En el rincón de una cantina

Datos Curiosos

“Qué belleza puede compararse a la de una cantina en las primeras horas de la mañana, porque ni las mismas puertas del cielo que se abrieran de par en par para recibirme, podrían llenarme de un gozo celestial tan complejo y desesperanzado”.
Malcolm Lowry, Bajo el volcán


La pianola alegraba las conversaciones y el chocar de las copas enardecían la noche. La vida nocturna tomaba forma en la cantina y en aquella velada en particular, el ánimo estaba por los cielos: las tropas revolucionarias habían tomado Torreón unas horas antes. 

     En un privado de la cantina se encontraban 13 revolucionarios que celebraban de una manera muy peculiar: se sirvieron un caballito de aguardiente cada uno, apagaron la luz, amartillaron una pistola, y la aventaron hacia arriba; al caer sobre la mesa, la pistola se disparó y la bala terminaba con la vida de alguno de los presentes. Así solían demostrar su valentía los revolucionarios: entre las copas, el humo de los cigarros y la música de cantina. 

     Incontables historias se han escrito en las cantinas; unas de amor que terminan con el gallo para la mujer amada o con el llanto de dolor como aquella gran borrachera que agarra Luis Antonio García (Pedro Infante) en la cantina para luego irle a llorar a su abuela, doña Luisa, al panteón en la cinta Los tres García; algunas sangrientas, como el asesinato del compositor Guty Cárdenas en el salón Bach, de la ciudad de México (1932); otras políticas, como la historia que refiere que, en 1913, en una cantina de Saltillo, al calor de las copas y ya a "medios chiles", Carranza decidió desconocer a Huerta e iniciar la revolución o aquella otra que señala que cuando los diputados constituyentes reunidos en Querétaro terminaban de discutir alguno de los artículos de la nueva Constitución, dejaban el teatro de la República donde sesionaban y se cruzaban a la cantina de en frente para refrescar la garganta. 

      La tradición de abrir un sitio dedicado a darle rienda suelta a las pasiones de Baco es centenaria. En México comenzó luego de la caída de Tenochtitlan y la refundación de la ciudad de México en 1521; eran incomprensibles por entonces las expediciones o las extenuantes jornadas de trabajo sin que en algún momento del día mediara algo de vino. Por entonces, no se denominaban cantinas; al menos durante tres siglos se les conoció como tabernas, y eran lugares donde lo fugaz marcaba el paso; los parroquianos, llegaban a refrescarse, cruzaban unas palabras y se retiraban a seguir con la vida. 

      Los taberneros encontraron rápido acomodo en la sociedad que se formó después de la conquista. Hacia 1561, en la capital de la Nueva España y de acuerdo con las actas de cabildo de la ciudad de México, existía casi una taberna por calle: en la plaza mayor, en la plaza menor (junto a la catedral que estaba en plena construcción), en la calle de Santo Domingo, en la de Tacuba, en la de San Francisco –hoy Madero-, en San Agustín, y hacia 1629, antes de la terrible inundación que casi propició la refundación de la ciudad en otro lugar, se contabilizaban 340. 

      Pero entre el siglo XVI y hasta muy entrado el siglo XIX, un martini, una cuba libre, un París de noche, un bull o un vodka tonic, entre muchos otros, no eran concebibles, la coctelería fue uno de las innovaciones que trajo consigo el naciente siglo XX. Así que durante siglos, en las tabernas sólo se bebió vino y cerveza –en 1542 Alfonso de Herrera fue autorizado por el rey Carlos V para producir la refrescante bebida en México-, además había expendios exclusivos para la venta de pulque, que con el tiempo crecieron y se convirtieron en pulquerías. 

      Las tabernas ya eran legendarias cuando México alcanzó su independencia; pero no habían sufrido grandes transformaciones; el punto de quiebre llegó durante la guerra contra Estados Unidos en 1847. El ejército norteamericano ocupó la ciudad de México 9 meses; durante ese tiempo, el expendio de vino, de pulque o de cerveza se fue transformando por influencia norteamericana: los soldados buscaban locales para sentarse a  beber un buen rato, al estilo del “saloon” o del “bar” que luego se haría célebre en el viejo Oeste. 

     El auge de los restaurantes y cafés durante la república restaurada abrió definitivamente el camino a las cantinas como lugares exclusivos para beber licor. A pesar de la larga tradición de las tabernas, fue hasta 1872, bajo el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada, cuando el gobierno de la ciudad de México otorgó la licencia 001 para la primera cantina de México. 

     Llamada El Nivel, se localizaba en la calle de Moneda número 2, esquina con Seminario. Su éxito fue abrumador porque de pronto se convirtió en centro de reunión de intelectuales, escritores, artistas, vendedores, poetas. De todo como en botica, pero lo más importante fue que el modelo comenzó a replicarse por toda la ciudad. 

     Junto al Nivel, abrieron sus puertas cantinas con los nombres más variopintos: La Parroquia, El Cabaret Bombay o La Valenciana; cuatro famosas cantinas que pasaron a la historia y cerraron sus puertas hace años. Otras han permanecido en el gusto de distintas generaciones: La Ópera, El Salón Corona, El Gallo de Oro, el Tenampa. Otras más alcanzaron celebridad debido a sus asiduos visitantes como La Mundial en la calle de Bucareli –frecuentada por periodistas- o el Salón Palacio donde se reunían Juan Rulfo, José Revueltas, Edmundo Valadés, José de la Colina. 

Cantinas van, cantinas vienen pero sus historias son al mismo tiempo las historias de la gente común; las de la colonia o el barrio, las de las épocas o las de las circunstancias de un momento determinado. Son espacios lúdicos, en los que se encuentran los amigos, la familia, los compadres, las comadres, hombres y mujeres –desde 1982-; sitios donde una frase es al mismo tiempo una filosofía de vida; donde se elevan las copas para brindar por un cumpleañero, donde se festeja un gol como si con ello se fuera la existencia, donde se lloran las penas de amor, o se gritan vivas al amor por venir. 

Las cantinas no han perdido su esencia; las viejas y más tradicionales o las nuevas, que emulan y recuperan el sabor de otras épocas, al final convergen en un punto: son el vínculo de la reunión social, del momento de disipación, del instante para olvidar o de la hora para darle rienda suelta a la alegría. ¡Salud!