Felipe Ángeles: la batalla de la vida

La reconstrucción - Hechos

El rancho era conocido como El Bosque. Se encontraba cerca de El Paso, Texas y a escasos metros de la línea divisoria mexicana. El general había podido levantar la casa principal, una pequeña lechería, el pozo con su bomba, la caballeriza, el establo, un depósito de pastura y el gallinero. La calidad de la tierra facilitó la siembra de algunos árboles frutales. Y aunque el sitio era pintoresco y agradable el aislamiento lo entristecía. Desde octubre de 1915, Felipe Ángeles vivía la soledad del exilio.

En mayo de 1916 su situación económica era precaria pero el destierro fue más tolerable al lado de su familia. Después de varios años a salto de mata, la familia Ángeles se reunió en la propiedad adquirida por el general. Doña Clara Krauss llegó con sus hijos Isabel, Felipe y Julio -los gemelos-, y Alberto, el mayor, que se entregó por completo a la vida campirana tratando de compensar de esa forma la torpeza de su padre en las lides del campo.

El general trataba de convencerse de las bondades del campo. En sus cartas escribía con fingida alegría que a 300 metros de su rancho se veían brillar las aguas del río Bravo. Había cambiado el rugido de sus piezas de artillería por el monótono mugido del ganado.

El fracaso de su rancho era fiel reflejo de su decaído estado de ánimo. Los recursos no alcanzaban para comprar forraje y pagar el terreno parecía imposible. La impotencia también lo consumía. Estaba enterado de la situación política de México y se dolía de no poder hacer nada.

En ocasiones el general se levantaba muy optimista, dispuesto a seguir su encarnizada oposición contra el gobierno de Carranza, tratando de encontrar fórmulas para alcanzar la paz de la nación. Entonces despertaba el visionario: ""Sepan que, en el destierro pasaré mi vida entera, antes que inclinar la frente, o que moriré ahorcado de un árbol a manos de un huertista o un carrancista, por el delito capital de odiar las dictaduras; o que algún día colaboraré con éxito en conquistar la libertad y la justicia, para todos aun para ellos"".

En otros momentos lo acompañaban largos periodos depresivos. Su pasión por México parecía extinguirse. Juraba no volver a inmiscuirse en los asuntos nacionales y dedicarse por completo a su familia y a su rancho. Se lamentaba del destierro, de sus exiguas finanzas, de su suerte, pero no se rendía: ""Necesito pelear esta batalla de la vida, aunque mis tropas estén harapientas y en la inopia"".

Doña Clarita percibía las preocupaciones de su esposo que se esforzaba por mostrarse ecuánime frente a la familia. Un préstamo de 3 mil dólares otorgado por su amigo José María Maytorena alivió temporalmente su situación y le devolvió el buen ánimo. El dinero representaba la oportunidad para regresar al activismo político. Era un hombre acostumbrado a la campaña militar, a cabalgar durante horas, a dormir en su catre de campaña. Estaba hecho para ordenar, no para ordeñar. De esa forma entregó los 3 mil dólares a su esposa, tomó sus cosas y en septiembre de 1916 enfiló rumbo a Nueva York para reunirse con otros desterrados mexicanos.

Una vez en la gran ciudad, el general rentó un pequeño cuarto. Sus condiciones de vida no eran mejores que las de El Paso, sin embargo, le tranquilizaba saber que su familia se encontraba en una mejor situación. Sus reflexiones sobre la revolución, largamente meditadas, encontraron cauce a través de la pluma. En 1917 publicó siete artículos, criticando severamente a Carranza, defendiendo los principios democráticos, la justicia, la ley y enalteciendo al pueblo -era el espíritu de Madero el que hablaba a través de sus escritos.

Los dos años de estancia en Nueva York transformaron por última vez su pensamiento. Las carencias, los estados de ánimo que como un péndulo oscilaban de un lugar a otro, y las experiencias cotidianas con los trabajadores, con los inmigrantes, con las minorías establecidas en la gran ciudad estadunidense, con los desterrados ratificaron su devoción por el pueblo. Su fe en la justicia, el respeto a la ley, los principios democráticos -el maderismo original- se fundió con su profunda simpatía hacia todos los sufrimientos humanos, con su creencia en la solidaridad, la caridad, la misericordia y las necesidades materiales del pueblo.

Desde la derrota del villismo en 1915, Ángeles no había dejado de pensar en la posibilidad de unificar las fuerzas políticas desterradas y buscar su incorporación al proceso de paz y reconstrucción nacional. Su idealismo, sin embargo, empañaba su razón. La tarea se antojaba titánica, considerando que el gobierno carrancista, con su nueva constitución, había excluido a los derrotados.

Luego de varias reuniones con exiliados e intercambio de correspondencia con ""amigos que no tienen muerta el alma"", en 1918 se constituyó la Alianza Liberal Mexicana. Su propósito fundamental era el restablecimiento de la paz en México basada en principios de justicia ""y la satisfacción de las necesidades y anhelos del pueblo mexicano"".

Entre los requisitos para pertenecer a la organización destacaban: ser mexicano, liberal, ajeno a la traición de Victorino Huerta y no haber tenido participación alguna en los asesinatos de Madero y Pino Suárez.

Felipe Ángeles asumió el liderazgo de la Alianza y al cumplir tres años en el exilio consideró que su presencia en México era necesaria para establecer el programa de la Alianza. Regresaría a la patria predicando la paz, buscando unificar las facciones revolucionarias en pugna. ""Estoy dispuesto a jugar una probabilidad contra 999"" -comentó-, pero algo de mesiánico había en su actitud. Algo de locura se desprendía de su decisión. Algo de martirio asomaba en su historia.

""Desde mi juventud lancé mi vida a una carrera de abnegación, dedicada al bien público y enteramente ajena al bienestar material de mi familia. Ya me quedan pocos años de vida y deseo aprovecharlos en la continuación de mi labor inicial. Que venga la muerte pronto, no me importa; que muera colgado de un árbol, o fusilado o en el combate, o en una prisión, con tal de que sea trabajando por el adelanto de mi patria"". Ángeles regresó a México, no para poner en práctica los principios de la Alianza sino para encontrarse con la muerte.