Dos monjas

La Nueva España - Vida Cotidiana

La sociedad novohispana recibió con júbilo al nuevo arzobispo de México. Nadie podía ser mejor que don fray García Guerra. La humildad era la mayor de sus prendas morales y su vida el servicio.

El arzobispo contaba con la amistad de dos monjas profesas que deseaban fervorosamente fundar un convento de Teresas en la ciudad de México. Ante tan noble petición, su ilustrísima solía repetir: ""-¡Ay, madrecitas mías! Si nuestro Señor fuese servido de hacerme virrey, les daría gusto"". Ni tardas ni perezosas, las monjas se dieron a la tarea de rezar con más devoción y al poco tiempo se dio el milagro: el cargo de virrey tocó a las puertas de don fray García Guerra (1611-1612) y los demonios del poder quedaron en libertad.

El hombre sensato y servicial desapareció para dar paso a un soberbio virrey que se creía ungido por Dios. Una vez que ocupó el Palacio, todas sus promesas quedaron en el olvido. Como si fuera parte de un embrujo, al asumir tan importante cargo su inteligencia se nubló y se dio a la tarea de hacer obras sin sentido: como la construcción en una plaza de toros dentro del mismísimo palacio virreinal, en la cual puso todo su empeño.

Indignadas, las monjas enviaron al virrey un papel recordándole su promesa pero no hubo respuesta, más que la ira de Dios. Un fuerte sacudimiento impidió la inauguración del coso. A la semana siguiente, cuando todo estaba dispuesto para la corrida, otro temblor destruyó parte de la plaza. No hubo una tercera vez. En los días previos, el virrey sufrió un accidente que lo llevó a la tumba. Las monjas no pudieron celebrarlo, desde luego, pero creyeron en la justicia divina. Como bendición cayó la noticia y para beneplácito de los novohispanos se libraron de un mal gobernante... al menos por ese momento.