909 publicó un libro que cambió la historia nacional: La sucesión presidencial en 1910 donde criticaba al régimen porfirista e invitaba a la sociedad a organizarse políticamente. Ese mismo año, Madero se lanzó a la lucha democrática, fundando clubes políticos por todo el país, dando discursos, invitando a la gente a que ejerciera sus derechos políticos y enarbolando la bandera de la democracia, la justicia y la ley.

En junio de 1910 el gobierno porfirista decidió encarcelarlo y el fraude electoral se consumó. Luego de agotar todos los caminos pacíficos para establecer la democracia, Madero convocó a la revolución a través del plan de San Luis y fijó como fecha del levantamiento el domingo 20 de noviembre de 1910 a partir de las 6 de la tarde.

Seis meses después renunció Porfirio Díaz. La revolución había triunfado, sus hombres lo apoyaban, podía gobernar como el caudillo victorioso, tenía el derecho de asumir el poder y acabar con sus enemigos y sin embargo, su convicción democrática era más fuerte.

Madero decidió ocupar la presidencia sólo si la ciudadanía le otorgaba esa responsabilidad a través del voto y así lo hizo. Asumió el poder el 6 de noviembre de 1911. Su gobierno pretendía realizar un ejercicio de equidad política, limitar los poderes de la Unión, defender el federalismo, aplicar correctamente la justicia y fortalecer las instituciones.

Uno de los pilares de su gobierno fue el respeto a las libertades públicas. A los ojos de la sociedad mexicana -acostumbrada al servilismo de la dictadura- Madero parecía todo, menos un presidente. No usaba escoltas ni hacía ostentación de la investidura; no abusaba del poder ni se mostraba autoritario. Era cariñoso con su esposa, practicaba el espiritismo, era un excelente conversador y mejor bailarín. Era, en suma, el anticaudillo.

Pero a pesar de las buenas intenciones, y su inquebrantable optimismo, no era un hombre que estuviera hecho para gobernar. Su percepción de los grandes problemas nacionales era limitada. A su juicio, la terrible desigualdad social imperante en el país sería solucionada, simplemente con la instauración de la democracia y el respeto a la ley. El resto vendría por añadidura. No quiso ver que los restos políticos del porfirismo intentaban acabar, a toda costa, con su gobierno.

Los desaciertos políticos del maderismo -como gobernar con el ejército que fuera leal a Porfirio Díaz- propiciaron su caída. En los escasos quince meses de gobierno, Madero enfrentó las rebeliones de Emiliano Zapata, Bernardo Reyes, Félix Díaz y Pascual Orozco. No quiso hacer uso de la autoridad con que legítimamente estaba investido y perdonó a Reyes y a Díaz sentenciados a muerte por un tribunal militar por el delito de sedición.

En beneficio de la libertad de expresión aceptó el ataque sistemático de la prensa que llegó al libertinaje al criticar hasta los detalles más íntimos de su persona y de su familia. Soportó la renuncia de sus colaboradores más importantes y dio la espalda a otros que pudieron abrirle el camino para gobernar acertadamente; coexistió con dos Congresos distintos, generalmente adversos a sus propuestas políticas, que por momentos paralizaron su administración; resistió la presión de los Estados Unidos a través de su embajador Henry Lane Wilson que detestaba a Madero porque de su administración no recibió un solo centavo como lo hacía bajo el régimen porfiriano.

La Decena Trágica -febrero de 1913- fue el acto final del fallido ensayo democrático de Madero. El presidente, ingenuamente, puso la seguridad de las instituciones en manos de Victoriano Huerta. El 18 de febrero se consumó la traición. Un día después el presidente firmó su renuncia y el día 22 fue asesinado.