Danzas macabras

La Nueva España - Vida Cotidiana

Como todos los años, la Muerte llegó a la noble y leal Ciudad de México para ser partícipe de su festejo. Mientras se mezclaba entre procesiones, sepulcros y tertulias de cementerio, prestó atención a las conversaciones de la gente y escuchó con paciencia cada una de sus historias. Rió a carcajadas al escuchar que las autoridades virreinales se indignaron contra un portugués que se había quitado la vida y para castigarlo por delito tan grave increíblemente ordenaron colgarlo en la plaza mayor.

Otra historia la dejó bastante impresionada, pues hasta el diablo salió a relucir. Se contaba que un sacerdote vivía en pecado con una mujer y tenía un excelente amigo de oficio herrero. Una noche, cuando los relojes marcaban la hora de las ánimas, cuatro negros se presentaron en la casa del herrero solicitando que pusiera herraduras a una mula para el sacerdote que por la mañana partiría a una encomienda. Refunfuñando y somnoliento el herrero hizo el trabajo para su amigo.

Al amanecer fue a verificar si el sacerdote se había marchado y con sorpresa lo encontró dormido con la mujer. Al despertarlo, quitaron las sábanas y horrorizados se percataron que la dama dormía el sueño de los justos y en sus manos y pies, fijadas con clavos, colgaban las herraduras. Se dijo que los cuatro negros eran enviados del infierno y se oró por muchos días. Arrepentido el sacerdote, hizo un acto de contrición y decidió enmendar su vida.

Conforme transcurría la noche la Muerte se mostraba más interesada y complacida. A pesar del lugar, la velada en el cementerio se tornó paradójicamente alegre. La tertulia continuaba amenizada con pulque.

Los vecinos del barrio de San Sebastián comentaban lo sucedido en su iglesia unos días antes. Un ladrón había intentado robar la valiosa custodia. La tomó con una mano y un viento helado sopló en el interior de la parroquia. Le fue imposible mover la custodia y sorprendentemente tampoco pudo desasirse de ella. En aquella flagrante posición fue aprehendido por las autoridades virreinales. Al tratar de llevarlo fuera del templo se asombraron, pues el ladrón no podía desprender su mano del sagrado objeto. Los esfuerzos se tornaron estériles hasta que se tomó la decisión de cortar la sacrílega mano. Entre gritos de dolor el miembro fue cercenado y sólo en ese momento se desprendió de la custodia cayendo al suelo. La mano fue clavada en un madero fuera de la iglesia para escarnio de los ladrones impíos.

Las historias se extinguieron como veladoras y amaneció con olor a incienso. La ciudad de México entonces se postró ante la Muerte como lo hacía cada 2 de noviembre, año con año.