"Benito Juárez: ""una ligera punzada en el corazón"""

La era liberal - Hechos

Acostumbraba caminar por los pasillos del Palacio Nacional acompañado por alguno de sus ministros. Con su levita negra, el semblante sereno y las manos a la espalda, el presidente conversaba pausadamente. En ocasiones, al caer la tarde, cuando las actividades administrativas habían concluido, caminaba solo a sus habitaciones. Su sombra parecía surgida de las entrañas del más allá. Más que alma en pena, Benito Juárez cargaba una pena en el alma. El último año y medio había sido difícil. Aunque su rostro se mostraba impasible, su corazón estaba roto. Extrañaba a su amada Margarita, fallecida en enero de 1871.

Asolado por la viudez, el presidente permaneció en sus habitaciones de Palacio Nacional año y medio más. En julio de 1872 comenzó a sentir malestares en el corazón; una afección cardiaca diagnosticada tiempo atrás volvió a presentarse y don Benito se dispuso a recibir a la muerte en su propia alcoba.

En los primeros días de julio de 1872 el corazón de don Benito comenzó a fallar. El día 8 Juárez fue visitado por 20 niños huérfanos que deseaban conocerlo para agradecerle los recursos otorgados a su orfanatorio. Llegaron de improviso y el presidente no tuvo empacho en recibirlos en una de sus habitaciones. El encuentro parecía familiar, no había escolta ni aparatos de seguridad, mucho menos protocolo.

Don Benito tomó asiento y de inmediato fue rodeado por los niños, que le hablaban todos al mismo tiempo. El presidente sonreía y trataba de prestar atención a cada uno. Después de media hora de conversación, el director del orfanatorio dispuso la partida y Juárez entregó a cada niño un peso para que compraran fruta. Cuando se despedía del último pequeño ""se llevó la mano al corazón y se recargó contra un mueble —escribió el director de la institución—; en su semblante se notó la palidez y un ligero gesto que hizo, me dio a comprender que algo extraordinario le pasaba; le pregunté si quería que avisara a sus ayudantes y me dio las gracias, diciéndome que no era nada, que había sentido una ligera punzada en el corazón"".

Juárez no prestó mayor atención a su malestar —a pesar de que en marzo le habían diagnosticado angina de pecho— y continuó haciendo su vida normal. En los siguientes días ya no salió de su morada en Palacio Nacional, sólo dejaba sus habitaciones para trasladarse a la parte donde se encontraban su despacho y el resto de las oficinas de la administración pública. Desde ahí resolvió diversos asuntos cuyo estudio suspendía para comer en casa.

Hasta la víspera de su muerte, don Benito comió generosamente. El lunes 16 de julio la cocinera de Palacio le preparó un suculento menú que incluía sopa de tallarines, arroz con huevos fritos, bistec con frijoles acompañado de una salsa de chile piquín, fruta y café. Por si fuera poco, tomó media copa de jerez y saboreó algo de pulque. Al caer la noche se abstuvo de cenar, pero no se negó una copita de rompope.

La última vez que don Benito se presentó en las oficinas presidenciales fue el 17 de julio de 1872. Al día siguiente no pudo salir de su habitación. Durante la noche los dolores en el pecho se habían agudizado. Pidió a su familia que no mencionara a nadie su estado de salud.

Todavía tuvo fuerza por la tarde para recibir en su recámara a varios de sus ministros y hablar con ellos de asuntos públicos, como si nada pasara. Cerca de las siete de la noche, don Benito no pudo más; la angina de pecho dobló su voluntad y el presidente cayó en cama.

Para combatir los intensos dolores en el corazón —que por momentos parecían detener para siempre su marcha—, los médicos aplicaron sobre el pecho de Juárez compresas de agua hirviente, esperando la reacción del músculo cardiaco. La piel parecía desintegrarse por la elevadísima temperatura del líquido, pero el presidente aguantó firme la aplicación de los fomentos. Mas ya no había nada que hacer. Médicos, familiares y amigos esperaban el trágico desenlace en cuestión de horas.

Momentos antes de morir —señala una nota de El Federalista del 20 de julio de 1872—, estaba sentado tranquilamente en su cama; a las once y veinticinco minutos se recostó sobre el lado izquierdo, descansó su cabeza sobre su mano, no volvió a hacer movimiento alguno, y a las once y media en punto, sin agonía, sin padecimiento aparente, exhaló el último suspiro.

Miles de personas acudieron a Palacio Nacional para darle el último adiós a Benito Juárez. Era tal la cantidad de gente que desfiló frente al catafalco que fue necesario apuntalar el piso del salón de Embajadores para evitar un hundimiento o un derrumbe. La última escena, descrita por el reportero de El Federalista, no pudo ser más conmovedora.

Le contemplamos con una emoción que no trataremos de describir, en su recámara, encima de su cama de bronce, vestido de negro, pálido, pero con la fisonomía tranquila, sin contracción alguna y pareciendo más bien dormir con el plácido y pasajero sueño de la vida, que con el eterno y profundo sueño de la muerte.

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