A buen santo te encomiendas

Datos Curiosos

Por Alejandro Rosas

Cuando los españoles se lanzaron a la conquista del nuevo continente, una de las razones que impulsaron la apoteótica empresa fue la de llevar y propagar la fe a las tierras descubiertas desde 1492.

Los reyes católicos, luego de haber expulsado a los árabes de la península ibérica –tras 8 siglos de dominio-, se consideraban elegidos por Dios. Si la fe católica había triunfado sobre los moros infieles, la nueva misión era evangelizar América –desde luego razones más mundanas también acompañaron a los conquistadores como la obtenición de riquezas, los recursos económicos y el poder político que otorgaban los nuevos territorios-.

En la conquista espiritual de México la participación de los santos fue determinante. El panteón prehispánico tenía decenas de deidades; junto a los principales dioses como Quetzalcóatl, Huitzilopochtli, Tlaloc o Coatlicue, se encontraban otros de menor jerarquía pero cuya importancia radicaba en que determinaban la vida cotidiana de los indígenas, había dioses para toda ocasión.

Los franciscanos –primera orden monástica en llegar a México (1524)-, transformaron el politeísmo de los indígenas para implantar de una manera paulatina y sutil la nueva fe: enterraron a todos los dioses indigenas para establecer un Dios único pero rodeado por la corte celestial –los santos-, que podían interceder por los hombres ante Dios padre. De la noche a la mañana, el lugar de los dioses menores, fue ocupado en los nichos de las parroquias y en los altares por los santos de la cristiandad.

Santiago en el Nuevo Mundo

El primer santo que desembarcó con los españoles fue Santiago; traía buen curriculum, era el santo con el que los españoles habían expulsado a los moros de España. En distintas crónicas de la conquista fue mencionado. Se decía que en  batallas desesperadas –como la conquista de Querétaro-, el legendario apóstol apareció montado en brioso corcel blanco, con su tilma roja como la sangre que ondeaba en el aire y anunciaba la victoria.

Santiago hizo relucir su espada a favor de Cortés y luego de su triunfo adoptó como propia a la nación mexicana. Fiel insurgente, se apareció en la derrota de los realistas que asediaban Janitzio durante la época de la independencia. Contra los franceses en Tabasco  –durante la intervención francesa-, el apóstol vistió el uniforme republicano y asistió al escuchar el grito de guerra que también era una invocación: “¡Santiago y a ellos!”.

Revolucionario y cristero, se le vio levantar enormes polvaredas caracoleando su caballo frente al enemigo que huía despavorido. Santiago escribió en los cielos de la historia patria su nombre sonoro, fuerte, aguerrido como el trueno. Siempre con la espada en mano para combatir en favor de las causas desesperadas. Siempre montado en su magnífico caballo. Siempre mexicano. La historia le rindió los honores y el poeta Santos Chocano dejó para la eternidad unos versos, testimonio del legendario caudillo de Dios y aguerrido apóstol que aún cabalga por los cielos de su América:

“En mitad de los fragores/ decisivos del combate,/ los caballos con sus pechos/ arrollaban a los indios y seguían adelante;/ entre el humo y el fulgor de los metales,/ y, así, a veces, a los gritos de ¡Santiago!/ se veía que pasaba, como un sueño,/ el caballo del Apóstol a galope por los aires...”.

Cada quien su santo

La vida cotidiana de la Nueva España se movía en torno de las festividades religiosas, además de las fechas señeras como la Navidad o la Semana Santa, los barrios realizaban sus actividades diarias con el calendario marcado por los santos patronos y sus fiestas paralizaban por completo la vida.

Los recién bautizados recibían el nombre del santo celebrado en el día de su nacimiento; las fechas desaparecían para dar paso a una nomenclatura distinta: la gente no expresaba “el 13 de agosto de 1521 cayo Tenochtitlan” sino “La capital azteca cayó en el día de San Hipólito”.

En el siglo XIX, era común que los temblores que asolaban a la ciudad de México de vez en vez, fueran llamados con el nombre del santo o la santa del día en que habían ocurrido, así, los más terribles fueron el de San Juan de Dios, el de la Encarnación o el de Santa Mónica.

Las órdenes monásticas llegaron a la Nueva España con sus propios santos: a San Francisco de Asís se le conoció desde 1524; a Santo Domingo de Guzmán en 1526; la imagen de San Agustín pisó tierras mexicanas en 1533; el fundador y santo de los Jesuitas, San Ignacio de Loyola, así como Santa Teresa y San Juan de la Cruz, inspiradores de la orden de los carmelitas, serían conocidos en México tiempo después una vez que alcanzaron un lugar en el santoral católico.

Dos acontecimientos impulsaron la devoción de la gente por la nueva fe, y su integración dentro del universo de los santos. El primero fue la aparición de la virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac en 1531 –imagen que hoy ya cuenta también con su santo, san Juan Diego-, y el martirio del mexicano en tierras japonesas (1597), Felipe de Jesús, que fue beatificado en 1627, pero su canonización ocurrió hasta mediados del siglo XIX.

Tal fue la asmiliación de los santos y la forma en que la sociedad encontró refugio en sus oraciones, en sus intercesiones milagrosas, en su apoyo espiritual que cada 2 de noviembre los fieles podían ver las reliquias de sus santos en los templos de la capital novohispana y otras ciudades.