Carlos Balmori y sus balmoreadas

La reconstrucción - Vida Cotidiana

Allá por los años 20, existía un peculiar personaje en la ciudad de México. Un español multimillonario, amante de las fiestas y de sobresalir en ellas. Era un donjuan de poca estatura y bigotón, siempre vestido con una gabardina, un sombrero y unos lentes. Asemejaba a un cazador. Alardeaba sus chequeras de bancos estadounidenses y europeos, pues era dueño de todo, de minas, pozos petroleros, fábricas, maderas finas y todo lo que se les pueda imaginar. Además, era muy poderoso; había sido coronel del ejército español, compadre del general Porfirio Díaz, Álvaro Obregón y del Jefe Máximo, Plutarco Elías Calles. En su gabardina portaba un fistol con un enorme diamante que le había regalado su buen amigo, el zar Nicolás II.

Su nombre era Carlos Balmori y se presentaba en las fiestas mostrándose ansioso por convertirse en el mecenas de alguien. Médicos, políticos y militares querían convertirse en amigos de Balmori; jovencitas y señoras honestas y otras no tanto, querían ser sus esposas; en fin, todos querían asegurar su futuro económico con el español.

Balmori podía conseguir lo que quisiera. En una ocasión se presentó a una fiesta que la señorita Eulalia Salinas daba en su mansión de Coyoacán. Eulalia estaba próxima a casarse con su primo, pero no perdió la oportunidad de conocer a Balmori. Durante la fiesta y frente a todos los invitados, el millonario le expresó su amor a Eulalia, le pidió matrimonio y para convencerla, firmó un cheque del Banco de Montreal por 800 mil pesos para comprarle un parque en Coyoacán. Es más, le compraría todo Coyoacán con tal de que ella aceptara la propuesta. Y acepto. Sellaron su amor con un beso y acto seguido, Balmori comenzó a dar unas palabras, pero su voz comenzó a cambiar, se quitó el sombrero y apareció un chongo, se retiró el bigote falso y mostró ante todos su verdadera identidad: era una viejita sesentona, era Concepción Jurado.

Concepción Jurado se dedicó a engañar gente desde muy temprana edad, se vestía de indígena para engañar a su madre; de carbonero para embaucar a su padre, timándolo a él fue cuando nació el nombre de Carlos Balmori. Pero el personaje como tal, fue creado junto con un amigo de Conchita Jurado, el periodista Eduardo Delhumeau, pues sabían que todas las personas tenían un precio, así que le propuso hacer bromas pesadas, como la de Eulalia Salinas, en septiembre de 1926.

Les llamaban ""las balmoreadas"" y a sus víctimas, les decían ""puerquitos"". Fueron muchísimos los puerquitos que cayeron en este juego, Balmori les prometía puestos en sus empresas ficticias; en plena fiesta, se casaba con mujeres interesadas, con testigos y jueces falsos; hacía que sus cómplices colocaran el fistol de diamante -que en realidad era un vidrio- en el bolsillo de algún invitado para después acusarlo de robo. Se burlaban de todos cuantos podían y cuando llegaba la hora de la confesión, a las víctimas no les quedaba más remedio que reír, otros se enojaban y al cabo de unos días volvían con una broma aún más pesada que la de Balmori para tomar venganza. Pero a fin de cuentas, los puerquitos se convertían en parte del séquito de Conchita y la ayudaban a preparar la siguiente broma o se convertían en parte de los invitados.

Desde ese año y hasta su muerte, en noviembre de 1931, Concepción, Eduardo y todos sus cómplices jugaron con la ambición de las personas, pero nunca con el afán de estafar o robar, sino de pasar el rato, de ver hasta dónde eran capaces de llegar las personas por interés. El doctor Luis Cervantes Morales, que se hacía pasar por su secretario, escribió las Memorias de don Carlos Balmori, escritas por su secretario particular (23 de junio de 1926-27 de noviembre de 1931) en donde relata 37 de las balmoreadas más divertidas que realizó Concepción Jurado.